¿Qué pasó el 28? (II): Por qué lo del FA
Oscar A. Bottinelli 

El 28 de junio se dieron tres resultados en el plano simbólico que representaron sendo golpes para la izquierda política: el triunfo del Partido Nacional sobre el Frente Amplio, la mayor convocatoria de Lacalle en relación a Mujica y la mayor convocatoria de Larrañaga en relación a Astori. A esas tres dimensiones, hay que agregar un cuarto elemento de medición de la caída de convocatoria del Frente Amplio: mientras ambos partidos tradicionales en conjunto lograron una participación en más de 20 mil votantes en relación a las elecciones preliminares de 2004, el Frente Amplio aumentó la participación en solo 13 mil. Es decir, que con la formidable competencia Mujica-Astori-Carámbula, la izquierda tuvo un aumento de su caudal electoral menor que los partidos tradicionales y un puñado de votos en más de cuando tenía candidato único y, por tanto, una elección burocrática, sin efecto político alguno.

Qué pasó es fácil de determinar con objetividad y sin preconceptos, y sin querer seguir la política de negar la realidad. Lo que no es fácil determinar es por qué pasó eso. Por lo pronto hay un conjunto de indicadores en sentido contrario, que apuntarían a que el Frente Amplio tendría que tener una convocatoria y un apoyo mayor al registrado cinco años atrás: bajó la pobreza y mucho más aún la indigencia, aumentó sensiblemente el ingreso de los hogares, la cantidad de personas beneficiadas en este periodo de gobierno - en términos materiales - es varias veces mayor que la cantidad de personas perjudicadas; en el plano de lo simbólico, es importante la cantidad de personas que en el acceso a la salud ascendieron socialmente, es decir, pasaron de la asistencia pública al sistema mutual. Ninguno de estos indicadores son controvertidos, lo que la oposición discute es otra cosa: que estos resultados en general no son mérito del oficialismo, sino efectos de la bonanza económica mundial, y en particular de la extraordinaria bonanza económica regional, de la que se benefició el Uruguay en los tres primeros años y medio de este gobierno. Es difícil pensar que la gente que se ve beneficiada, tienda a pensar que no aprecia los beneficios porque no hubo suficientes previsiones anticíclicas en la conducción económica, ni porque la tasa de crecimiento medida en términos de distribución debió haber sido mayor si las políticas hubiesen sido otras y no las aplicadas. Eso es una muy buena discusión académica, sin ganadores ni perdedores porque nadie puede probar lo que no ocurrió ni demostrar las bondades de lo que hubiera ocurrido; pero es una discusión estéril en términos electorales, pues la gente se conduce por cosas más tangibles y visibles.

Entonces, la primera sorpresa, es que las condiciones objetivas – fueren gracias a la labor del gobierno, gracias a factores externos sin arte ni parte del gobierno, o pese al gobierno – resultan favorables al oficialismo y la reacción de la gente no se corresponde con ello. Aquí hay o un problema de comunicación o, quizás mejor, más sustancialmente, la existencia de desafectos promovidos por otros factores. Probablemente un conjunto de esos factores tenga que ver con que medido en términos de mejoramiento de vida, de cambio de la vida de un hogar, una familia o una persona, mejorar el 25% o el 30% sus ingresos no le cambia nada: le hace llegar mejor a fin de mes, le da algo más de holgura, pero su vida sigue siendo la misma. Eso contrasta seguramente con el nivel de expectativas, que normalmente es inconmensurablemente alto y se mueve no en el terreno de lo posible sino en el terreno de lo mágico: que a partir de un cambio de gobierno a una persona le cambia sustancialmente la vida, va a vivir de otra manera, va a pegar un salto cualitativo. Y eso o ocurrió, en principio sencillamente porque es imposible que ocurra. Además, el gobierno invirtió en muchas cosas que le cambian la vida a pocos, como un mayor nivel de ingresos, e invirtió poco en cosas que sí cambian radicalmente la vida, como es la vivienda. Y en materia de educación, en que el cambio en la vida se nota con los años y no con un solo lustro, el gobierno casi no invirtió, ya que lo hizo en sueldos de los docentes y el personal de la enseñanza, pero eso no se traduce en el corto plazo en cambio en la calidad de la educación.

Otra línea explicativa del por qué lo del 28 de junio en el FA tiene que ver con la desmovilización de su estructura, que es más que un problema de aparato, recursos y logística, es un problema de desmotivación de la militancia, de los activistas reales o potenciales. Es que el gobierno rompió con la militancia y lo hizo de manera expresa. La estructura frenteamplista quedó marginada de toda participación; no hubo debate ni consulta en nada, ni en el nombramiento o recambio en el gabinete hasta la toma de trascendentes decisiones como el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos o la ley del aborto, la promoción de la misma y el veto a la misma. Pero lo más relevante es que esto no ocurre en un partido cualquiera, sino en un partido que marcó como diferencia sustancial con los partidos tradicionales, el ser un partido de acción política permanente y no meramente electoral, y de ser un partido participativo, en que sus miembros son partícipes de las decisiones. Entonces, el divorcio es mucho más que un problema de olvidos, es un cambio ideológico sustantivo en la concepción del papel del partido. Cuando en un partido se concibe la estructura como maquinaria electoral, se la forma y mantiene como tal, y cuando se la necesita, funciona. Cuando una estructura se la concibe como de participación política y se la reduce a maquinaria electoral, desaparecida la participación, no funciona como maquinaria electoral. Y así ocurrió.

Pero también la política del gobierno cosechó beneficiarios sin que políticamente se consolidase la adhesión de esos beneficiados y en cambio cosechó desafectos en núcleos duros, de hierro, provenientes de la época en que ser frenteamplista implicaba riesgos y sacrificios.

Otra dimensión es la creciente personalización, ayudado por el sistema político-electoral de 1996. El Frente Amplio pasó de privilegiar la adhesión a partidos y sectores, a grupos institucionalizados, por el juego de las adhesiones personales, de tipo caudillista o lideral. En ese sentido fue muy fuerte la impronta de Tabaré Vázquez, que jugó a un personalismo en las adhesiones sin la contracara de una conducción coherente, no fue el expositor de un rumbo, de un modelo de país, de la construcción de un ideario, sino más bien el exponente de sensibilidades, de sentimientos. Y Vázquez aparece sucedido por dos figuras de impronta personalista, como el más caudillista José Mujica o el más lideral Danilo Astori. Pero algo pasa cuando la acción combinada de los tres demuestra escasa convocatoria; basta con recordar que la recolección de firmas por la reelección presidencial alcanzó apenas las 100 mil, es decir, que firmó menos de 1 cada 20 electores.

Por acá andan algunos, y no todos, los por qué de ese resultado.

 

 

 
Publicado en diario El Observador
julio 12 - 2009