La importancia del voto en la democracia

Oscar A. Bottinelli 

  

La democracia es una palabra que ha dejado de ser clasificatoria para ser calificatoria, lo cual dificulta mayormente el referir a ella en términos analíticos; ya casi no hay régimen en el mundo que no se considere a sí mismo como democrático. Entonces, conviene precisar que a los efectos de este artículo se define como “democracia” a lo que en Ciencia Política se llama “poliarquía” (en la definición dada por el politólogo norteamericano Robert A. Dahl), que más o menos coincide con lo que tiende a denominarse “democracia liberal” en su forma más pura.

Una democracia supone que los ciudadanos puedan manifestar sus preferencias para decidir la composición y orientación del gobierno. Esas preferencias - expresadas por un mecanismo denominado elecciones y por un instrumento llamado voto - supone como base fundamental la competencia entre ideas y proyectos diferentes, la libertad de asociación de los ciudadanos para estructurar esas propuestas (constitución de partidos), la libre presentación de ofertas electorales (candidaturas), la libre defensa de los diferentes postulados (libertad de expresión, campañas electorales libres, sin restricciones ni coacciones) y la libérrima selección por parte de los ciudadanos en forma individual y secreta. Significa para los ciudadanos el más libre acceso a la información, lo que supone el más libre acceso a las propuestas de partidos y candidatos, el más libre acceso al conocimiento de lo que ocurre en el país y en el mundo, el más libre acceso al conocimiento de lo que piensa el conjunto de los ciudadanos (en general, mediante encuestas y otras técnicas de ciencias sociales).

Lo anterior supone que una democracia, en la definición dada, solo existe si hay un voto absolutamente libre y decisivo, y para emitir ese voto el ciudadano se mueve en un ambiente de la más amplia libertad y pluralidad. Va de suyo que ese voto se emite y escruta mediante procedimientos trasparentes, a cuyo frente existe una autoridad imparcial a prueba de todo cuestionamiento. Sin esas elecciones libres, puras, trasparentes y garantizadas, no hay democracia. Este es un punto de previo y especial pronunciamiento.

Existen teorías que consideran que no hay democracia sin otros elementos que configuran lo que Emilio Frugoni llamaba “las tres dimensiones de la democracia”, es decir, que con la democracia política se conjugasen la democracia social y la democracia económica. Ello es material para otro enfoque del tema, por lo cual el análisis continuará exclusivamente en la dimensión política. Y a este respecto aparecen tres puntos significativos: la obligatoriedad o voluntariedad del voto, el papel de los partidos políticos y la confianza de los ciudadanos en los actores políticos.

La obligatoriedad del voto enfrenta dos concepciones diferentes. Por un lado quienes consideran que no puede haber restricciones a la libertad del individuo, dentro de la cual está el abstenerse de participar en la cosa pública y de decidir los destinos de la sociedad; por tanto, cómo se integra y para dónde debe ir el gobierno es un tema reservado a quienes les interese el asunto y que obligar a los demás a participar atenta contra el derecho a la libertad, a la libre elección de quedarse en su casa. La consecuencia que tiene el voto voluntario, demostrado urbi et orbi, es su elitización: vota el segmento más educado de la sociedad, de mayor nivel socioeconómico y de mayor información de la política y los asuntos públicos. Como es obvio, pero aunque lo sea igual hay muchos estudios demostrativos al respecto, esa elitización conlleva a que la integración de los gobiernos y la orientación de los mismos va a corresponder a los intereses y a los valores de los segmentos votantes y, por tanto, en desmedro de los intereses y los valores de los segmentos no votantes, que son los menos educados, de menor nivel socioeconómico, menor información y menor comprensión de la cosa pública. Entonces, la obligatoriedad del voto es la contradicción entre el voto derecho y el voto deber, entre la libertad y lo compulsorio, pero también entre la participación de las elites y la participación de todos.

Otra discusión, que abarcó buena parte del siglo XIX y reaparece en los inicios del siglo XXI, es la conveniencia o necesidad de los partidos políticos, debate que no ha llegado al Uruguay. En cambio en estas tierras existe polémica sobre cuán organizados deben ser los partidos (especialmente en los niveles inferiores de la estructura partidaria), qué tipo de funcionamiento deben tener (especialmente qué grado de funcionamiento permanente) y qué grado de participación corresponde a los partidarios. En Uruguay se agrega una discusión de poca extensión en el resto del mundo occidental: si la conformación y dirección de los partidos corresponde a sus afiliados (es decir, a quienes participan plenamente de su programa e ideología, adhieren a ella y aceptan disciplina partidaria) o corresponde a los simples y ocasionales votantes. El mecanismo de elecciones generales voluntarias (mal llamadas elecciones internas) se corresponde con la teoría de los partidos sin afiliados, en que los ocasionales votantes determinan las candidaturas y las autoridades partidarias, a contrapelo de la concepción clásica de los partidos europeos (socialistas, socialcristianos, liberales, conservadores y populares) y también de las viejas concepciones uruguayas (del batllismo, socialismo, comunismo, democracia cristiana).

Finalmente queda un punto esencial en el análisis y medición de la robustez de la democracia: la creencia de los ciudadanos en la misma. Ello implica primero la creencia de que mediante el voto se pueden decidir de verdad los destinos del país y de la sociedad, creencia tanto más fuerte cuanto más arraigada es la democracia, y más débil cuanto más lábil es esa democracia. Para creer en eso hay además que confiar en la buena voluntad, honestidad personal e intelectual, buena fe, capacidad y buenas intenciones de los actores políticos. Si estas valoraciones se debilitan, aunque funcionen todos los elementos estructurales, la democracia se vacía y debilita.

Entonces, la democracia reposa en el voto libre y trasparente, emitido hacia partidos sólidos y hacia actores políticos creíbles: en esta conjunción está la fuerza de la democracia.

 

Publicado en diario El Observador
octubre 25  - 2009