El G20 y liderazgo de Brasil
Oscar A. Bottinelli 

  

Conviene partir de dos premisas: el mundo va hacia los grandes bloques regionales y desde que el mundo es mundo, o al menos desde los últimos 400 años, todo bloque de naciones requiere un liderazgo, individual o colectivo. Todavía no está claro cuál es la región, si América Latina y el Caribe, la vieja Iberoamérica, América del Sur o el Mercosur de los cuatro países. Las últimas señales de Brasil apuntan a su sueño de demarcar la región en América del Sur (con lo que salda su competencia con México por el liderazgo regional), donde en teoría su competidor es Argentina.

Argentina es un país lo suficientemente conflictivo en lo interior, desde la era de los Kirchner es claramente conflictivo en lo exterior, ciclotímico (desde la exhuberancia hasta la depresión, desde la Plata Dulce hasta la prevalencia de la indigencia), sin política exterior, con creciente disminución en su peso económico en el mundo y la región, todo lo cual lo aleja de toda pretensión de liderazgo. Todo indica que Sudamérica como bloque solo es posible si hay un liderazgo claro y que el único en condiciones de ejercerlo es Brasil. El problema es saber si Brasil quiere ser líder.

Las señales de Brasil son contradictorias, probablemente porque tiene el mayor de los problemas que puede tener país, institución o persona alguna: no saber lo que quiere. O lo que es peor, querer varias cosas contradictorias entre sí y no establecer prioridades ni jerarquías.

Por un lado muchas veces ha confundido liderazgo con dominio, lo cual es común. La historia del mayor líder contemporánea, los Estados Unidos de América, demuestra esa confusión. El país del norte solo ha ejercido liderazgo cuando ha debilitado su dominio (en lo que parece que está ahora), y cada vez que ha fortalecido su voluntad de dominio ha perdido liderazgo.

También afronta una contradicción entre la búsqueda de liderazgo y el regusto por jugar en solitario. También el país del norte debió afrontar y vencer una tentación – fuertemente acariciada por su pueblo – de aislarse del mundo. Con un vasto océano que lo separaba de Europa, otro aún mayor que lo distanciaba de Asia y un patio trasero que lo consideraba propiedad suya y, por tanto, ajeno a la política internacional, con todo ese panorama, campeaba el gusto por olvidarse del mundo y hasta despreciarlo. Franklin Roosevelt comprendió la imposibilidad de ello, y tejo pacientemente alianzas y convencimientos hasta llevar al país al compromiso mundial y, con ello, al liderazgo.

Pero además hay una lección que tarde o temprano los candidatos a liderazgo aprenden: los liderazgo no son gratuitos, cuestan y mucho. Cuesta poco y hasta da ganancias el dominio, el imperio, la colonización, el sometimiento por la fuerza, ya fuere militar, económica o política. Pero el liderazgo cuesta. Silvio Berlusconi decía hace pocos años, en respuesta a quienes le objetaban los inconmensurables gastos que Italia se apestaba a volcar en el Mediterráneo: Italia no puede pretender el liderazgo en el Mediterráneo si no está dispuesta a asumir los costos de ese liderazgo. Lo que el presidente del gobierno italiano expuso no fue una visión de izquierda, no significó un concepto de ayuda, dádiva o donación. Expuso con la crudeza que lo caracteriza, de un empresario implacable y con no demasiados escrúpulos, el concepto de inversión como diferencia con el gasto.

Hace pocos días se realizó lo que puede llamarse la primera cumbre del G20 como instancia de gobierno mundial. Hubo varias cumbres, de bajo impacto. Esta es la primera en que se pretenden trazar las nuevas reglas del ordenamiento financiero y económico mundial. Entre esos 20 poderosos de la tierra están sentados Brasil y Argentina. Por lo dicho más arriba, solo interesa hablar de Brasil, que es el único llamado a y con pretensión de liderazgo.

Fue, se sentó, intervino, aprobó cosas, algunas de ellas agresivas para sus presuntos liderados, y lo hizo como un global player individual. Ese es un papel, que se puede sostener cuando se tiene la fuerza y la riqueza para ello. No parece que sea el caso de Brasil. La selección de los países buscó representar a todas las regiones del mundo, pero en una concepción de representación que proviene de la inferencia estadística y no de la teoría de la representación política. Si uno hace una muestra de la población mundial, es obvio que esos 19 países (más la Unión Europea) saldrían sorteados, porque tendrían las mayores probabilidades. Pero el tema no es estadístico sino político. La representatividad no es cuantitativa. Requiere que haya representantes porque hay representados, y los representados lo son en tanto confieren diputación al representado.

Esto no quiere decir que debieron reunirse los diez o doce países de Sudamérica (porque siempre fueron diez, hasta que hace unos pocos años se descubrió que son doce, con la incorporación de Guyana y Surinam, que siempre estuvieron volcados al Caribe; cuando en realidad son trece, porque además está Francia con su departamento de ultramar Cayenne). Lo que quiere decir es que Brasil, que se sienta en el G20 por sí solo, debió consultar a los otros países, para hacerles ver su voluntad de representarlos, su vocación de verdadero liderazgo. Cuánto hubiera fortalecido al país más grande del continente sudamericano si el presidente Lula hubiese partido hacia Londres luego de reunir a todos los jefes de Estado sudamericanos, consensuar opiniones con ellos y ser e portavoz de la región. Haber eso hecho hubiera marcado madurez para un liderazgo. No haberlo hecho sigue marcando el vacío que  hay. Porque si Brasil no ejerce un verdadero liderazgo, guste o no hay un vacío, porque no hay nadie en este continente austral en condiciones de disputarle la supremacía, ni siquiera de compartirla.

Para liderar una región se requiere voluntad de hacerlo, claridad de propósitos, poder central en el país para imponer las decisiones estratégicas internacionales por encima de los intereses de regiones o aldeas, modus operandi para conquistar y convencer a los liderazgos, asunción del costo de un liderazgo.

 

Publicado en diario El Observador
abril 19  - 2009