Algo más complicado que internas
Oscar A. Bottinelli 

  

La Constitución de la República, en su versión 1996, estableció que “El Presidente y el Vicepresidente de la República serán elegidos conjunta y directamente por el Cuerpo Electoral, por mayoría absoluta de votantes. Cada partido sólo podrá presentar una candidatura a la Presidencia y a la Vicepresidencia de la República” y que “Los partidos políticos elegirán su candidato a la Presidencia de la República mediante elecciones internas que reglamentará la Ley sancionada por el voto de los dos tercios del total de componentes de cada Cámara”. Hasta aquí muy simple, son elecciones que – como define la Real Academia – se realizan al interior de un partido político. Lo cual en buen romance quiere decir que son elecciones en que participan los afiliados, militantes, inscriptos, simpatizantes o comprometidos con un partido político. Y que obviamente se realizan dentro del partido, en locales del propio partido o cuyo uso temporal ha sido cedido al partido.

La simultaneidad emerge de la Disposición Transitoria letra W, con valor de ley, de ahí que se hable de elecciones internas y simultáneas, lo que quiere decir que son dentro de cada partido, por separado, en forma sincrónica, es decir, “que se hace u ocurre al mismo tiempo que otra”. Pero cuando empieza a desarrollarse la norma legal se habla de algo que no tiene nada que ver con elecciones internas: son elecciones generales, en que se convoca a todo el Cuerpo Electoral, en que los electores votan en forma secreta por el partido y cuyo efecto es la elección del candidato único presidencial de cada partido, más dos órganos deliberativos en cada partido con funciones electorales. Paradoja: en estas elecciones internas no puede haber un listado de personas que haya sufragado dentro de cada partido, porque sencillamente nadie vota dentro de un partido, sino fuera de él, y escoge al partido en secreto. Es una elección de doble voto simultáneo, pues el elector escoge un lema (partido) y una candidatura presidencial.

Pero la confusión entre elecciones generales y elecciones internas (que no lo son), no es solo una diferenciación procesal, de procedimiento eleccionario, sino sustantivo, para electores y candidatos. Para ver claro un ejemplo no muy raro, el del elector que decide su voto en el último instante posible. ¿Cuál es ese último instante en elecciones internas, verdaderamente internas? Cuando decide si va al local del Frente Amplio, del Partido Nacional o del Partido Colorado, para el caso de que no hubiere registro previo; si no, en el momento en que vence la inscripción en cualquiera de los tres partidos. ¿Cuál es el último instante que tiene el elector en el sistema uruguayo que se aplicará el 28 de junio, de elecciones preliminares o primera elección de tres? Cuando está dentro del cuarto secreto, con el sobre opaco en la mano, tiene delante algún que otro centenar de hojas de votación de todos los partidos, y entonces debe escoger alguna de ellas para introducirla en el sobre.

Esto no es menor desde el punto de vista psicológico. El primer procedimiento obliga al elector a elegir con anterioridad cuál es el partido en el que piensa votar, y recién después, en el respectivo cuarto secreto partidario, tendrá ante sí hojas de votación del mismo partido, y en una segunda etapa de selección, escogerá una. El procedimiento vigente, en cambio, hace que para el elector resulte simultánea la selección del partido y del candidato. No es un pensamiento en dos etapas, sino que pueden sin ningún problema ser dos decisiones simultáneas, y hasta inversas: me gusta tal candidato, elijo votarlo, y resulta que es de tal partido; en este caso, el partido viene adosado al candidato.

El que no sean elecciones internas y simultáneas, valga repetir, que no sean elecciones dentro de los partidos en forma sincrónica, sino que haya una única elección nacional en que el ciudadano aplica el doble voto simultáneo, tiene un efecto singular sobre el elector. En elecciones internas, decidido el partido de su preferencia, unos electores mirarán exclusivamente la competencia frenteamplista, otros la blanca y otros la colorada, y punto. En el sistema vigente, hay un elevado número de electores que miran el conjunto de los candidatos, o más exactamente un segmento compuesto por candidatos que, según el punto de vista del elector, tienen estilos parecidos, valores parecidos, programas o propuestas relativamente similares. Esto determina que haya tantos cruces como combinaciones posibles en un marco de 10 candidatos (45 combinaciones). En realidad hay tres escenarios intrapartidarios (al interior del Frente Amplio, del Partido Nacional y del Partido Colorado) y tres grandes escenarios interpartidarios: Lacalle-colorados, Astori-Lacalle y Mujica-Larrañaga (se puede sumar también Carámbula-Larrañaga). Podría haber algunos más, pero no son estadísticamente significativos.

Muchos candidatos siguen creyendo que son elecciones internas, donde votan los activistas del partido (los frenteamplistas de cara pintada rojo-azul-blanco, los blancos de vincha blanca, los colorados con un clavel rojo en el ojal), que es una elección de gente con pertenencia total, que se conmueven con el “No nos moverán”, “Jazmín del país” o “el Partido Colorado victoriosamente va …” En realidad, entre el 35% y el 40% de los votantes de junio corresponden a esa descripción. El resto, la gran mayoría, no. Y en esa mayoría hay un número significativo (minoritario pero decisivo) que al cambiar la preferencia, o al definir sus dudas, puede decantar para un partido o para otro, más exactamente para un candidato de un partido o para un candidato de otro partido. Por eso hay candidatos que ganan votos sin obtenerlos dentro de sus correglionarios, y candidatos que pierden votos hacia fuera. Esto es muy claro, muy nítido, y no siempre comprendido por los propios candidatos y equipos de campaña.

Porque este fenómeno obliga a que cada candidato realice una campaña de múltiples frentes, donde tiene que atender a su contrincante formal (el o los de su propio partido) y a otros contrincantes reales (el o los candidatos de otro u otros partidos que se solapan con él en estilos, conductas, valores o programas). Mujica entonces compite con Carámbula, Astori y Larrañaga. Para Larrañaga la competencia es a izquierda (Mujica) y a derecha (Lacalle). Lacalle tiene competencia adentro (Larrañaga), a la izquierda externa (Astori) y en su mismo espacio pero externo (Bordaberry, Hierro, Amorin). Astori compite con Mujica, con Carámbula, pero también con Lacalle. Carámbula compite con Mujica y con Astori, pero también con Larrañaga. Y todavía no se sabe ni el efecto ni la magnitud de los dos nuevos contendientes (Riet Correa, Lamas).

 

Publicado en diario El Observador
marzo 29  - 2009