Un sistema que llega a su fin

Oscar A. Bottinelli 

 

El sistema electoral uruguayo, en cuanto a la cantidad y frecuencia de elecciones, ha producido cambios significativos en la forma de hacer política, en el tiempo destinado a las campañas electorales, consecuentemente en el tiempo restado al debate y resolución de los problemas de gobierno - o problemas del país, o problemas de la gente -, en la creciente necesidad de recursos financieros para sustentar campañas electorales de casi dos años y medio de duración cada cinco años, que comienzan con la competencia de cerca de dos millares y medio de listas de candidatos y de varias decenas de miles de candidatos. Todo esto puede ser una de las causas del creciente hastío de la gente con la las campañas electorales, pero también con la política.

La reforma de 1996 se hizo con una idea central que puede gustar a unos y disgustar a otros, pero como toda idea con sólidas bases teóricas y probada práctica en el mundo, es atendible: el balotaje o elección del presidente de la República por algún tipo de mayoría absoluta. Pero luego, sin verdadera discusión política, sin tomar en cuenta para nada la opinión de los especialistas, se comenzó a agregar mecanismos diversos en forma dispersa, sin mirar qué grado de coherencia podía haber entre lo uno y lo otro. Así se delineó un mapa que nadie miró en su totalidad y llevó por ejemplo a que no se percibió que se hacía coincidir las elecciones de gobiernos departamentales con el Día de la Madre, que contra la creencia generalizada no es uno de esos días conmemorativos con finalidad comercial, sino que fue impulsado en 1870 por Julia Ward Howe como día de “las madres por la paz”, a celebrarse el segundo domingo de mayo. El tema sirve para demostrar la liviandad que imperó en el momento al hacerse muchas de las enmiendas constitucionales.

El producto final devino en un complejo mecanismo de relojería, donde no se instaló un balotaje sino un sistema de competencia presidencial por eliminatorias olímpicas con cuartos de final, semifinales y final; una elección de gobiernos departamentales a dos vueltas y de hecho también elecciones parlamentarias a dos vueltas.

El punto de partida inicial, la macro competencia, son las llamadas “elecciones internas y simultáneas”, que a poco de ser desarrolladas en las disposiciones transitorias de la Constitución y luego en la ley, queda claro que no son internas (no son al interior de un partido) sino elecciones generales del Cuerpo Electoral, convocadas, organizadas y juzgadas por la Corte Electoral, de comparecencia obligatoria para los partidos, con consecuencias obligatorias para todos quienes participen como candidatos (no pueden ser candidatos por otro partido hasta el siguiente ciclo electoral). Constituyen la piedra angular del sistema electoral. Formalmente se elige el candidato a presidente de cada partido, un Organismo Deliberativo Nacional de cada partido y los organismos deliberativos departamentales de cada partido. Los dos primeros productos son la base de las dos fases siguientes de elecciones nacionales, el tercer producto es la base de la fase siguiente de las elecciones departamentales a ocurrir el año siguiente. Por imperio de la constitución, de la ley, de las normas partidarias, de las decisiones sectoriales o de los acuerdos personales, de estas mal llamadas elecciones internas devienen las bases de constitución de las listas a ambas ramas del Parlamento y de sublemas a la rama alta, el completado de la fórmula presidencial con la designación del candidato a vice, las candidaturas a la jefatura de los gobiernos departamentales y hasta las bases para configurar las listas a las juntas departamentales.

Todo ello lleva a que, bien medido, puede estimarse que el presente ciclo electoral comienza en el verano de 2008 y más tardíamente en los primeros días de marzo. En esas semanasTabaré Vázquez procesa el recambios ministerial para dejar fuera del gabinete a todos quienes van a competir en los primeros planos electorales, danzan los nombres de Astori, Carámbula y Mujica, Luis Alberto Lacalle hace su rentrée, se postulan Amorín Batlle y Hierro, y toman nuevo impulso los dos competidores que ya estaban en carrera: Bordaberry y Larrañaga. Esto ocurrió en el mismo momento en que se cumplían tres años de instalación del gobierno y quedaban dos por delante. Luego vinieron dieciséis intensos y estresantes meses de campaña electoral, con la ferocidad que en algunos casos adquiere la lucha entre parientes. Allí se producen los resultados reales y algún disparate virtual, como la lectura equivocada que alguien hizo del resultado entre partidos, que lo llevó a una de las campañas más obtusas conocibles. Cuando todavía no se había deglutido el resultado, los partidos deben rearmarse, archivar agravios y construir empatías. Y al cabo de otros cuatro y extenuantes meses, llegar a la composición del Parlamento. En cada una de las dos etapas mucha gente queda por el camino. Y con gente afuera de toda perspectiva, finanzas agotadas, población cansada, cabe una tercera etapa de cinco semanas en pos del premio mayor; esta vez con el formidable absurdo de hacer una elección cuando el partido más votado ya cuenta con mayoría absoluta en ambas cámaras del Parlamento, en un país de sistema semiparlamentario y no presidencial. Después de un corto receso, mientras por un lado se arma el gobierno, por otro se tejen acuerdos y desacuerdos para las elecciones de gobiernos departamentales del segundo domingo de mayo.

El nuevo sistema ha privilegiado la competencia electoral personalizada sobre otras formas de funcionamiento partidario. Ha llevado al absurdo que los partidos políticos vegeten largos años y en medio de una campaña electoral comiencen a elaborar su programa partidario y su plan de gobierno. Y los resultados electorales, especialmente para los perdedores, significan verdaderos cimbronazos. Este sistema en síntesis provoca el hastío de la gente, erosiona a los partidos políticos, expulsa activistas políticas, no convoca nueva gente para acercarse a la política y provoca más pérdidas que beneficios. Sensatamente es un sistema que ha llegado a su fin. Que sea su verdadero fin o no es otro cantar, porque para ello habría que confiar en que haya algún resquicio para la sensatez en el campo de lo sistémico, lo cual no es del todo factible.

 

Publicado en diario El Observador
noviembre 22  - 2009