¿Cuál es el rol del vicepresidente?
Oscar A. Bottinelli 

Si hay algo absolutamente confuso y plástico en el esquema institucional del país, es el rol del vicepresidente de la República. En los últimos días se ha oído muchas expresiones sobre la relación entre el candidato presidencial y el candidato vicepresidencial de los dos partidos que compiten efectivamente por dichos cargos. Se ha dicho “no hay un uno ni un dos”, lo que sugeriría una especie de diarquía, y se han dicho otras cosas similares que apuntan a un rol fuerte en el gobierno del vicepresidente de la República. El tema merece abordarse desde el ángulo formal, el estrictamente jurídico, y desde el ángulo fáctico – “del derecho material” dirían los juristas italianos – es decir desde lo que surge de la praxis respecto a esta institución de escasa antigüedad en la vida del país, como que ha existido menos de medio siglo en la vida del país, en tres periodos: 1934-1952, 1967-73 y desde 1985. De esos 48 años, en 11 no hubo vicepresidente de la República (por muerte del titular o por pasar a ocupar la Presidencia de la República) y en 2 al vicepresidente se le quitó el rol de presidente de la Asamblea General. En total, pues, la situación actual cuenta con 35 años de vida, 24 de los cuales en la actual etapa institucional del país, luego de la restauración constitucional de 1985. Es muy poco para extraer modelos y prácticas, y para generar normas consuetudinarias.

Todo lo que la Constitución de la República refiere a las funciones y competencias del vicepresidente de la República está contenido en dos artículos. El 94 dice: (la Cámara de Senadores) “Será integrada, además, con el Vicepresidente de la República, que tendrá voz y voto y ejercerá su Presidencia, y la de la Asamblea General” Y el 150, redundante, expresa: “Habrá un Vicepresidente, que en todos los casos de vacancia temporal o definitiva de la Presidencia deberá desempeñarla con sus mismas facultades y atribuciones. Si la vacancia fuese definitiva, la desempeñará hasta el término del período de Gobierno. El Vicepresidente de la República desempeñará la Presidencia de la Asamblea General y de la Cámara de Senadores”

En buen romance la función titular y permanente del vicepresidente de la República es una sola: la de presidente de la rama alta del Parlamento y del Parlamento en su conjunto. Es pues la cabeza del Poder Legislativo, poder separado y al menos igual o superior al Poder Ejecutivo. No es miembro del Poder Ejecutivo y ordinariamente nada tiene que ver con él. Su otra función es la de suplente del presidente de la República, y como cualquier suplente tiene las atribuciones de dicho cargo cuando los ocupa, oportunidad en que queda separado de la función parlamentaria. No hay pues confusiones jurídicas: el vicepresidente de la República es la cabeza del Poder Legislativo, no integra el Poder Ejecutivo, y cuando pasa a integrarlo en ese tiempo nada tiene que ver con el Legislativo. Su relación con uno u otro poder es alternativa y nunca simultánea.

En una primera etapa fue absolutamente inequívoca la pertenencia del vicepresidente al Parlamento y su separación del gobierno. Así ocurrió en los dos años de concurrencia de funciones de Alfredo Navarro, en los periodos completos de Charlone y Guani, en el semestre de Luis Batlle y en el año y cuarto constitucional de Jorge Sapelli. También así ocurrió con nitidez – tras la restauración institucional – en los quinquenios de Enrique Tarigo y Gonzalo Aguirre Ramírez, en término incompleto de Hugo Batalla y en el quinquenio de Luis Hierro López.  Entonces, en 30 de los 35 años la praxis coincidió estrictamente con la lógica formal. Quizás contribuye mucho a esa separación, no solo lo formal sino lo político. De los cuatro que pasaron por el cargo en el último cuarto de siglo, solamente en el caso de Tarigo hubo una relación presidente y vice de uno-dos de la misma corriente política. Porque Aguirre y Batalla encabezaban corrientes diferentes en el mismo partido, y Hierro López pertenecía a la otra corriente colorada, paritaria en fuerza con la presidencial.

Con Tarigo es quizás donde mejor se dio el rol de un vicepresidente separado del Poder Ejecutivo y articulador con el oficialismo y con el Parlamento. Porque – salvo cuando suplió al primer mandatario - no tuvo despacho en el Edificio Libertad ni se sentó en reuniones del Consejo de Ministros (que en ese periodo fueron muy pocas), fue la visible cabeza del Poder Legislativo y además la cabeza del partido de gobierno, en tanto secretario general del Partido Colorado. A lo que ayudó mucho una franca relación de amistad con Sanguinetti. Ni Aguirre (que presidió brevemente el directorio del Partido Nacional y fueron frecuentes los cortocircuitos públicos con el presidente) ni Batalla  fueron los articuladores gobierno-parlamento. Sí lo fue Luis Hierro, pero no ocupó la cabeza formal del partido de gobierno.

En dos oportunidades la imagen expuesta por el vicepresidente de la República ha sido diferente, la de un miembro del gobierno, asistente a las reuniones del gabinete, como Jorge Pacheco Areco (que siendo vicepresidente tuvo despacho en Casa de Gobierno) o Rodolfo Nin Novoa (que asiste a sesiones del Consejo de Ministros). La peculiar situación política de Nin Novoa (ingresa al Frente Amplio un año después de ocupar el cargo) lo privó de la posibilidad (si es que existía) de ser el articulador entre el gobierno y el oficialismo, aunque sí lo fue con el Parlamento (aunque quizás menos que Tarigo). Pero se evidenció una fuerte confusión entre su rol de cabeza del Poder Legislativo y la imagen de un número dos integrante del Poder Ejecutivo.

No es nada menor para la separación de poderes, para el rol del Parlamento y para el peso político de la Presidencia de la República, el papel que juegue el vicepresidente de la República. Porque la continuidad y afianzamiento del modelo de número dos del gobierno constituye un peldaño más en el camino hacia la hiperpresidencial (expresado en lo simbólico además, en que bajo este gobierno ha desaparecido el uso de la expresión Poder Ejecutivo para ser sustituida, al estilo de los países tipicamente presidencialistas, por la expresión Presidencia de la República). Mucho más si – como se ha manejado desde exponentes de las dos principales fórmulas presidenciales – se mencionan especies de diarquías, como en el consulado romano.

El diseño constitucional es lo suficientemente confuso como para dejar en manos de la praxis el fortalecimiento o el debilitamiento de la simbología parlamentaria y de la simbología presidencial, que como se sabe, lo simbólico no es accesorio sino que hace a la cosa, la expresa y la determina. Por ello es muy importante observar qué señales más aparecen en esta campaña electoral y luego con el estreno del próximo gobierno.

 

 

 
Publicado en diario El Observador
julio 19 - 2009