La maldición de Dardo Rocha
Oscar A. Bottinelli 

  

Dardo Rocha fue el primer gobernador de la Provincia de Buenos Aires tras el desgajamiento de la ciudad homónima en1880[1]. Fue además el fundador de la ciudad de La Plata, proyectada específicamente para ser capital de la provincia. Cuando hacia 1886 Julio Argentino Roca – líder del Partido Autonomista Nacional (PAN) - finalizaba su mandato como presidente de la Nación, su correligionario Rocha proclamó sin éxito su candidatura a la sucesión; fue desplazado por Miguel Juárez Celman. Nunca pudo alcanzar la primera magistratura; ni él, ni ningún gobernador posterior de la primera provincia argentina. De allí surgió la leyenda: sobre los gobernadores de Buenos Aires cae la maldición de no poder alcanzar el sillón de Rivadavia, la maldición de Dardo Rocha[2]

Parecería que en esta orilla del Plata pesa similar maldición sobre los vicepresidentes de la República: si no logran acceder a la primera magistratura mientras son vicepresidentes, por muerte del titular, entonces el sillón presidencial les está vedado. El cargo de vicepresidente de la República se creó en la Constitución de 1934, duró en esa primera etapa hasta la instauración del colegiado en 1952, se restauró con la Constitución de 1966 y dura hasta ahora, con la interrupción del periodo militar. Doce fueron los elegidos vicepresidentes en la historia nacional, once por elección directa y uno por elección de Convención Constituyente (el primero, Alfredo Navarro).

Uno de los doce murió en el ejercicio del cargo: Hugo Batalla en 1998. Otros dos pasaron casi enseguida de la toma de posesión a revestir como presidentes de la República, por muerte de los titulares electos; así ocurrió con Luis Batlle Berres en 1947 y con Jorge Pacheco Areco en 1967. Y otros dos más fueron víctimas de azares constitucionales: Alfeo Brum (1951-52) cesó al año de asumir, al desaparecer el cargo y transformarse en presidente de la Cámara de Senadores y de la Asamblea General; y Jorge Sapelli fue cesado a los cinco meses de producido el golpe de Estado, por oponerse al mismo (1972-73). Los tres primeros no aspiraron a la primera magistratura, dos de los cuales  tuvieron un fugaz pasaje por la política (Navarro, 1934-38, y Juan José Guani, 1943-47), mientras que César Charlone continuó en el plano senatorial y solo tuvo una postulación simbólica al Consejo Nacional de Gobierno en 1954.

Los cuatro restantes – que son cuatro de los cinco de la posdictadura – intentaron sin éxito aspirar a la primera magistratura y aquí sí, inequívocamente, cayo sobre ellos la maldición oriental de Dardo Rocha: Enrique Tarigo perdió las elecciones primarias del Batllismo Unido (1989) frente a Jorge Batlle; Gonzalo Aguirre Ramírez retiró su candidatura a pocas semanas de los comicios (1994); Luis Hierro López perdió la competencia en las elecciones preliminares frente a Jorge Batlle (1999) y Ricardo Nin Novoa como es notorio no es precandidato presidencial del Frente Amplio (aunque nunca anunció formalmente su candidatura, sin duda su nombre estuvo en el manejo político y de opinión pública todos estos años)[3].

Más allá de la apelación a la magia, blanca o negra, el que este fenómeno ocurra reiteradamente merece un análisis en profundidad en busca de cuáles son las razones para que quien está a un paso de la Presidencia - y en los últimas décadas la ha ocupado muchas veces - ese pequeño paso le resulta muy difícil de dar. No solo en este lejano sur, sino también en el norte del hemisferio: desde Jefferson hasta Bush Sr. ningún vicepresidente pudo llegar a la Casa Blanca. Con una excepción relativa: Nixon lo logró pero dos periodos después (aunque quizás le haya ganado a Kennedy, duda que pervivirá tanto como la de si ganó o no el vicepresidente Gore a Busch Jr.; dos casos en que sobrevoló la sospecha del fraude). Y también podrían ser excepción quienes primero llegaron a la primera magistratura por muerte del titular electo, y desde ella obtuvieron la reelección (Theodore Roosevelt, Coolidge, Truman). Pero lo concreto es que en 180 años ningún vicepresidente desde su sillón logró saltar a la célebre oficina oval del Ala Oeste.

En el caso uruguayo se suma otro factor, y es que no solo el vice no puede heredar al número uno, sino que en el último cuarto de siglo el primer mandatario tampoco logra per se ungir al sucesor, intento en el que fallaron Sanguinetti dos veces (con Tarigo y con Hierro), Lacalle con Ramírez, Batlle con Stirling y recientemente Vázquez con Astori. Al respecto es necesario aclarar que si Astori vence en las elecciones preliminares y luego en las nacionales, ya lo será en una pelea desde abajo, por sus propios méritos, y no en función de la influencia directriz.

Hay varias hipótesis. Una puede ser que el cargo de vicepresidente hace perder perfil al titular, que queda mimetizado y ocultado por el presidente. En esa línea fue el consejo de Eisenhower a Nixon, cuando le sugirió no repetir como vicepresidente, ocupar un cargo en el gabinete y con luz propia lanzarse a la Presidencia. Otra hipótesis – no excluyente con la anterior - puede ser que por más alta que fuere la aprobación del presidente, siempre acumula desgaste, y este desgaste es absorbido por el número dos.

En definitiva, salvo por muerte del presidente, la vicepresidencia es el peor cargo para aspirar a la Presidencia. Que se tome nota cuando se armen las fórmulas presidenciales después del 28 de junio. Que quien tenga en mente aspirar a la primera magistratura en 2014, tenga mucho cuidado antes de aceptar el segundo lugar en la fórmula.


[1] La ciudad de Buenos Aires fue la capital de la provincia hasta 1880-81. Desde entonces es un distrito federal.

[2] El ex gobernador Eduardo Duhalde ocupó la Presidencia de la Nación entre 2002 y 2003, pero no fue elegido sino designado por el Congreso en función de la Ley de Acefalía, tras la caída de Fernando de la Rúa. Pero precisamente éste lo derrotó en las elecciones nacionales de 1999

[3] Comunmente se ha denominado vicepresidentes de la República a los dos senadores que ocuparon la titularidad de la Presidencia de la Asamblea General y la sucesión presidencial ya fuere porque el vicepresidente pasó a ocupar la Presidencia, ya porque falleciera; y también en el periodo anterior comenzó a llamarse segundo vicepresidente al senador llamado a ocupar transitoriamente la presidencia del cuerpo. En todos estos casos la denominación es errónea, porque la Constitución de 1966 - y más claramente la de 1996 – no determina sucesión alguna del vicepresidente de la República, sino que crean dos caminos separados y paralelos para la sucesión de la Presidencia de la República y para la sucesión de la Presidencia de la Asamblea General

 

Publicado en diario El Observador
marzo 8  - 2009