En la hora de formar elencos

Oscar A. Bottinelli 

 

La formación de los elencos de gobierno replantea cuatro temas: cuáles son las prácticas de mejor recibo por parte de la población y que señales espera ésta del sistema político; si en la distribución de cargos políticos o de confianza se tiene o no en cuenta la pertenencia partidaria o sectorial de las personas y, en caso afirmativo, con qué criterio de adjudicación; si a dichos cargos deben ir especialistas en la materia, deben ir políticos en general o deben ir políticos con versación específica en el área respectiva; y por último, si deben existir o no las carreras políticas. Por eso, cuando se debate si deben o no ir personas que fueron previamente candidatos y no resultaron elegidas, y ello se simplifica en si se admiten o no los “premios consuelo”, la discusión comienza por el final y no por el principio, porque se obtendrá una respuesta para un lado o para el otro, en función de las respuestas dadas a los tres primeros temas.

La sociedad tiene sentimientos claros en diferentes direcciones, que son a su vez contradictorias. Por un lado ve la distribución de cargos entre diferentes sectores políticos como un reparto del botín del Estado: se gana para obtener un botín y ese botín se reparte entre los vencedores; pero a veces va más allá de eso, y la presencia de la oposición puede llegar a verse como un contubernio en el reparto del botín, percepción que llevó en 1966 a la reforma constitucional que eliminó de la Constitución la presencia obligatoria de la principal fuerza de la oposición. En forma contradictoria, la no presencia de los partidos o sectores ajenos al oficialismo se percibe como actos de exclusión y hasta intolerancia  Por otro lado existe la demanda de llevar a la gente más capaz y más especializada a los diferentes cargos; y si esta gente no es política y no se adapta a la política, la sociedad reacciona se disgusta con el excesivo teoricismo y academicismo, contra la tecnocracia. Si la búsqueda de los más capaces escora demasiado la nave, segmentos de la sociedad levantan la queja contra el peso excesivo de quienes no tienen ese respaldo popular; porque ahí la gente descubre que a un cargo público debe ir no solo quien sabe más, sino quien con ese saber representa una línea política determinada, una concepción programática específica. Entonces, lo primero que surge a la vista, es que la sociedad tiene un conjunto de percepciones muy nítidas que los políticos deben atender, siempre y cuando se tenga en claro que son contradictorias y por tanto que no son posibles de satisfacer en su totalidad. Entonces, optar por una u otra práctica supone más una intuición de baqueano que una decisión racional, es olfatear haciendo las cosas de qué manera y presentándolas de tal forma, que se aminoren disgustos.

El problema de atender o no a la pertenencia política no es un tema menor. Atender a la pertenencia partidaria o sectorial de los ministros, subsecretarios, directores, conlleva directamente a otro tema: si se atienden esas pertenencias ¿con qué criterio se hacen las designaciones? Porque eso implica decir. “la persona más capacitada para tal cargo es Fulano, pero su sector ya tiene demasiados nombres en el gabinete, entonces no se la puede nombrar”. Entonces viene la visión negativa de que así se trata de un reparto del botín. Si no se atienden las pertenencias partidarias, o se las atienden subsidiariamente, se pueden llegar a situaciones como las del actual gobierno saliente, cuando en sus inicios designó a cuatro socialistas en el gabinete (incluyendo en él a la secretaria de la Presidencia de la República) y a solo dos miembros del Espacio 609. Entonces se consideró que el barco quedaba demasiado escorado hacia el socialismo; en términos senatoriales, un miembro del gabinete equivalía a tres senadores del Espacio 609 pero solo a medio senador del Espacio 90 (socialistas). Si se considera que un gobierno debe estar equilibrado entre las distintas corrientes de pensamiento que lo integran, atendiendo a los respectivos pesos específicos que surgen de los respaldos ciudadanos, surge una tensión inevitable ente no querer el reparto del botín y querer un equilibrio político.

Otro tema es la polémica entre los perfiles técnicos y los perfiles políticos. Lo primero conlleva a la tecnocracia y esa tecnocracia muchas veces va de la mano de la impericia política. Lo segundo muchas veces va de la mano de la impericia técnica de los gobernantes, o del énfasis de la gestión exclusivamente en aquello que da réditos políticos directos para el titular del cargo, como por ejemplo, para citar algún caso comprobable, que un ente autónoma destinó la casi totalidad de sus obras a solo tres departamentos, casualmente las bases electorales de sus tres directores. Esta es otra tensión, que quizás tiene un camino del medio más fácil - si se encuentran las personas adecuadas, lo que no siempre se da - en la designación de políticos con especialización en el área respectiva.

Por último está el tema de las carreras políticas: si deben profesionalizarse o no. De un lado la tesis de la conveniencia para el país, para el gobierno, la profesionalización de los elencos políticos, por entender que como ocurre en toda carrera, la permanencia tiende a perfeccionar las habilidades y los conocimientos de cada uno, con los consiguientes descartes que hay en toda carrera profesional. Ello conlleva a segurar a los políticos salvaguardas contra las incertidumbres que genera la política en general y las instancias electorales en particular, salvaguardas que pueden ir desde reaseguros para la continuidad de las carreras (prioridad en la designación en cargos de gobierno o administración, lo que visto negativamente son los “premios consuelo”) hasta lo económico (subsidios para los periodos en que no se ocupan cargos, jubilaciones anticipadas o privilegiadas); la alta rotación del personal político, desde este punto de vista, aparece como un problema y en general como no deseable. La tesis opuesta ve como negativa la profesionalización política, cuyo efecto menos deseado es la creación de una clase o logia que defiende sus intereses y privilegios, a la vez que se aleja de sus representados; una elite que propende a la defensa de sí misma y a la autosustentación, y para ello genera privilegios económicos y “premios consuelo”.

Más o menos estos son los lineamientos principales de los complejos elementos en juego a la hora de formar los elencos de gobierno.

 

Publicado en diario El Observador
diciembre 20  - 2009