Entre Pirro y el suicidio
Oscar A. Bottinelli 

Las elecciones primarias, es decir, la definición de una candidatura presidencial mediante elecciones abiertas y por consiguiente a través de campañas electorales abiertas, se ha revelado como una carrera en el pretil, con más probabilidades de caer que de llegar a la meta. Es el invento electoral más similar a la ruleta rusa. Y esto es así tanto donde se inventó, en los Estados Unidos de América, como en las experiencias habidas en este lejano sur. Un partido puede dirimir la competencia dentro de reglas civilizadas, donde los aspirantes luchen exhibiendo sus mejores virtudes, donde su discurso vaya por la positiva, o pueden hacerlo por la negativa, mediante la demonización del adversario.

La primera experiencia de primarias – parciales, incompletas – ocurrió el 28 de mayo de 1989, cuando una fracción del Partido Colorado (el “Batllismo Unido”) apeló a una elección de tipo primaria para definir su candidatura presidencial. Fue a padrón abierto, es decir, toda persona habilitada para votar en la República podía a su vez participar en dichas primarias, siempre y cuando firmase una declaración de adhesión a la fracción, lo que fue conocido como la firma de la “Fe batllista”. Allí confrontaron el entonces vicepresidente Enrique Tarigo y el entonces primer senador de la mayoría oficialista Jorge Batlle. El nivel de dureza, de descalificación del uno al otro, marcó la erosión mutua de ambos contendientes. La forma de administración del resultado fue otro factor destructivo, porque allí se demostró que si es difícil saber perder, no siempre se sabe ganar. El resultado fue que un Partido Colorado situado en el entorno del 40% del electorado (tanto el resultado de las elecciones de 1984 como la intención de voto registrada por el  entonces único instituto encuestador) llegó a los comicios nacionales en el 30%.

Cuando se inauguró este nuevo sistema, con el ciclo electoral 1999-2000, se instauró lo que los redactores de la Constitución llamaron erroneamente “elecciones internas y simultáneas”. En realidad lo que se configuró fue un sistema de elecciones generales destinadas primordialmente a elegir el candidato único de todos los partidos. El Partido Colorado administró bien la competencia, en base a la premisa de que “el que se quema con leche, ve una vaca y llora”.

El Partido Nacional se estrenaba en esas lides. Una competencia tetralateral, por la propia lógica que surge en las teorías de juego, devino esencialmente en una competencia bilateral en la que confrontaron el ex presidente de la República Luis Alberto Lacalle y su ex ministro del Interior Juan Andrés Ramírez. Este último siguió una estrategia centrada en el ataque directo a su contendor, mediante fuertes acusaciones éticas. Hay un momento en que se bifurca el camino estratégico y el protagonista debe optar; es cuando la persecución de su objetivo solo es posible mediante el propio suicidio. Lo normal, lo que se enseña en las teorías de juego, es que todo actor busca lo mejor para sí y su lucha contra el oponente tiene como límite su propia destrucción. Esto marca la posibilidad de dos caminos: uno es minimizar el objetivo para no autodestruirse; el otro, el elegido por Ramírez, fue abrazarse a su contendor para hacerlo caer, y en esa caída derrumbarse los dos. Y de paso se derrumbó el partido. A fines de enero de 1999 la Encuesta Nacional Factum registraba un triple empate de los tres partidos grandes. En octubre de 1999, el nacionalismo logró el tercer lugar, casi con la mitad de votos que el primero (que lo fue el entonces Encuentro Progresista-Frente Amplio). Así como el coloradismo en 1999 aprendió la lección de una década antes (y en 2004 no tuvo real competencia), el nacionalismo en 2004 aprendió la lección de un lustro antes, y la competencia Lacalle-Larrañaga transcurrió dentro de los carriles más civilizados. De ambos partidos surge una lección: no se necesita que ambos competidores jueguen fuerte para que la lucha resulte in civilizada, basta que uno solo practique el juego brusco.

Pero el Frente Amplio no tiene experiencias previas. La candidatura presidencial siempre fue la postulación obvia del líder indiscutido (como Liber Serení en 1971 y 1989, o Tabaré Vázquez en 1994, 1999 y 2004), o un vicario consensuado para una candidatura nominal y sin posibilidades (Crottogini en 1984). La competencia primaria de 1999 no lo fue tal, por la formidable disparidad de fuerzas entre el candidato oficialmente proclamado por el Congreso y apoyado por todos los sectores frenteamplistas menos uno (Vázquez) y el solitario desafiante apoyado tan solo por su grupo político (Astori); el resultado de 82% a 18% evidenció esa no competencia.

Pero ahora es diferente. Porque lo que está en juego son dos cosas diferentes y simultáneas: lo obvio, la competencia entre Danilo Astori y José Mujica por la candidatura presidencial (que en el Frente Amplio se cree que es por la obtención sin duda alguna de la primera magistratura) y lo que hay detrás, la lucha entre Tabaré Vázquez y José Mujica por el liderazgo de la izquierda. En esencia pues es una competencia entre Mujica y la dupla Astori-Vázquez.

Los límites para que la competencia sea civilizada son traspasables cuando: Uno, un contendiente tiene como objetivo principal destruir al otro. Dos, para uno de los contendientes la obtención del premio (liderazgo, presidencia) es el valor supremo, por encima por ejemplo de la preservación del propio partido. Tres, se está a una altura de la vida en que se siente que no se puede decir “esta vez, paso”, porque la biología es implacable. Cuatro, alguno considera que la persecución de la victoria no admite límite alguno de ninguna clase.

Salvo lo primero, los otros tres puntos están presentes hoy en la contienda frenteamplistas. Y como se afirmó antes, basta que de un solo lado se juegue fuerte, para que la cancha se ensucie. El Frente Amplio inicia esta contienda con nubarrones que anuncian que si sigue por este camino en el futuro se recordarán las competencias Batlle-Tarigo y Lacalle-Ramírez como juegos de salón.

El nivel de dureza que despunta en estos primeros días, el uso de tácticas solo conocidas en el juego político argentino, son alarmas que la colectividad frenteamplista tendría que oír si no quiere que se repita la historia colorada del ’89 y la historia blanca del ’99. Porque como en ambos casos el ganador se puede encontrar con una victoria a lo Pirro o el perdedor se puede encontrar con su propia destrucción.

 

Publicado en diario El Observador
diciembre 14 - 2008