La prostituta, la pasante y el político
Oscar A. Bottinelli 

Una prostituta de lujo, Patrizia D’Addario, cuarentañera, se ha constituido en el foco de atención mediático no solo en Italia sino también en toda Europa, por el hecho de haber participado en fiestas licenciosas en la(s) casa(s) de Silvio Berlusconi y haberse acostado con el jefe del gobierno italiano, a la tarifa (discutida su exactitud) de mil a dos mil euros la noche. Realmente significativo es que la prostituta grabó las conversaciones suyas con el gobernante, mientras diversos paparazzi lograron imágenes de algunas escenas – dicho en lenguaje de hace medio siglo – “subidas de tono”. Esas grabaciones de audio, grabaciones de video y fotografías han sido desplegadas en los medios de comunicación sensacionalistas y en otros nada sensacionalistas pero vinculados a las corrientes políticas de centro-izquierda e izquierda, particularmente en la misma Italia y en España. El diario La Repubblica de Roma hace un juego completo: cubre in extenso el tema, difunde las grabaciones y paralelamente encarga una encuesta que arroja una pérdida de popularidad del primer ministro. El hecho de que haya habido intención de grabar las conversaciones y las escenas, hace sospechar a muchos defensores del gobernante de la existencia de una conspiración política o periodística.

Circa una década y media atrás, una pasante llamada Monica Lewinsky fue el foco mediático por haber tenido sexo oral con el presidente de los Estados Unidos en el mismísimo Salón Oval del Ala Oeste, lo que derivó hasta en el inicio de un juicio de destitución al jefe de Estado (“impeachment”).

En el caso actual, Italia no solo está sacudida por los devaneos sexuales de un hombre bastante mayor con pretensiones de juventud eterna y costumbres muy liberales, sino que también está sacudida por los impactos de la gran crisis económica y financiera internacional, sumada a una particular crisis estructural de la economía italiana que viene de larga data. Pero lo que está en los primeros planos no es la crisis, sino los escándalos.

Ambos casos – el norteamericano y el italiano - plantean el tema de cuál es el nivel de vinculación y el nivel de separación entre la vida privada y la vida pública de las personas públicas, en particular de quienes tienen importantes responsabilidades de gobierno o de Estado. Al respecto surgen dos tesis opuestas, una amplia y una restrictiva. La tesis amplia sostiene que una persona pública debe necesariamente carecer de vida privada, es decir, como se acostumbra a decir en Estados Unidos, debe vivir en una pecera. Porque su vida privada demuestra cuáles son sus valores, su conducta, sus responsabilidades, sus virtudes y sus vicios, sus desviaciones y defectos. Con ello, cada cual podrá tener un cuadro completo del personaje público, ponerle a cada cosa el peso que le pareciere y sacar las conclusiones que considerase del caso. Los partidarios de esta tesis sostienen que ocultar a la gente la vida privada de los personajes públicos es ocultarle una faceta importante de sus vidas, restringir la información suficiente para valorarlos.

La tesis restrictiva sostiene que una persona pública debe ser analizada, juzgada y valorada acorde a su actuación pública, a sus logros, realizaciones, exposiciones, virtudes y defectos, logros y falencias, en el quehacer público. Y que la vida privada debe quedar confinada a lo privado, siempre y cuando no traspase determinados límites, que son los impuestos por el derecho, básicamente por el derecho penal. Con ello se preserva a la sociedad de varios males: uno es la “farandulización" de la política”, el invertir el debate público para privilegiar el juego de denuncias y contradenuncias en torno a hechos privados, y minimizar la discusión sobre los problemas colectivos, sobre los problemas del país y de la sociedad, sobre lo que afecta a la Nación en cuanto tal y a cada individuo en particular. Pero además se evita que haya una inversión en las cualidades que se exige a un gobernante; dicho en términos groseros, que más vale ser buen padre y buen esposo, aunque absolutamente incapaz para llevar adelante un país y resolver sus problemas, que ser un buen gobernante aunque mal padre o cónyuge infiel. Se sostiene que los países que privilegian hurgar sobre la vida privada cometen generalmente dos grandes errores: por un lado banalizar la política y por otro elegir para los cargos de gobierno a santurrones incapaces; y que lo uno y lo otro significa un elevado costo para la sociedad, que más tarde o más temprano tendrá que recurrir a gente capaz (sin importar su ética privada) y a debatir los problemas reales. Y finalmente se agrega que existe una clara preferencia de la gran mayoría de los medios de comunicación por la farandulización de la política, por dos razones: uno, que la audiencia o circulación de un medio que difunda escándalos privados es siempre superior (varias veces superior) a los medios que difundan debates económicos, financieros, políticos, sociales o jurídicos; dos, que cualquier periodista con escasa formación puede cubrir con solvencia la información sobre escándalos sexuales, pero solamente periodistas muy bien informados pueden encarar la información sobre los problemas de fondo de un país, una sociedad o el mundo.

Estas dos tesis plantean la alternativa entre dos visiones de la relación entre el gobernante y la sociedad, especialmente en las democracias modernas. Pero fuera de ello, el problema que tiene el uso de la vida privada en la competencia pública, es que se presta con mucha facilidad a juegos políticos ajenos al necesario “fair play” en que se asienta la democracia. El Partido Republicano no encontraba en aquella época la forma de enfrentar ni a Bill Clinton ni al predominio del Partido Demócrata, cuya actuación concitaba el apoyo mayoritario de la población. En la Italia de hoy, un centro-izquierda desorientado, sin proyecto político sólido, a la deriva, sin liderazgo, recientemente fallido en el breve ejercicio del gobierno, obsesionado por la invencibilidad política de Silvio Berlusconi, necesita ensayar el camino del espionaje político y el escándalo sexual para ver si logra debilitar el apoyo popular del gobernante. Es decir, aunque la tesis amplia surja como una visión ética de la política, que busca una total sinonimia entre la vida privad ay la vida pública de los personajes públicos, puede derivar en una forma de juego político antiético, por fuera de las reglas y los caminos políticos, para encontrar atajos en la búsqueda del poder propio o el debilitamiento del poder ajeno. Como decía un humorista por estos días: “Si me inquieren qué opino de Berlusconi, primero pregunto: ¿para novia de mi hija o para jefe del gobierno?, porque para cada caso tengo una respuesta diferente”

Uruguay tiene una larga tradición de tesis restringida, de separación rígida entre la vida pública y la vida privada. Y en cada campaña electoral algunos actores y muchos periodistas cuestionan esta tradición. Es un debate que no está abierto, pero si latente,

 

 

 
Publicado en diario El Observador
julio 26 - 2009