Encuestas: uso, maluso y abuso
Oscar A. Bottinelli 

  

Las encuestas de opinión pública son instrumento científicos, de las ciencias sociales aplicadas, por las cuales se mide (con ciertos límites cualitativos y estadísticos) los juicios, valores, actitudes, opiniones y comportamientos de un conjunto población dado en un momento y en un lugar determinados. Las encuestas político-electorales, las opinion polls, son aquéllas cuya finalidad es determinar las tendencias de ese conjunto poblacional en tanto electorado, a los efectos de detectar el estado de situación en un momento determinado y la tendencia que la sucesión de estados de situación dibujan. Dicho en términos más criollos: permiten obtener fotografías de determinados momentos y el conjunto de fotografías construyen una película. El final de la película puede inferirse de manera más clara o más oscura, a veces es nítido que el crimen lo cometió el mayordomo, pero otras veces hay que rebuscar en el resto de los personajes.

La difusión de las encuestas presenta serios problemas de interpretación, en cuanto a una interpretación sana y bienintencionada. Uno es el margen de error estadístico, punto que se minimiza o se maximiza. Se maximiza cuando se ven errores tan garrafales, verdaderas burradas, como decir que si se trabaja con un margen de error de 3% y un partido tiene el 5%, en realidad oscila entre el 2 y el 5 por ciento. Cuando se dice que el margen de error es 3%, es la hipótesis máxima para una categoría (por ejemplo, partido, candidato) que obtiene el 50% y en el nivel de confianza de 2 sigmas. Si se analiza con el margen de 1 sigmas, el margen de error es la mitad. Pero lo más común, ese margen de error es menor cuanto menor sea el porcentaje de la categoría considerada es más bajo (partido, candidato); así si el margen de error para 50% es del 3%, para un partido con el 10% es del 1.9%.

Un segundo problema es no darse cuenta que cuando se habla de la competencia de un partido, los porcentajes tienen un valor diferente. Si el Partido Nacional por ejemplo tiene el 36% del electorado y a un candidato se le atribuye la intención de voto del 50%, en realidad lo que se dice es que la mitad de ese 36% estaría disputa a votarlo, que representa el 18% del país. Por tanto, si alguien tiene 50 y otro 39, existe la ilusión óptica que hay un 11% de electorado de diferencia. No, en realidad están en sobre todo el electorado 18% y 14% del electorado, la diferencia es de solo dos puntos; si el margen de error para esos porcentajes es de más/menos 2%, quiere decir que el 18% puede ser 16% y que el 14% también puede ser 16%. Por tanto, nadie sabe con precisión absoluta si hay una gran diferencia o un real empate. Si todavía se toman los que votan con seguridad en junio, que son la mitad, entonces los porcentajes serían no 18 a 14, sino 9 a 7, y aquí si se llegara a los máximos márgenes de error, el segundo podría estar encima del primero.

Un tercer problema es tomar la fotografía como el final de la película. Vaya un ejemplo manido: si en una carrera de pista un ciclista lleva 100 metros de ventaja a otro, a la siguiente vuelta la ventaja es de 50 y en la siguiente vuelta van iguales, quien ve la película predice, el que venía de atrás va a terminar ganando. Quien vio solo la foto y cree que de ahí surge la imagen final, dice empate. Este es un error muy frecuente: olvidarse de la tendencia y mirar solo la fotografía.

¿Para qué son las encuestas político-electorales? Para dos cosas sustancialmente. Una para permitir a los que toman decisiones a tener un conocimiento profundo de la sociedad para operar en relación a ella o meramente para poder interpretarla, sean gobernantes, partidos, grupos políticos, candidatos, sindicatos, cámaras empresariales, empresarios, organismos internacionales, diplomáticos. Este es el sentido que tienen que partidos y candidatos contraten total o parcialmente encuestas, como un insumo significativo para la toma de decisiones en periodos de gobierno y en tiempos electorales. El otro papel es dar a conocer a la sociedad el espejo de sí misma, para que la sociedad se refleje y se conozca a sí misma, y no el conocimiento que cada uno puede tener del pequeño entorno en que se mueve, que en general tiende a ser muy homogéneo y no representativo del conjunto.

Como en toda actividad o profesión, hay institutos o profesionales de muy alta calidad, otras de media calidad, otros muy mediocres y otros impresentables. Esto pasa en Uruguay y en el mundo. Lo que ocurre en el mundo es que cuando algún medio de comunicación importante compara encuestas, trata solo de presentar las de más alta calidad, o al menos excluir a los impresentables. Nadie que sea serio promedia lo confiable con lo no confiable. Como en toda actividad o profesión, cada individuo tiene más confianza en un profesional que en otro, lo cual es muy válido, y la mayoría de la gente tiende a confiar en algunos y en desconfiar de algunos otros.

Pero hay un maluso de las encuestas, que es cuando se cambia su fin para transformarse exclusivamente en objetos de propaganda o de contrapropaganda, de donde la difusión es parte de la campaña de uno y el ataque, descalificación o difamación es la jugada defensiva del otro. Este maluso plantea dos problemas. Uno, que le cuesta ver a los actores políticos, sobradamente demostrada en Uruguay y en el mundo, es que cuando un político ataca las encuestas emite señales de debilidad hacia la sociedad. Nunca casi nadie exitoso ataca las encuestas (casi nadie, porque la excepción mundial es Jorge Batlle, que atacó las encuestas en el camino a su victoria, pero es parte de todo lo que el anterior presidente sale de las reglas). Lo segundo y más profundo, que esa exageración del maluso de las encuestas parte de una premisa equivocada, o al menos errónea en una dimensión tan elevada: la creencia que se está frente a un electorado de alta volatilidad que además su único motivo del voto es votar a ganador, el manido y poco demostrado voto útil, llamado en el mundo académico por el sofisticado nombre de voto estratégico (cuando no tiene nada de estratégico sino de táctico). La gran mayoría de la gente vota por cosas más profundas, que en el caso de una competencia interna se pueden reducir a la confianza que otorga el precandidato como posible candidato de todo el partido, la confianza que otorga como gobernante, pero por sobre todo la coincidencia en valores, en formas de ver y comportarse en la vida.

La culpa de que las encuestas estén en debate no es solo de los políticos, sino muy grande del mal manejo de los medios de comunicación, pero también de algunas encuestadoras menores o de golondrinas de verano, que han jugado al juego que saben hacer, que es ensuciar la cancha. Pero a las encuestadoras serías, con trayectoria, más allá de que se concuerde con ellas o se discrepe, de sus aciertos y de sus errores, hay que respetarlas.

 

Publicado en diario El Observador
marzo 15  - 2009