¿Qué pasó el 28? (I): La derrota del FA
Oscar A. Bottinelli 

  

Conviene una vez más insistir en que las elecciones del domingo pasado no fueron elecciones internas y simultáneas, porque no fueron al interior de los partidos, organizadas por los partidos, en locales partidarios, con reglas trazadas por los partidos y con electorados previamente definidos por los partidos. Elecciones internas y simultáneas son las elecciones diferentes pero sincrónicas. Estas en cambio son elecciones generales, donde bajo la organización y juzgamiento de la Corte Electoral, la totalidad del Cuerpo Electoral uruguayo es convocado a participar para elegir tres cosas: el candidato único de cada partido a la Presidencia de la República, el Organismo Deliberativo Nacional (ODN) de cada partido y el Organismo Deliberativo Departamental (ODD) de cada partido en cada departamento. Es la primera elección de tres vueltas para definir los órganos nacionales del Estado, algo muy original en el mundo, por lo que Uruguay más que un balotaje tiene un sistema de elección por eliminatorias, un sistema de copa o de play-off. Lo que se jugó el domingo fueron los cuartos de final.

Toda elección se juega en el plano de los efectos  jurídicos (es decir de lo que efectivamente se traduce de votos a cargos) y en el plano de lo simbólico. No hay cosa que marque más el carácter simbólico de la elección que la fenomenal competencia para un órgano sin poder ninguno, como el Organismo Deliberativo Nacional del Frente Amplio: 16 listas de promedio en cada una de los departamentos para un cuerpo cuya única función es proceder a la formal elección del candidato a vicepresidente de la República que previamente hubiere seleccionado el Plenario Nacional de esa fuerza política. Demasiada competencia para un acto inútil. Sin embargo, los resultados para esa elección inútil ha provocado desde el fortalecimiento de dirigencias de algunos sectores frenteamplistas, hasta fenomenales trifulcas en otros, según que al resultado se lo considerase un éxito, un fracaso o un más o menos.

La competencia entre partidos, que jurídicamente existe, porque la gente no vota dentro de los partidos sino a los partidos (más exactamente, vota a los lemas), tiene una dimensión extraordinaria en el plano de lo simbólico. Y en ese plano hay ganadores y perdedores, rankings confirmados y rankings alterados. De las urnas del domingo pasado emerge un ranking alterado, quien debió ser el primero obtuvo el segundo lugar, a la inversa quién debió ser segundo salió primero, y por tanto hubo un ganador neto y un perdedor neto entre los partidos. Como es obvio, el ganador lo es el Partido Nacional y el derrotado el Frente Amplio. Discutir esto, como algún dirigente frenteamplista o analista con camiseta tricolor ha querido hacer, es una conducta digna del avestruz, de esconder la cabeza para no ver la realidad. Tampoco la derrota quiere decir preanuncio de derrota en octubre, ni la victoria del victorioso preanuncia su triunfo en octubre. Ni lo uno ni lo otro.

Una elección de carácter voluntario, como antecedente de una elección de carácter compulsivo, no mide la efectiva adhesión de la gente a los actores políticos, sino que mide más bien el poder de convocatoria de cada uno. El nivel de adhesión en este caso no lo miden las urnas, sino los estudios cuantitativos de opinión pública, es decir (perdón por la palabra que a muchos provoca urticaria), las encuestas. Las urnas midieron el domingo 28 de junio el nivel de convocatoria de partidos y candidatos.

Cabe recordar también que junto con la elección nacional (candidato presidencial, ODN), hubo una competencia departamental, la elección de los Organismos Deliberativos Departamentales, que es la elección preliminar de las elecciones municipales del 9 de mayo de 2010. Es decir, estuvo también en juego el fortalecimiento o debilitamiento de los intendentes municipales, de los partidos en relación a los gobiernos departamentales y de figuras que aspiran a la intendencia municipal de cada departamento.

En el plano de la convocatoria, el Frente Amplio fue derrotado varias veces:

Uno. Como partido, porque pierde el primer lugar por primera vez desde octubre de 1999,

Dos. De José Mujica se esperaba un alud de votantes, en un fenómeno al estilo del Perón de 1945 o de 1973, un alud de convocatoria. Mujica tiene el perfil del “padre de los pobres” y se esperaba que “el pobrerío” (para usar una expresión de aquella época, técnicamente el nivel socioeconómico bajo, y en particular el segmento conformado por los excluidos) concurriesen masivamente a darle su respaldo. Resulta que en Montevideo al menos, los barrios más pobres tuvieron menor concurrencia que los barrios más ricos o más medios. Y la sorpresa de todas las sorpresas resultó que Luis Alberto Lacalle tuviese más convocatoria que Mujica

Tres. Danilo Astori era el delfín ungido por Tabaré Vazquez, cual Príncipe de Asturias. No solo tuvo el desafío de Mujica, el tercer lugar en la votación del Congreso del Frente Amplio, el segundo lugar en las urnas el domingo pasado al interior de la fuerza política oficialista, sino que individualmente demostró sustancialmente mucho menor poder de convocatoria que Jorge Larrañaga.

Cuatro. Un gran salto cualitativo de la izquierda en las elecciones nacionales de 2004 fue la obtención por primera vez de gobiernos departamentales fuera de la capital, y en una cantidad significativa: 7 en 18. Esta vez fue derrotado en esos 7 departamentos, no ganó en ninguna de las jurisdicciones en que gobierna en el interior del país. En Florida, Paysandú y en Treinta y Tres el FA fue virtualmente duplicado por el Partido Nacional. En el departamento clave de Maldonado y en Rocha perdió por una relación grosso modo de 4 a 3. En Salto perdió por menos de 10 a 9, pero esa amortiguación fue producto de otro fenómeno, la extraordinaria votación del Partido Colorado, que obtuvo la cuarta parte de los sufragios (por lo que en relación a los partidos tradicionales, casi fue duplicado). Y finalmente la elección más ajustada fue la de Canelones, donde pese a tener al intendente municipal como precandidato presidencial perdió por una relación de un poco menos de 10 a 9.

Esta es la magnitud del golpe que en el plano simbólico sufrió el Frente Amplio, que hace tres años se encaminaba a revalidad el poder de manera avasallante y que tan cerca como hace un año calificados dirigentes apostaban a que no bajaría del 60% del electorado. Es un gran golpe de realismo y a la vez un fuerte coscorrón a muchas soberbias que todavía se mantenían. Cabe ahora (será materia para otro domingo) comenzar a bucear sobre las causas de esta derrota.

 

Publicado en diario El Observador
julio 5  - 2009