FA: un riesgo de división
Oscar A. Bottinelli 

El Frente Amplio discute y negocia en todos los ámbitos como recorrer el camino de la sucesión presidencial, un problema que ha atormentado a todos los oficialismos de los últimos tiempos, desde Pacheco Areco hasta Batlle, pasando Lacalle y dos veces por Sanguinetti. El F.A. tiene a su frente diversos caminos[1]. En términos prácticos son: Uno, consenso en la fórmula Astori-Mujica. Dos, consenso en que la fórmula la integren Astori y Mujica, pero quién va a presidente y quién a vice surgiría de las elecciones preliminares del 28 de junio. Tres, que el Congreso del F.A. en diciembre proclame un candidato oficial (seguramente Mujica) y autorice a Astori a competir en junio (candidato oficial versus candidato autorizado). Cuatro, que ambos compitan el 28 de junio como candidatos oficiales ambos o autorizados ambos. Por ahí anda los que a hoy es más probable, pero pueden aparecer caminos inesperados.

Pero existen tres de cuatro probabilidades que con independencia de la forma el 28 de junio se enfrenten por un lado el líder tupamaro, ex ministro de Ganadería y una especia de segundo vicepresidente de la República, y por otro el hasta hace pocos días ministro de Economía y jefe del equipo económico. Cabe recordar que junto con el candidato único de cada partido a la Presidencia se elige simultáneamente el Organo Deliberante Nacional (ODN), que para el caso de los Partidos Nacional y Colorado es a su vez la Convención partidaria. Ocurre que la ley reglamentaria de las elecciones preliminares – las mal llamadas elecciones internas – establece un corsé en las candidaturas a la ODN. En una ley mal redactada (como toda esa reforma constitucional), con graves confusiones técnicas y errores de lógica, se establece que si un candidato figura en listas que concurran en la misma hoja de votación con un determinado pre-candidato presidencial, no pueden integrar listas que en otras hojas de votación concurran con otro u otros pre-candidatos presidenciales. Dicho en términos de mostrador de boliche, que es el lenguaje que usaron los constitucionalistas de 1996, si una lista “apoya a un precandidato” no puede “apoyar a otro precandidato”.

Entonces, de darse la hipótesis de la confrontación Astori-Mujica en junio, con la forma que fuere y las reglas que se determinaren, los grupos políticos del Frente Amplio tienen en principio que alinearse detrás de uno o detrás del otro. Y esto significa generar dos bloques en la interna de la izquierda, congelar dos polos, trazar una línea divisoria entre los mujiquistas y los astoristas, donde no solo desaparecen los términos medios, sino también desaparece un espacio para el propio Tabaré Vázquez, o para los tabarecistas. El F.A. afronta pues el riesgo de una división. No en el sentido de ruptura, que es el fantasma remanente de 1988-89, cuando el retiro del lema del Partido por el Gobierno del Pueblo (la Lista 99) y el Partido Demócrata Cristiano, es decir, de los seguidores de Hugo Batalla. Sino en el sentido de división que se ha usado tradicionalmente en los partidos tradicionales: como una separación de aguas, la construcción de polos distantes entre sí.

Este riesgo es algo que preocupa a muchos sectores frenteamplistas y a corrientes dentro de algunos sectores, particularmente a todos los grupos y dirigentes que no están definidamente alineados ni con uno ni con otro. Obviamente la primera forma de evitar la división es eludir la confrontación electoral. Pero lo que se estudia es la hipótesis de que la confrontación fuere inevitable o conveniente. En tal caso, una primera solución sería que muchos grupos pudiesen apoyar a ambos candidatos, porque lo que la ley prohíbe es que las mismas personas figuren en listas diferentes junto con pre-candidatos presidenciales distintos. Sin embargo, menudo lío sería conformar dos listas socialistas, dos listas vertientistas, dos listas de otros. Porque además ¿no se correría el riesgo de trasladar el problema, de para evitar la división del Frente Amplio provocar la polarización interna de unas cuantos sectores, o agudizar las rispideces ya existentes en algunos?

Otra solución sería que el F.A. reduzca la competencia interna exclusivamente al plano presidencial (y al departamental si se quiere, que tiene otras reglas y no colide con lo nacional). Vale decir, que junto con cada pre-candidato presidencial haya una única lista elaborada sin criterio político, por ejemplo, toda con delegados de las bases, o con figuras sectoriales mechadas aleatoriamente. Es decir, listas ficticias para una ODN que además no va a tomar decisiones políticas reales, no va a votar. Entonces, en ese caso, no estarían en la calle – o mejor dicho en las urnas – las hojas con números clásicos como 77, 90, 609, 738, 1001, 2121 y 99000; tendrían que aparecer nuevos números, que no representen otra cosa que la adhesión a un pre-candidato o al otro. Sin duda tampoco es una buena solución, pero al menos es factible y evita ese riesgo de polarización.

Es necesario tener presente que el Frente Amplio es el partido, de los tres mayores, el que más funciona como partido, que define tácticas y estrategias para el conjunto partidario, y que la acción política no se reduce a un juego de fracciones. No es poco lo que en ello pesa un liderazgo por encima de partes como el de Tabaré Vázquez, ni tampoco la existencia de una estructura con mucha tradición. Ese funcionamiento de partido difícilmente pueda sobrevivir a una fuerza política divida en dos bloques, con fronteras precisas. Entonces, la izquierda podría reproducir ese juego fraccional bipolar que centró durante mucho tiempo el accionar del Partido Colorado y que hoy se percibe en el Partido Nacional.


[1] Ver “Los caminos de la sucesión”, El Observador, 14 de setiembre de 2008. Puede consultarse en www.factum.edu.uy

Publicado en diario El Observador
octubre
5 - 2008