Del hastío, camino al descreimiento
Oscar A. Bottinelli 

  

Hay varios datos inequívocos, se miren desde donde se miren, ya fuere de la observación empírica aficionada a las más precisas mediciones demoscópicas: la sociedad uruguaya manifiesta hastío ante la campaña electoral y alejamiento de los políticos, no responde a su convocatoria (como lo demostró la concurrencia el 28 de junio), rechaza un juego cada vez más internista y menor, y va camino al descreimiento en la política y en los políticos. Para que no haya dudas, hay falencias en la convocatoria de Mujica, pero también de Astori, del gobierno y del propio presidente de la República; hay falencias del candidato blanco a presidente y del candidato a vicepresidente; y los demás partidos, no lo quieran aceptar unos y sí lo aceptan otros, tienen los niveles de adhesión y convocatoria de los partidos que cumplen el papel de partidos menores. No es pues un tema, menos en perspectiva histórica, para que sirva el mirar en derredor en busca del culpable, porque todo político encuentra fácilmente a uno de los culpables, con solo ponerse frente al espejo.

Sobre el golpe de Estado de 1973 y la posterior dictadura militar hay muchas investigaciones sobre lo que ocurrió, qué pasó y cómo pasó. Hay muy pocas investigaciones profundas sobre por qué pasó, y las más importantes exposiciones al respecto cumplen una finalidad de alegato político y no de búsqueda de causalidad histórica. Porque más que explorar por qué se llegó a un golpe de Estado es indagar por qué cayó la poliarquía, la democracia liberal, la creencia en los valores de la pluralidad, la discusión y la tolerancia, y por encima de todo por qué cayó la creencia en que a través de lo público y del actuar en lo público se podía influir en los destinos colectivos del país y de la sociedad. En el camino al golpe de Estado cabe aquello de que tire la primera piedra el que esté libre de culpa. En la literatura del alegato político izquierdista se pone mucho énfasis en la fascistización o gorilización de las fuerzas armadas, en la pérdida de adhesión a la democracia de la oligarquía y en la acción del imperialismo. En la literatura derechizante se pone énfasis en la acción guerrillera y subversiva, en las constantes movilizaciones populares y huelguísticas desde el marxismo, en la acción disolvente soviética. Dejando de lado calificativos muchas veces erróneos y cuando no exagerados, todo ello pudo tener en mayor o en menor grado algo que ver en el camino a la ruptura institucional. Pero en el camino a la pérdida de fe en la poliarquía hay dos factores insoslayables: uno es la constante caída de la economía del país y del nivel de vida de los uruguayos, la falta de caminos, y otro es la pérdida de credibilidad en las elites políticas. Este último es un tema sustancial, sobre el que no se pone el énfasis debido porque es más fácil buscar culpables afuera del sistema político.

Lo que se observa en los últimos tiempos es una reedición del fenómeno de pérdida de convocatoria primero y de credibilidad después en las elites políticas, con mayor énfasis en las elites de los partidos tradicionales, pero no circunscripto el fenómeno a ellas, sino extendido a las elites de la izquierda.

A esto se suma un sistema electoral que ha colapsado. Una reforma constitucional mal hecha, peor redactada, con elementales y gruesas falencias técnicas, devino en un sistema harto complejo, cuyos efectos son la no consolidación de los partidos y el excesivo número de elecciones. Pero el calendario determina que la campaña electoral más larga, que conlleva más esfuerzo personal, más inversión financiera, mayor gasto material, es la que tiene por finalidad elegir el candidato único de cada partido a la Presidencia de la República; es decir, la población está sometida por más de un año (quizás año y medio) a un bombardeo cuya finalidad es llegar a la línea de largada. Algo así como el atleta que corre una maratón tan solo para posicionarse en la línea a partir de la cual disputará los cien metros llanos. El candidato llega cansado, sus competidores también, y el público sin expectativas, cansado y aburrido. Partidos y candidatos abordan esta segunda fase (que además puede no ser la última) con poco dinero, estructuras políticas corroídas por los resultados de la votación de junio y la consecuente elaboración de las listas de candidatos, sin haber dedicado tiempo a estudiar los problemas del país y exhibir propuestas profundas, serias, meditadas; además con desmedidas cargas emocionales que onnubilan el pensamiento.

Por delante entonces se plantean dos problemas. Uno de fondo, sobre el cual paridos y dirigentes deberán meditar mucho: o los partidos cambian, o los líderes elevan el nivel de la discusión política y la convocatoria, o se va camino a acentuar el descrecimiento y el divorcio entre políticos y ciudadanos; problemas complicado porque una cantidad no menor de actores políticos solo tienen capacidad para funcionar en el esquema de la lucha menor. El otro tema, procesal, pero nada menor, es que este sistema de cuatro elecciones en doce meses y medio no resiste más y la democracia se va a ir debilitando crecientemente si se mantiene. Mucho más si termina decantando que la elección cuya función es de ser preliminar termina siendo la más importante, la que agote la expectativa de los actores políticos y el interés de los ciudadanos. No resiste un sistema en que la gente siente hastío ante la conformación del Parlamento y la elección del presidente de la República.

Ahora solo queda esperar que el ciclo electoral nacional se termine, que pasen el 25 de octubre y eventualmente el 29 de noviembre, que muchos sufran los previstos fenomenales coscorrones, que quienes salven la prueba tengan la humildad de no envalentonarse por no haber muerto a mitad de camino. Después entonces vendrá el tiempo en que cabe esperar que los actores políticos, aquellos inteligentes, aquellos que no necesitan del juego menor para sobrevivir, razonen a tiempo, adviertan el peligro histórico en que está el país, vean que no se puede seguir impávidamente camino al descreimiento de la gente.

 

Publicado en diario El Observador
octubre 4  - 2009