El desafío para el Partido Colorado
Oscar A. Bottinelli 

La República Oriental del Uruguay cuenta con 178 años como tal, y otros casi dos años más como Estado independiente reconocido como sujeto de derecho internacional con el nombre de Estado de Montevideo. En este tiempo, la titularidad de la Jefatura de Estado  - entendida como el órgano que tiene “la representación del Estado en el interior y en el exterior”, ya fuere el titular unipersonal o la mayoría del cuerpo pluripersonal – correspondió durante 134 años a representantes o adherentes al coloradismo. En los otros años (44) esa titularidad correspondió a los blancos (24 años, 13 en el siglo XX y 11 en el siglo XIX), a militares o civiles representantes del militarismo puro por fuera de las adhesiones partidistas (16 años, 12 en el siglo XX y los 4 de Lorenzo Latorre en el siglo XIX) y al frenteamplismo (estos últimos 4 años, que terminarán siendo 5 al fin de este periodo). Dicho de otra manera: cada cuatro años de vida republicana, en tres de ellos el representante del Estado lo fue un colorado. Un colorado inauguró la presidencia republicana (Fructuoso Rivera, en 1830) y otro colorado cerró el ciclo pre-frenteamplista (Jorge Batlle Ibáñez, en 2005).

En los últimos tres cuartos de siglo, el peso del coloradismo en el electorado nacional fue del entorno del 70% en los años treinta, del 60% en la primera mitad de los cuarenta, del 50% entre la segundad mitad de los cuarenta y el fin de los sesenta (con dos excepciones), del 40% entre el despuntar de los setenta y el promediar de los ochenta, del 30% entre el final de los ochenta y el final del siglo XX, y del 10% al iniciarse el siglo XXI. Como se ve, pasó de los siete décimos a un décimo del electorado nacional sin oscilaciones, sin altibajos, como el largo descenso de una escalinata, de escalón en escalón, con un salto final de dos escalones. La excepción la constituyeron las dos elecciones en que triunfó el Partido Nacional en régimen colegiado, donde transitoriamente el coloradismo se situó en torno al 40% y luego en el 45%, para retornar luego al 50%.

Un proceso de esta magnitud y esta longitud no es explicable por causas coyunturales ni por errores de líderes de una u otra etapa, ni de una u otra fracción, ni por debilidades de candidatos de muchas presentaciones o de ocasión. Hay algo muy profundo en este proceso. La pérdida de los dos primeros escalones debe entenderse como la vuelta de la ciudadanía a un estado de normalidad, porque es absolutamente anormal en un régimen pluralista que un solo partido se sitúa en el 60 ó en el 70 por ciento. Pero cuando se cae otro escalón, y ese partido se congela por tres elecciones consecutivas en el 40% debió haber habido un hondo debate. No lo hubo allí ni tampoco cuando también en otras tres elecciones se situó en el 30%. Hubo algunos indicios de comenzar a analizar el por qué se había llegado al 10%, pero no pasó de algunas preocupaciones individuales y escarceos de café, y la mar de las veces se cayó en la explicación sobre el largo aferramiento a sus liderazgos de Batlle y Sanguinetti, el error en la forma en que surgió o cómo se desempeñó Stirling como candidato presidencial. Sin duda hay algo en cada caso, pero resulta muy superficial como explicación de un proceso de tal envergadura y tamaña duración, Como si bien hubo errores importantes de Luis Batlle hacia 1958, visto desde hoy resulta también muy superficial explicar en esos yerros el monumental cambio histórico de ese año, en que los blancos retoman la representación del Estado luego de casi un siglo, de 93 años. No se explican esos devenires geológicos con anécdotas de ocasión.

Explicar el qué pasó con el Partido Colorado es tarea para historiadores, politólogos y sociólogos. Pero es también tarea para políticos, porque solo a partir de entender por qué ocurrieron las cosas se está en condiciones de saber qué hacer para revertirlas. Porque si hay algo claro es que, más allá de la falta de diagnóstico y de que los caminos resulten o no ser los correctos, lo que se evidencia es que el coloradismo no se resigna a la desaparición. Pero no resignarse a la desaparición no quiere decir per se que lo que se haga contribuya necesariamente a dar vuelta la pisada.

Por lo pronto, no existe en los niveles dirigentes una percepción clara de cuál es la magnitud y cuál es la posición del Partido Colorado en la arquitectura política del Uruguay. Se lo sigue viendo como uno de los tres actores de un sistema tripartidista. Lo cual no era del todo errado hasta comienzos del año pasado, cuando el Partido Nacional se ubicaba en el 21%, el coloradismo en el 10% y había una masa del 12 al 15% absolutamente definida a favor de un espacio tradicional pero indecisa entre uno y otro de los lemas. Hasta allí estuvo la última oportunidad para que el coloradismo despegase hacia esta elección. Pero por muchas razones, a mediados de ese mismo año el Partido Nacional absorbió esa masa tradicional pero indefinida y recompuso el bipartidismo que exhibieron las elecciones de 2004.

Este hecho, que el bipartidismo ha cristalizado, no ha penetrado el inconsciente de los dirigentes colorados, que hablan y operan en otra realidad. Y hasta se enojan si se habla de bipartidismo, como se enojaban los frenteamplistas cuando en 1989 se decía que la Presidencia de la República la disputaban tan solo colorados y blancos. Entonces, si se asume que ya no es parte de la dicotomía bipartidista, sino un actor de otra dimensión, si se asume que su magnitud no es diferente a la que tuvo el primer Nuevo Espacio liderado por Hugo Batalla, entonces es el momento de comenzar a reflexionar por dónde debe ir el partido.

Parece difícil que el espacio para un actor político de la décima parte del país sea el posicionamiento de un partido catch-all, de un partido agarralotodo, de un muy amplio abanico ideológico. Los partidos de ese porte necesitan dirigirse a un nicho específico del electorado, identificarse con sectores muy concretos y tangibles. No parece que le sirva el camino de sobreponerse ideológicamente al Partido Nacional, ni al partido en su conjunto, ni a la vertiente que expresa Larrañaga ni a la que expresa Lacalle. Porque cuando se solapan propuestas, el más visible y de mayor magnitud tiene más chances de captar. Entonces, cabe pensar si al coloradismo no le ha llegado la hora de ideologizarse.

Si el Partido Colorado y el batllismo bucean en sus raíces, en su pasado, en su doctrina, van a encontrar con mucha facilidad nichos de mercado electoral que hoy no están representados por ningún sector político, o que lo están muy débilmente. Van a encontrar valores fuertes de esta sociedad que no aparecen expresados por el nacionalismo y que aparecen de forma confusa y contradictoria en el Frente Amplio. El problema es que hacia ese nicho vacante, hacia esa gente a la busca de referentes no se está dirigiendo el Partido Colorado, sino que sigue hablando y actuando como si fuese aquel partido predominante del país.

 

Publicado en diario El Observador
agosto 31 - 2008