Los cables pelados del teléfono
Oscar A. Bottinelli 

Eduardo Víctor Haedo fue un personaje singular. Fugazmente diputado, consejero nacional de Gobierno, primer mandatario, ministro, senador la mayor parte de su vida. Hijo de una madre soltera, lavandera, hace más de un siglo ese origen marcaría su ser. De una inteligencia superior, buen calibrador de los seres humanos, cierta soberbia y un culto al cinismo marcaron límites prácticos a esa inteligencia y esa capacidad de percepción. Ya mayor, fuera de cargos públicos, en su casona puntaesteña “La Azotea” contaba a un puñado de jóvenes una enseñanza temprana.

Siendo muy joven, apenas pasados los treinta años, fue designado ministro de Instrucción Pública y Previsión Social. A poco de andar en el cargo pasó a serle natural que oyese “Pase usted primero, señor ministro”, “Usted ordene, señor ministro”; que al entrar en una sala todos se pusiesen de pie; que en una velada fuese el centro de atención. Primero pensó qué halagos reciben los ministros; pasado el tiempo sintió que los halagos no eran al ministro secretario de Estado, sino a la persona de Eduardo Víctor Haedo, a él, por sí mismo, por ser quién era, por sus propias virtudes y sus propios talentos.

Un buen día, como más tarde o más temprano ocurre en la política, y ocurre en general en la vida, un recambio de gabinete lo dejó sin sillón. A la mañana siguiente tocan a la puerta de su casa. Un obrero uniformado de la Oficina de Claves – la que entonces manejaba la red de teléfonos oficiales – busca un papelito enrollado en el bolsillo, lo desenrolla, lee y pregunta: “¿Aquí vive un señor llamado Eduardo Víctor Haedo? Vengo a retirar el teléfono oficial”. Entra, se dirige al dormitorio, corta con una pinza los dos cables que unen el aparato a la pared, los enrolla en el aparato y se va. “Me quedé mirando un buen rato esos dos cables pelados que salían de la pared”, “allí se había ido todo mi poder”. (No olvidar que en los años treinta – y en los setenta también – no existían los derivados ni los múltiples enchufes, además penalizadas por la empresa telefónica estatal. Por una razón que nunca nadie explicitó, casi todo el mundo hacía colocar el teléfono oficial en el dormitorio, en la mesa de luz).

En periodos de mucha estabilidad política funcionan las carreras políticas. La gente sube escalón a escalón, como en toda carrera escalafonada. A veces, muy a veces, alguien da un pequeño saltito, como subir un tranco en dos peldaños. Ese método lleva a que la mayoría llega a los cargos más altos, o al más alto de su carrera, con una idea fuerte de los límites del poder, de las ventajas y las desventajas de la altura.

Pero en todo cambio de gobierno hay figuras que llegan con rapidez a niveles muy elevados, que dan saltos altos en el escalafón de la vida, saltos con garrocha. O que directamente que se encaraman entrando por el techo. Muchas veces llegan a la política desde otras esferas, con otras reglas, códigos y jerarquizaciones. Y como ocurre con mucha generalidad, a casi todo el que no ha subido escalón a escalón la altura lo marea. Tiene que pasar el tiempo, que darse muchos golpes contra la pared, que quedar con los cables pelados del teléfono, para darse cuenta de lo efímero de esa gloria y de ese poder.

Este es un mal casi inevitable en una actividad como la política, el gobierno y la administración de confianza, en que no hay escalafones (como se quejaba Discepolo sobre la vida), en que se pueden subir los peldaños de a cuatro en cuatro, y hasta descolgarse desde el cielo (caer en paracaídas, como vulgarmente se dice en la administración pública). Mucho más cuando se trata de cargos de gobierno o de administración, porque en la mayoría de los cargos electivos el electo tuvo que luchar bastante para llegar, para conseguir los votos suficientes para sentarse donde se sienta, y comprender enseguida que al otro día de sentarse comienza la lucha por permanecer y, si es posible, ascender.

Cuando al gobierno llega un partido o un sector con larga trayectoria en los cargos públicos, el fenómeno es cuantitativamente menor, y en tanto lo es cuantitativamente, lo es también cualitativamente. Pero se ha dado en todos los partidos la llegada con elencos nuevos (que no quiere decir necesariamente joven), con gente que siempre miró el poder desde lejos. Entonces, ese fenómeno del deslumbramiento ocurre. Y sucede cuando se instala el gobierno, pero también cuando se producen recambios en el mismo. Cuanto más nuevo en la política es el personaje, cuanto más empezó por el techo, más vértigo siente en la altura; porque no solo marea la altura real, sino que además quien siente vértigo cree que la altura donde está es mayor a la real, mucho mayor. A veces no se distingue el Monte Everest del Cerro Catedral, el Himalaya de la Sierra de Carapé.

Hay dos cosas que los presidentes aprenden rapidamente: uno es cuan efímero es un quinquenio, cuan mucho es lo que se quiere hacer y cuan poco es el tiempo para hacerlo; lo segundo es que cuando todavía no se acomodó el cuerpo al sillón, ha pasado más de la mitad del mandato y se vienen encima las siguientes elecciones. Entonces los presidentes aprenden el valioso tiempo que muchos de sus colaboradores han perdido en regodearse con las alturas del poder. Sin embargo, los presidentes se sienten prisioneros entre la necesidad de renovar, de inyectar sangre fresca, y el peligro de que esa sangre fresca (que cabe repetir, no quiere necesariamente decir joven) pudiere sufrir de apunamiento político.

Es un fenómeno para reflexionar, aunque parece que no para remediar, porque desde que el mundo es mundo y el hombre es hombre, no se ha encontrado remedio. Que hay que convivir con el fenómeno. Cuya contratara es el hombre sentado frente a los cables pelados del teléfono, de su teléfono.
 

Publicado en diario El Observador
octubre
12 - 2008