No se elige un monarca absoluto
Oscar A. Bottinelli 

  

Sobrevuelan preguntas de duda o preocupación sobre qué van a hacer en el gobierno los candidatos presidenciales si son electos ¿Por dónde va a ir Mujica? ¿Astori va a continuar la política que llevó adelante o va a hacer cambios y concesiones? ¿Lacalle es el mismo de 1989 o como él lo proclama ha ajustado su pensamiento con el paso de un veintenio? ¿Se sabe hacia dónde y cómo va a caminar Larrañaga? Estas preguntas se complementan con otras: cuánto pierde de votos el Frente Amplio si el candidato es Mujica y pierde Astori; a la inversa, el Frente gana o pierde con Astori y sin Mujica; Larrañaga o Lacalle, el uno o el otro en forma excluyente, ¿cuál es mejor candidato para destronar a la izquierda?

Todas estas preguntas conducen a una visión de unipersonalización de todo el poder político del país. Sugiere por un lado que las elecciones llamadas internas son con formato de knock-out. El que gana gana y el otro se va para la casa, salvo que el primero le ofrezca y el segundo acepte acompañarlo en la fórmula como vicepresidente. Los dos tipos de preguntas combinados sugieren que se elige a una única persona, para un único cargo electivo: el presidente de la República; se elige a una segunda persona como suplente del primero; y ese primero concentra todo el poder, de manera absoluta e incondicional, cual el funcionario romano que recibía poderes de dictador. En Roma limitado a seis meses, en Uruguay por cinco años.

Hace siete años, al completarse el segundo año de gobierno de Batlle, se contabilizaron seis abandonos (renuncias o ceses) a cargos políticos: un ministro, dos presidentes de entes autónomos, un subsecretario, dos directores de servicio, todas muy cercanas a Jorge Batlle. Tuvieron en común que ninguno era propiamente un político, sino personas que llegaron a la política desde afuera de la misma. Al abandonar el cargo en general expresaron decepción con el sistema político al que acusaron de “trabar todo”, de ser una “máquina de impedir”. El esquema básico del pensamiento de los renunciantes o cesantes, compartido en buena medida por opinantes calificados que coinciden con las ideas de Batlle, es que en Uruguay hay un sistema político que por debilidad o apetencias menores impide gobernar, frena al presidente de la República, no le permite llevar adelante el programa que motivó su elección. Resumen que el país hizo un único pronunciamiento al elegir al presidente de la República.

Lo significativo es que no se ve a los partidos políticos (salvo como vehículos para elegir a ese monarca absoluto o dictador romano), tampoco a las corrientes de los partidos, mucho menos al Parlamento (se conoce la existencia del Palacio Legislativo, pero muchos en sustancia no tienen idea para qué está). No se ve la alta complejidad y sofisticación del sistema político uruguayo, bastante similar en su estructura y su funcionamiento a sistemas europeos como los de Bélgica, Dinamarca, Luxemburgo, Noruega, Países Bajos, Suecia y especialmente Italia, por lo menos hasta hace tres años, cuando todavía era el sistema más parecido al de estas latitudes.

Como no se ve al Parlamento, ahora, en esta instancia hacia el 28 de junio, no se ven las listas parlamentarias (se van a ver luego, hacia el 25 de octubre). Entonces no se ve que Astori o Mujica, el que pierda, si no integra la fórmula presidencial, va a encabezar una lista senatorial. Y la encabecen o no, cada uno es el referente máximo de cada uno de los dos grandes agrupamientos frenteamplistas. Tampoco se ve que, ganen o pierdan, tanto Lacalle como Larrañaga va a encabezar sí o sí sus respectivas listas senatoriales. El 28 de junio va a haber ganadores, pero nadie quedará knock-out, sino vivito, coleando y en plena salud como para ser necesario en el juego político del próximo gobierno.

Al no verse al Parlamento, no se ve que sin él el presidente no puede designar a los directores de entes autónomos, servicios descentralizados y unidades reguladoras, ni tampoco aprobar el presupuesto. El Parlamento por sí es quien aprueba las leyes y elige las cabezas de los tres poderes judiciales (la Suprema Corte de Justicia, el Tribunal de lo Contencioso Administrativo y la Corte Electoral). Y si los ministros que el presidente designe no cuentan con mayoría parlamentaria, deberán hacer pininos para sostenerse en el cargo.

Ocurre que en el lustro que termina (más exactamente en el cuatrienio inicial del gobierno), el Frente Amplio contó con una mayoría absoluta en ambas cámaras, aplicó esas mayorías maquinalmente, casi sin negociación ni diálogo con la oposición, el oficialismo negoció solo dentro de sí, y cuando el presidente hubo emitido un dictat obtuvo la obediencia (excepto en el caso del aborto). Todo ello hizo pensar que el Parlamento no existía y que lo único relevante es lo que dice, piensa y hace esa única persona a la que se cree con potestades de monarca absoluto. Ayuda esto la mala comunicación periodística, cuando se informa: “desde tal fecha quedará prohibido tal cosa”, cuando a poco de andar se descubre que la noticia es que el Poder Ejecutivo (que es el presidente con los ministros) envía un proyecto de ley, el que si se aprueba con modificaciones, produciría ese efecto; es decir, debió comunicarse “el gobierno impulsa que desde tal fecha …” (y luego se sabrá si eso se aprueba o no, es ley o no). Ni hablar cuando se oye o lee en los medios de comunicación que “el presidente aprobó tal ley”, con olvido de la separación de poderes y de los poderes específicos del Ejecutivo. Sin entrar ya a la confusión entre presidente de la República y Poder Ejecutivo, cuando se cree que el Presidente “es” el Ejecutivo, y se ignora que ese poder lo componen el presidente y los ministros, y se ignora que el presidente tiene como única potestad nombrar al secretario de la Presidencia, y que todo lo demás debe contar con el asentamiento del o de los ministros respectivos, o del Consejo de Ministros. Esto no funcionó así en este gobierno, por el poder que tuvo hasta hace poco Tabaré Vázquez y la ciega obediencia a sus decisiones. Pero el próximo gobierno funcionará como los anteriores, se verá al presidente (el que fuere, del partido que fuere) dialogar, negociar, transar, acordar, a veces imponer o tratar de imponer. Y el gobierno será no lo que piense el presidente, sino la resultante del conjunto de fuerzas que componen la mayoría parlamentaria, y en algunos casos relevantes, la resultante del pensamiento de los dos tercios de los parlamentarios.

Lo que importa en estas elecciones, entonces, es la combinación de lo que piensan las distintas corrientes políticas, y el peso relativo que adquirirán todas ellas, ahora en junio, y fundamentalmente en octubre.

Publicado en diario El Observador
mayo 24  - 2009