Un “Eppur si muove” en el siglo XXI

Oscar A. Bottinelli 

  

Hace casi 400 años el célebre Galileo Galilei fue censurado y obligado a retractarse por sostener la teoría heliocéntrica de Copérnico, al decir que la Tierra se mueve y gira alrededor del Sol, y el Sol (Helios) es el centro del sistema al que pertenece este planeta. Qué espectador no se conmovió cuando a punto de caer el telón, en la célebre obra de Bertolt Brecht, con el peso de la persecución sobre sus hombres, obligado a retractarse ante la Santa Inquisición, Galileo susurra el “Eppur si muove” (Sin embargo, se mueve). La censura y persecución a Galileo es un conflicto entre la religión y la ciencia, pero es también la forma en que quienes tienen el poder y la verdad en una época y un lugar determinados reaccionan ante todo lo que pone en duda sus convicciones. La teoría heliocéntrica no solo afirma que la Tierra se mueve, sino que hace tambalear y girar las certezas sobre las cuales descansaba el conocimiento y la fe de la época. Ante nuevas verdades o el cuestionamiento de las verdades existentes, ante la aparición de nuevas investigaciones y nuevas ciencias, los depositarios del saber y el poder del momento reaccionan primero con incredulidad, luego con miedo, finalmente con enojo. Hay que tener un espíritu muy amplio y abierto, pero también hay que tener una estructura psíquica muy equilibrada, un espíritu sereno, para aceptar que se tambaleen las certezas que cimientan su mundo y pasen a ser sustituidas por otros enunciados, que además no se atinan a comprender.

En el setecientos del segundo mileno, las elites expresaron esa incredulidad, miedo y enojo ante la incomprensión de las nuevas ciencias de entonces: la física, la astronomía. En el despuntar del tercer milenio son otros conocimientos y otras ciencias que provocan esa incredulidad, miedo y enojo en ciertos segmentos de las elites, que no alcanzan a comprenderlas y que lo que pueden atisbar les hace trastabillar las creencias y certezas que constituían el basamento de su accionar. Las ciencias que en este milenio se niegan, persiguen y enojan son el correlato de la física y astronomía de hace cuatro siglos; estas ciencias negadas y combatidas son las ciencias sociales en general, pero en particular la ciencia política, la sociología, la estadística sociológica, la psicología (y más aún la psicología socio-política), y por encima de todo, la demoscopia, la ciencia que estudia el comportamiento del demos, una de cuyas técnicas son las encuestas demoscópicas o, en el término de uso en el país, las encuestas de opinión pública.

Esta vez el “eppur si muove” no fue un susurro de los perseguidos, sino un estruendoso grito de una sociedad entera. No se necesitaron decenios para exhibir el despiste de los acusadores, sino que bastaron pocas semanas.

Entre julio y octubre afloró una carga emocional acumulada durante varios lustros por muchos personajes importantes, que nunca pudieron aceptar a este intruso que venía a romper la magia, que decía que no era cierto que podía ganar el que estaba muy lejos, que venía a decir que solo contaba con un puñado de votos el que proclamaba lo qué pensaba hacer desde el sillón presidencial. Un intruso que contraponía los más fríos números y la más rigurosa lógica al despliegue de ensoñaciones y apelaciones a la magia de una cierta forma de hacer política.

Porque hay un camino político en que los números no importan y otro camino político en que los números son fundamentales. No importan los números cuando el político apela a presentar ideas, caminos, escenarios, valores, cosmovisiones; cuando la conquista del voto busca que la gente - determinado segmento de gente - se identifique con ese conjunto de ideas y valores. El objetivo es ganar, acceder al gobierno, tener la mayor representación, contar con la máxima fuerza posible, en todos los casos sin importar cuánto, para poder aplicar esas ideas y defender esos valores. El otro camino tiene un cierto tinte lúdico: se convoca al voto por el mero de hecho de poder ganar, de ser más. El por qué y para qué es secundario. Por tanto, si el objetivo de captación es el voto exclusivamente por la calidad de ganador, el que un intruso con autoridad científica diga que la realidad es diferente a la fantasía, aparece como un enemigo al que hay que combatir.

Lo que no se entiende es cómo gente de tanta importancia en la historia del país, otros con trayectoria presente, hayan montado un operativo tan burdo, de inexorable fracaso. El apostar a sustituir a las encuestadoras profesionales, guiadas por académicos reconocidos, por seudoencuestas, sin personajes creíbles, carentes de autoridad científica, es incomprensible. Cómo es posible que gente que hubo manejado tanto poder, realizado estrategias políticas exitosas, navegado con soltura por aguas políticas tormentosas, al final de su vida biológica o en el decaer de su vida política hayan planeado una estrategia tan tosca y operado con tanta simpleza. Es difícil de comprender la intensidad de la pérdida de realidad, de autoconvicción en sus propias fantasías, para haber creído en alguna probabilidad de éxito; más aún respecto a algo cuya confrontación con la realidad pura y dura demoraba breve tiempo.

También genera perplejidad la forma simple y llana con que se asumió la existencia de causa-efecto directo y lineal entre el dato de una encuesta y la decisión de voto. Cómo se sobrevaloró la importancia que el hombre de a pie da a las encuestas, como para considerar que estaba por encima de centrar el debate en otros temas de consideración para cada uno de los uruguayos comunes y silvestres. El mensaje recibido fue el opuesto al que se quiso trasmitir; lo que se la gente decodificó fue que esos políticos habían perdido sintonía con la realidad y solo se preocupaban por sus propias posibilidades de ocupar cargos públicos, no por los problemas del país o de su gente. Así fue que penalizó a los que vivieron esa irrealidad.

El que este operativo hubiese terminado como terminó es muy importante para la democracia, porque se demostró la inutilidad de campañas de desinformación y quedó valorada y fortalecida la importancia que para la decisión democrática significa que la gente cuente - para decidir el voto - con información sería, confiable y científica.

 

Publicado en diario El Observador
noviembre 1  - 2009