De propuestas y modelos de país
Oscar A. Bottinelli 

  

En las últimas campañas electorales en Uruguay se nota una cierta disociación entre lo que ven, hablan, escriben e interpretan muchos comunicadores, analista y observadores con lo que ve, interpreta y siente la gente común. Esa diferencia está basada en un hecho fundamental: los políticos tienen una forma de comunicarse que le permite llegar sin problemas y en profundidad al votante común – que es la casi totalidad de los votantes – aunque por lo que se puede ver no llegan con claridad a un sector reducido de personas que pretenden algo muy preciso y detallado, que además no resulta claro qué es. Lo sustancial de esa discrepancia es ver afirmaciones como que en esta campaña electoral están ausentes las propuestas, o son muy vacías, o los candidatos dicen generalidades, o no se sabe qué es lo que dicen. Estas afirmaciones sobre la primera de las campañas del 2009 no son nuevas, fueron las mismas que se hicieron en las dos campañas nacionales de 2004, en las tres de 1999 y en la única de 1994.

Sin embargo, ocurre todo lo contrario: no da el tiempo para un analista que pretenda leer, escuchar y analizar todas las propuestas, el tomar conocimiento de todo lo que dicen y proponen los candidatos, ni siquiera si se reduce a los cuatro con mayores probabilidades de llegar a la primera magistratura o los seis con un caudal superior al 5% del electorado. ¿Dónde están las propuestas? En algunos casos en libros de algún que otro centenar de páginas, con abordaje detallado área por área, sector por sector. En otros, dispersos en discursos particularizados ante decenas o cientos de sectores poblacionales y productivos. Hay cataratas de propuestas, de Astori, Carámbula y Mujica en el Frente Amplio, y del Frente Amplio que cuenta con un programa y propuestas aprobados por su Congreso, de Lacalle y Larrañaga en el Partido Nacional, de Bordaberry en el Partido Colorado. Ello sin contar que los demás candidatos (con menor fuerza electoral) cuentan la mayoría de ellos con propuestas muy elaboradas y serias, obviamente con diferencias tanto en el punto de partida como de llegada. Y además las propuestas de los demás partidos, en particular de los dos con probabilidades de representación parlamentaria, el Partido Independiente y la Asamblea Popular.

Casi no hay idea que no esté representada en algún partido, sector o candidatura. Pero lo realmente sustantivo, en términos de corto plazo con resultado práctico, corresponde centrarse en los dos partidos con mayores probabilidades de llegar per se al gobierno. Es claro que en este nuevo bipartidismo del país hay un eje divisorio que deja de un lado al Frente Amplio y otro al Partido Nacional. Esto no quiere decir un país divido en dos, polarizado, porque hay un mar de visiones sobre el Estado y la sociedad que comparte no menos del 70% u 80% del país (todos los frenteamplistas y la mayoría absoluta de blancos y colorados, voten a quien voten), y hay otros aspectos que comparte una gran mayoría de la sociedad, con exclusión de los extremos frenteamplista y blanco-colorado. Esos valores compartidos por el 70-80% de la sociedad condicionan a cualquier gobierno, con independencia del resultado de la elección. Son la primacía del interés colectivo sobre el individual, del valor de la igualdad sobre la iniciativa individual, del camino propio del país sobre el copiar o trasplantar modelos del exterior, la protección del ambiente por encima de la creación de puestos de emprendimientos productivos o puestos de trabajo, la seguridad pública por encima aún de los derechos humanos.

A partir de allí, de esos niveles de común denominador de las tres cuartas partes de la sociedad, hay diferencias sustanciales en los énfasis. No hay duda que el Frente Amplio sintoniza mucho más con el Estado fuerte, el welfare state (por tanto las fuertes políticas sociales), el igualitarismo. Y que el Partido Nacional otorga más énfasis a la competencia, a los emprendimientos privados, a la iniciativa personal. También es claro que el nacionalismo tiene dos grandes corrientes históricas, una de las cuales se ha reformulado en las últimas décadas hacia el más fuerte énfasis en el libre mercado y la otra continúa, en modelos diferentes al de izquierda, en mayor sintonía con los valores dominantes en la sociedad uruguaya a lo largo del siglo XX, especialmente en cuanto al rol del Estado. El Frente Amplio tiene a su vez corrientes diversas, en un proceso que aún no ha concluido de redefinición y alineamiento, con grandes contradicciones al interior de la fuerza política, al interior de las propias corrientes y de cada sector. Una de las principales es cuanto contiene su proyecto de transformación profunda de la sociedad y cuánto de corrección y mejoramiento de la misma sociedad; qué valor tiene el trabajo, independientemente del factor relación de dependencia; cuánto el esfuerzo propio y cuánto la dependencia de lo estatal; cuánto debe haber de autonomía y libertad y cuánto de regulación y control estatal. Y hay una contradicción muy fuerte en la izquierda, con énfasis diferentes, si se apuesta a la calidad (que se quiera o no afecta la igualdad) o se apuesta a la igualdad (que se quiera o no afecta a la igualdad). Sin embargo, si se observa detenidamente, hay corrientes y candidatos que ponen más énfasis en lo uno, y otros candidatos y corrientes que ponen más énfasis en lo otro.

Hay algunas afirmaciones que parece necesario realizar: Uno, gane quien gane hay un sustrato básico del país que seguirá siendo el mismo, sin cambios fundamentales. Dos, a partir de ese sustrato básico común, no es lo mismo que continúe el Frente Amplio (donde continuará una política hasta el límite de sus posibilidades materiales) de mucho énfasis en las políticas sociales y el igualitarismo, o que regresen los partidos tradicionales (con mayor énfasis en la inversión, la competencia. Tres, en mucha menor medida, en el terreno de los matices y no de las divergencias sustantivas, no es lo mismo Astori que Mujica  y no es lo mismo que Lacalle que Larrañaga. Pero son matices, énfasis, porque habrá un Astori con Mujica o un Mujica con Astori, como habrá un Larrañaga con Lacalle o un Lacalle con Larrañaga, y esto va más allá de la voluntad de ellos mismos, porque van a estar juntos los electores y van a empujar a los dirigentes.

 

Publicado en diario El Observador
junio 7  - 2009