El debate sobre las coaliciones
Oscar A. Bottinelli 

En los últimos días han surgido dos llamados claros a que el próximo gobierno repose en una gran coalición que comprenda al menos los dos grandes partidos y en lo posible a la totalidad de los partidos parlamentarios. Uno de ellos llamados fue el lanzado por el Partido Independiente y el otro por el presidente del Partido Nacional (a título personal o sectorial).

El país ha tenido muy largos periodos en la historia -tanto en la pre-moderna del siglo XIX como en la moderna que arranca a poco de despuntar el siglo XX- de gobiernos o relacionamientos políticos de coalición, entendimiento, concertación o coparticipación. La excepción la ha constituido la de gobiernos de partido, en el triple sentido de: a) exclusión de todo partido que no fuese el partido de gobierno; b) con la participación de la totalidad del partido de gobierno, sin excepciones; y c) con mayoría absoluta en ambas cámaras. Por partido de gobierno se entiende a estos efectos, como definición funcional, al partido por el cual resultó elegido el presidente de la República o la mayoría del Consejo Nacional (según el régimen constitucional que hubiese correspondido). Bien, en las ocho décadas transcurridas desde la vigencia de la Constitución de 1918, bajo poliarquia plena e indiscutida, ejercido ese gobierno monopartidario durante todo el correspondiente periodo de gobierno, solo se encuentran dos ejemplos: Partido Colorado en 1951-55 y Frente Amplio (de mantenerse las condiciones básicas hasta el 28 de febrero de 2010) en 2005-2010. Con algo más flexibilidad en el conteo, es decir, sin computar las pérdidas de mayoría parlamentaria desde la mitad del periodo en adelante, la cuenta se eleva a  cuatro, ya que cabe agregar otros dos casos: Partido Nacional en 1959-63 y Partido Colorado en 1967-72. En todo ese tiempo hubo 18 legislaturas en poliarquía plena o, para decirlo en términos más usuales pero asaz imprecisos, en plena democracia. No hay duda alguna que el gobierno de solo un partido y todo un partido, sin alianza con nadie y mayoría parlamentaria es una rara avis en la historia de este país.

Ahora bien, los entendimientos pueden tener dos grandes motivaciones, varios esquemas de amplitud y muchas formas de realización. En principio la motivación puede ser la necesidad, es decir, la falta de mayoría parlamentaria, o también puede ser la conveniencia o el deseo de hacer una gestión con amplios respaldos, que puedan configurar políticas de larga continuidad y amplia apoyatura. Si se va al debate sobre este tema habido en el primer periodo posterior a la restauración institucional, se observa en una punta al general Liber Seregni (entonces presidente del Frente Amplio) y en la otra al doctor Enrique Tarigo (entonces vicepresidente de la República y secretario general del Partido Colorado). Seregni sostuvo la conveniencia –independientemente de la necesidad- de que Uruguay caminase por largo tiempo apoyado en gobiernos de concertación, y esa prédica constituyó el norte de su actividad posterior al abandono de la conducción política, desde el Centro de Estudios Estratégicos 1815; quizás uno de sus mayores fracasos haya sido que el Frente Amplio cuando llega al gobierno se aleja radicalmente de la idea de concertación y practica el monopartidismo en la forma más pura posible. Tarigo defendió el gobierno monopartidario aún sin mayoría parlamentaria; en base a las viejas teorías de la funcionalidad (Bagehot) o modernas de la gobernanza, sostuvo que quien vence (obtiene el lugar) aún por mayoría relativa tiene el mandato de aplicar per se y en forma íntegra su programa.

Entonces, un primer debate que se abre con estos planteos, debate que ha comenzado y seguramente durará hasta el verano de 2010, hasta que se dilucide la conformación plena del nuevo gobierno, es sobre la oportunidad, conveniencia y necesidad de una coalición. Básicamente sobre tres elementos centrales: Uno, si la coalición es un camino sólo necesario cuando se carece de mayoría parlamentaria, o es conveniente recorrerlo aún con  mayoría parlamentaria, con la finalidad de asegurar políticas de continuidad en el largo tiempo con la más amplia apoyatura posible. Dos, si ante la ausencia de mayoría parlamentaria se hace necesario gobernar con esa mayoría, para asegurar la aprobación del programa legislativo y de los presupuestos, y dar estabilidad al gabinete. O tres, si por el contrario quien obtiene la Presidencia de la República debe remar con sus solas fuerzas, mediante acuerdos puntuales que le permitan aprobar ora lo uno, ora lo otro.

Pero además es un debate anejo el de la conveniencia de las coaliciones aún cuando se tengan todas las fuerzas para gobernar en solitario. A favor de las coaliciones pesa lo dicho: el lograr políticas con amplia apoyatura, que le otorguen la fuerza de esa apoyatura y aseguren la continuidad en el largo tiempo. En contra de las coaliciones, cuando no son matemáticamente imprescindibles, pesa la argumentación Tarigo, que revivió en este gobierno: que en una coalición el programa propio se diluye, que también se diluyen las responsabilidades, que se demoran las decisiones en procura de los necesarios consensos, que se pierde más tiempo y esfuerzo en lograr consensos que en buscar soluciones y administrar.

Luego viene otro debate sobre la arquitectura de la coalición: si es la del partido gobernante con aliados cercanos (como fueron las de los dos últimos gobiernos), si una gran coalición entre los dos principales partidos, o si un gobierno de unidad nacional con todos los partidos parlamentarios.

Por último, viene el debate sobre los niveles de acuerdo. El nivel máximo de acuerdo es el que supone una coalición plena de gobierno, con todos los actores de la coalición comprometidos en el gabinete con sus principales dirigentes, representados en proporción a sus respectivos pesos (cuantitativos o cualitativos). El nivel mínimo el que supone un gobierno y una administración monopartidaria y un entendimiento parta un conjunto de temas a los cuales se califica como de políticas de Estado.

Por estos rumbos anda el debate que se viene.

 

Publicado en diario El Observador
agosto 17 - 2008