El caudillo del tercer milenio
Oscar A. Bottinelli 

Es muy difícil hacer definiciones que marquen la diferencia entre caudillo y líder. Para empezar, esta última palabra es un anglicismo. Los diccionarios no distinguen demasiado. En los bilingües al inglés traducen caudillo como “leader” o “chief”; al francés como “chef”, al italiano como “capo” o “condottiere”; y la palabra líder se traduce a los mismos idiomas como “leader”. Como quien dice, menuda confusión. La Real Academia Española de la Lengua define caudillo como “hombre que dirige algún gremio, comunidad o cuerpo” y líder como “persona a la que un grupo sigue reconociéndola como jefe u orientadora”. Hasta ahora, difícil.

Sin embargo, una y otra palabra se discrimina por la sonoridad. Líder suena a algo intelectual, racional, a alguien que conduce en el sentido de ofrecer un camino y una forma de transitar por él. Caudillo suena como una fuerza de la naturaleza. Visualmente puede decirse que al líder se lo espera en la cabecera de una mesa, o a lo sumo en un atril de orador de sala; al caudillo se lo espera en el podio, a lo alto de una pronunciada escalinata. El líder se mueve en el plano de lo terrenal, el caudillo en el de lo místico. Un líder puede ser más o menos autoritario, un caudillo es en esencia autoritario, no en el sentido de dictatorial (ya que no son sinónimos) sino en “que ejerce el poder sin limitaciones” y que su lugar y su accionar se fundan en el principio de autoridad. La ausencia de limitaciones puede ser producto del jure, es decir, que la estructura que acaudilla parte del principio de la autoridad sin límites del caudillo, o puede ser producto del facto (en realidad en mayor o menor medida casi siempre es producto de los hechos), vale decir, en que el principio de autoridad se asienta en la sagacidad del caudillo, en saber cuándo y en qué momento jugar su poder y cuándo retraerse.

El Frente Amplio nace con una concepción de liderazgo colectivo, de un primum interpares en la figura de Liber Seregni junto a los líderes sectoriales: Arismendi, Cardoso, Michelini, Terra al principio; Batalla, Gargano, Lescano, Jaime Pérez en una etapa posterior. Luego de procesada la restauración institucional se elabora una reestructura que incorpora la participación de las bases en los órganos de conducción, la cual pasa a ser cuasi paritaria en el máximo órgano: el Plenario Nacional. Pero tanto en los tres periodos anteriores en el gobierno departamental de Montevideo como hogaño en el gobierno nacional, las bases se enteraron por los medios de comunicación de los nombramientos en la administración y el gobierno, como también por los medios de comunicación tuvieron noticia de las pequeñas y de las grandes iniciativas del gobierno. Fueron llamadas siempre para salir a defender las decisiones ya tomadas cuando éstas encontrasen escollos o malestares de la ciudadanía.

Una gran interrogante suponía la sucesión presidencial. Primero, porque ninguno de los cuatro presidentes anteriores, figuras todas ellas de formidable peso y capacidad política, acertaron con la sucesión; siempre y en todos los casos les salió mal, fueron derrotados. Segundo, porque el Frente Amplio encaraba la perspectiva de tener a su líder fuera del gobierno y a quien no es hoy el líder al frente del Estado y del gobierno; se venía la rivalidad explosiva entre un presidente de la República y un jefe de partido, historia que el país conoció bastante en el coloradismo.

Parecía que el tema se iba a resolver por la forma más abierta de todas en las casi cuatro décadas de vida del Frente Amplio: mediante elecciones internas abiertas, previa selección de dos candidatos por el Congreso (integrado en su casi totalidad por los delegados de base). Y que antes de ese Congreso se generaría un acuerdo entre todas las fuerzas políticas y candidatos que en definitiva significase que iban a competir los dos que la propia opinión pública viene señalando como los dos favoritos, y que además cree que junto con Larrañaga y Lacalle don dos de los cuatro posibles próximos presidentes de la República. Y ningún otro.

El definir en elecciones abiertas significa la renuncia a todo principio de autoridad, individual o colectivo. Porque supone que cada postulante, los que apoyan a cada postulante, todos y cada uno debe ejercer el poder que tuviesen para convencer a la gente. Es un ejercicio de seducción y convencimiento, no de imposición de autoridad.

Todo esto comenzó a tambalear hace un par de semanas, cuando el presidente de la República demostró que en su futuro hay muchos planes, inclusive el dedicarse buena parte de su tiempo a pescar, como además lo hace actualmente, pero no está en esos planes retirarse solamente a pescar, jugar con los nietos y solazarse con la medicina. Demostró que tiene previsto conservar el poder, aferrarse al mismo con sus grandes habilidades, entre las cuales está el jugar siempre al desconcierto de propios y extraños. Deja en claro que el impulso a Danilo Astori fue una forma de pretender conservar ese poder supremo, no el poder de mandar a diario sobre los asuntos de rutina – cosa que nunca le gustó, ni como presidente ni como intendente – sino el tener la máxima autoridad para dar el dictat en el momento que considerase oportuno y en el tema que le pareciese. Cuando llegó a la conclusión que la solución no era tal, cuando percibió que arriesgaba la sucesión, el poder y el liderazgo, terminó definitivamente de aparecer otro Tabaré Vázquez, primero por interpósitas personas y finalmente por sí mismo.

El otro día en Trinidad Tabaré Vázquez abandonó definitivamente su calidad de líder del Frente Amplio. Para bien o para mal, para gusto de unos y disgusto de otros, allí y entonces nació un caudillo, el primer caudillo oriental del tercer milenio.


 

Publicado en diario El Observador
noviembre 9 - 2008