El balotaje como sofisticado arte

Oscar A. Bottinelli 

  

Hay muchas formas de balotaje, casi todas ellas sencillas. Una es cuando hay una gran dispersión de partidos o candidatos (como en Francia en 2002) o cuando hay dos candidatos extremos con un gran centro libre, equidistante de ambas propuestas, captable tanto por uno como por otro. Este tipo puede catalogarse de balotaje abierto, donde el juego no es muy diferente al de cualquier otra elección, salvo en la reducción de los actores a tan solo dos; cada uno debe enfocarse a captar a la mayor cantidad de electores de esa cantera intermedia. Hay otro tipo, el actual en Uruguay, donde hay un pequeño intersticio entre una y otra propuesta, no definitorio, y donde la definición radica más en afirmar los votos propios de cada uno y en tratar de vencer y captar votos del contrario.

Las cifras son muy claras. Si Mujica-Astori captan lo propio y lo cercano, es decir todo el Frente Amplio y los 6/7 de Asamblea Popular, alcanzan un 48.6% del electorado. Si Lacalle-Larrañaga afirman a todos los blancos y captan a todos los colorados (partido que recomendó el voto a esta fórmula) contabilizarían 46.1%. Este es el punto de partida para ambos, sobre la base de que cada uno afirme los votos que ya tuvieron y capte los votos de quienes entran en su espacio ideológico o cultural. El punto de partida antes de comenzar la lucha da una diferencia de 2.6% en favor de la izquierda, estando sueltos 2.5% del Partido Independiente y 2.8% de votos en blanco y anulados.

Según las encuestas previas a la elección nacional del 25 de octubre, confirmado en la encuesta post-electoral, los votantes del Partido Independiente se vuelcan 1/3 hacia Mujica y 2/3 hacia Lacalle, lo que dejaría el punto de partido en 49.4 para Mujica-Astori y 47.7 para Lacalle-Larrañaga, es decir, una diferencia de 1.7 puntos en favor de la dupla de izquierda. Esta tiene una reserva adicional - no hay certeza de si capta algo y cuanto - que es el 0.7% de personas que votaron en blanco en la elección entre partidos pero votaron el Sí Rosado, es decir, la anulación de la Ley de Caducidad. Se trata pues de un sector protestatario, de características anti-partido, movimientistas, que podrían considerar necesario impedir el triunfo de “La Derecha”. Aún sin esta reserva, la ventaja para la izquierda es significativa: para ganar le basta con afirmar lo que tiene y no necesita captar votos blancos ni colorados. En cambio, Lacalle-Larrañaga necesitan primero afirmar todos los votos blancos y captar a todos los votos colorados; o más bien se supone que ésta debería ser tarea de Bordaberry y del Partido Colorado, como a la inversa en 1999 fue tarea de Lacalle y del Partido Nacional, convencer a los blancos de votar a Batlle-Hierro. Pero con esto y con captar lo más posible del Partido Independiente no les basta: necesitan perforar la muralla frenteamplista y captar 19 mil votos de allí (1 de cada 60 votos del FA) o, si no son captables, derrumbar 38 mil votos del FA que dejen de votar sus candidatos y sufraguen en blanco o anulado (1 de cada 30 votos del FA). Entonces, no cabe duda que la contienda electoral se centra en un reducido espacio de personas que votaron al Frente Amplio con bastantes dudas. Allí cabe contabilizar dos electorados, en cifras muy aproximadas: unas 45.000 personas que decidieron su voto al FA a último momento y otras 45.000 personas que en setiembre, cuando las declaraciones de Mujica en estilo grosero, pusieron su intención de voto en duda. Hay una franja, entonces, de 45 a 90 mil votos frenteamplistas que deciden la elección.

Llegar a ellos para Lacalle y Larrañaga, afirmar a ellos por Mujica y Astori, para uno y para otro es una tarea muy sofisticada. Requiere mucha filigrana y fineza. Lo primero, lo más importante y lo más difícil, es entender la cabeza de esta gente, su cultura, su escala de valores, sus sentimientos, sus temores. Por lo que se ve, ni unos ni otros los entienden a cabalidad.

Es gente de cultura de izquierda y laica, desencantados con el Frente Amplio en aspectos sustantivos como la reforma tributaria, la persecución fiscal que objetivamente beneficia a los grandes y perjudica a los chicos (a las personas cuyo negocio es producto de su saber y de su trabajo, no de su capital), la forma en que la política laboral benefició a las grandes empresas en perjuicio de las chicas y medianas; hay otros beneficiados materialmente por este gobierno pero desencantados por la inseguridad que sienten frente a la delincuencia, no ante los arsenales de armas, sino ante el arrebato de la cartera en la vía pública, un cuchillo en la garganta, el asalto al almacén o el robo de la bicicleta o el televisor. Entonces, cuando Astori dice que no puede definir a la clase media para saber si se perjudicó, la ignora y reafirma el desencanto de la misma, cuando no hay autocrítica por la política del gobierno en materia de seguridad pública, hay desencanto de los que se sienten inseguros. Pero además la gente quiere un presidente predecible y presentable. Y cuando Mujica dice lo del viagra sobre Batlle, esta gente se asusta, porque el presidenciable les demuestra que no es un hombre de temperamento moderado sino un hombre al que amordazan para que no diga lo que dice cuando abre la boca espontáneamente. En definitiva, no quieren un presidente con características similares a Jorge Batlle, en cuanto a impredecibilidad y problemas causados por abrir la boca con frases inadecuadas en el momento inoportuno. Esto tiene que entender Mujica, Astori y los suyos, para consolidar a sus votantes.

Si es gente de izquierda y laica, que votó listas de parlamentarios en sintonía con su pensamiento y sus valores, Lacalle, Larrañaga y los suyos deben atender a esto. Las invocaciones a la Providencia, sin duda muy sentidas y auténticas por parte de un hombre profunda y sinceramente religioso, alejan al segmento de electorado en disputa. El levantar los fantasmas de los años sesenta no son creíbles para esta gente (aquí no importa cómo son las cosas, lo que importa es cómo esta gente las ve) y en cambio lo que ve (lo que siente) es la reedición de los discursos autoritarios de los años sesenta, setenta y comienzos de los ochenta. No solo no son creíbles, sino que reafirman el voto que emitieron en octubre, porque en ese terreno se sienten profundamente lejos de Lacalle, Batlle y Sanguinetti. Hay un profundo foso en el medio. Cuando además se ataca a la mayoría parlamentaria, se ataca el voto que esa gente emitió para el Parlamento, con lo que también se la aleja.

Como se ve, es un juego muy sutil y refinado, que sólo es posible jugarlo si uno deja de mirarse a sí mismo y a su entorno, y trata de entrar en la cabeza del otro, si intenta ver el mundo y pensar las cosas como la ven y las piensan esas personas, las que tienen que ser reafirmadas por unos y captadas por otros.

 

Publicado en diario El Observador
noviembre 9  - 2009