Quo usque tandem abutere, Catilina?
Oscar A. Bottinelli 

  

Hacia comienzos del último siglo anterior a la era cristiana, Roma se encontraba dividida políticamente entre una fracción representativa del patriciado, que defendía sus beneficios por considerar que eran quienes hacían a la fortaleza y esplendor de la República, y la factio popularium (fracción popular), que instrumentaba asambleas populares en procura de una redistribución de la tierra (que a poco de andar aplicaría Julio César), la condonación de las deudas de los más pobres y un sistema político de mayor participación popular. Los Graco y César fueron claros exponentes de esta facción. En las elecciones del año 93 AC para el consulado confrontaron Marco Tulio Cicerón como exponente de la fracción aristocrática y Lucio Sergio Catilina por la factio popularium. Vence Cicerón (según los populares por fraude y corrupción) en lo que algunos consideran la primera campaña electoral de la historia, diseñada por su hermano Quinto Tulio Cicerón (quien escribió el primer manual de campaña electoral de la humanidad: “Commentariolum Petitionis”). Se hicieron famosas las invectivas de Cicerón contra Catilina, en la cuatro famosos discursos conocidos como “Catlinarias”, los cuales llevan el latiguillo (según algunos, surgidos de la pluma de su hermano Quinto Tulio, lo que sería el primer slogan electoral de la historia): Quo usque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?” (¿Hasta cuando, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?). De la mano de los Cicerón surge el término populismo, como calificación peyorativa a sus adversarios, a quienes acusaba de – en términos contemporáneas – no respetar los contratos, el equilibrio fiscal y el buen manejo de las cuentas públicas. Dieciocho siglos más tarde, en el periodo más duro de la Revolución Francesa, el término reaparece usado por los girondinos contra Marat, L’Ami du Peuple  (más que un populista, un izquierdista revolucionario).

Es a partir del primer tercio del Siglo XX cuando el término “populismo” pasa a ser la denominación de una clara categoría de clasificación politológica, aplicado especialmente a diversos regímenes políticos latinoamericanos: el primer getulismo en Brasil (O Estado Novo de Getulio Vargas, 1937-1945), el nacionalismo revolucionario boliviano - desde Gualberto Villarroel (1943-46) hasta la segunda presidencia de Víctor Paz Estenssoro (1952-64) - y el primer peronismo en Argentina (El justicialismo de Juan Domingo Perón, 1945-1955). Desde posturas opuestas a los mismos en forma combativa (el liberalismo político, la derecha liberal, el marxismo) se los acusó lisa y llanamente de fascismo. Y durante mucho tiempo existió una corriente que asimiló populismo con fascismo. También hay quienes incluyen en la categoría de los primeros populismos latinoamericanos, a Lázaro Cárdenas (México, 1934-1940), y al velasquismo ecuatoriano (José Ma. Velasco Ibarra, cinco veces presidente y otras tantas veces derrocado entre 1934 y 1972). Modernamente el populismo reapareció en versiones más socializantes (y por tanto, con dudas si traspasan y cuándo la frontera entre lo populista y lo revolucionario anticapitalista) en Hugo Chávez en Venezuela (con su movimiento fundado en 1982 y en el poder desde 1999) y Rafael Correa en Ecuador (desde 2007). Aunque es común considerar populista a Evo Morales, en esencia representa otra categoría en clivaje étnico, ya que expresa a la mayoría boliviana compuesta por indígenas (incluidos mestizos con identificación en sus raíces indígenas) subsumida política y socialmente por una mayoría mestiza, a lo largo de casi dos siglos.

Como en Roma o en la Revolución Francesa, en los últimos tiempos, quizás en las últimas dos décadas, desde ciertas posturas políticas clasificables internacionalmente como que van desde el centro hacia la derecha, se emplea la calificación de populismo como sinónimo de demagogia, lo cual es incorrecto desde el punto de vista de la ciencia política.

El populismo como categoría politológica aparece en momentos de ausencia, destrucción o gran debilidad de los sistemas de partidos, grandes desequilibrios sociales y fuerte presencia de poder o influencia extranjeras (política o más bien económica). En cuanto a lo ideológico o programático, un movimiento populista apunta a algún tipo de reivindicación anti-imperialista (lucha contra el poder extranjero que considera que afecta la independencia real del país, o contra el capital extranjero presente en el país, o que intermedia en la financiación al país o en la comercialización de los bienes y servicios del país); a fuertes reivindicaciones nacionalistas (nacionalización de recursos naturales, estatización o control del comercio exterior, fuerte control de cambios); políticas económicas dirigistas; defensa, creación o recreación de un empresariado nacional (burguesía nacional); organización o reorganización y control del movimiento sindical; búsqueda de mayor equidad social; inclusión, protección y eventualmente organización de los sectores marginados. Desde la visión marxista se considera que un elemento esencial delimitatorio entre lo revolucionario y lo populista, es que el populismo no contradice la existencia del sistema capitalista. Desde el punto de vista de la estructura política, los movimientos populistas se consideran a sí mismos como exponentes del conjunto de lo nacional (son “movimientos nacionales”, “El Movimiento Nacional”), se expresan a través de una fuerte personalización en un liderazgo fuerte o caudillismo, se articulan mediante organizaciones fuertes y complejas que pretenden abarcar al conjunto de los sectores que sirvan de base a ese movimiento nacional (en un juego simultáneo de convocatoria y control). El populismo es esencialmente opuesto a la poliarquía[1], es decir, a la libre competencia igualitaria y plural entre opciones políticas diferentes y opuestas, y por tanto al libre juego de confrontación de ideas opuestas, aunque utilice métodos y procedimientos afines a la poliarquía. La tendencia natural del populismo es a la hegemonía política excluyente.

Con estas definiciones, en Uruguay no hay ni sombra de populismo ni condiciones ambientales para el surgimiento de ningún tipo de movimiento ni de políticas populistas. Lo que se observa, en cambio, es la reiteración de la dicotomía Cicerón-Catilina: exponentes de los sectores que consideran que la pujanza del país está asociada a los beneficios de los sectores más altos, cuyos beneficios son amenazados por las políticas orientadas a atender las demandas de los sectores más bajos (“los sectores populares”), utilizan el término populismo como sinónimo de demagogia, como denostación a los defensores de estas políticas.


 


[1] De manera operacional puede asimilarse poliarquía, en la definición de Robert Dahl, a “democracia liberal”.

Publicado en diario El Observador
mayo 31  - 2009