Entre la calidad y la cantidad
Oscar A. Bottinelli 

Todo gobierno en todo momento afronta un difícil dilema entre la cantidad y la calidad. Entre distribuir recursos con la mayor dispersión posible a la mayor cantidad de gente o concentrar recursos a la búsqueda de altos resultados cualitativos. De apostar al mejoramiento de la calidad de vida de la mayor cantidad de gente posible o de apostar a la conformación de una elite de alta calidad. Este es un dilema de acero, al cual no es posible escapar. Se puede poner más énfasis en lo uno o poner más énfasis en lo otro, pero es muy difícil equilibrar lo uno y lo otro, porque a lo sumo se puede apostar un poco a la cantidad y otro poco a la calidad, menos cantidad que si se destinase todo a la cantidad, menos calidad que si se apostase a pleno a la calidad. Hace un tiempo, ante un planteo similar, un calificado pensador de izquierda dijo que no debía renunciarse a la utopía de compaginar ambos propósitos Pero más acá de la utopía, el dilema subsiste y los gobiernos, todos los gobiernos, con independencia de tiempo y de lugar, tiene el drama de tener que elegir, de optar entre dos alternativas igualmente deseables.

Esa opción puede tener un tanto de ideológica y un tanto de pragmática. En lo ideológico sin duda va a tener como valores extremos contrapuestos el de la igualdad y el de la excelencia. Cuando se habla de igualdad es menester evitar algunos equívocos. Uno, que no es lo mismo el igualitarismo como fin que el igualitarismo como inicio, es decir, una cosa es buscar que todas las personas partan del mismo punto en la vida, tengan igualdad de oportunidades, y otra cosa es que se busque la igualdad entre todas ellas. Tampoco debe confundirse igualdad con equidad (que contra lo que muchas veces se cree, no son sinónimos), ya que equidad en buen romance significa igualdad de ánimo, moderación, templanza, dar a cada uno lo que merece (que no quiere decir dar lo mismo a cada uno). Por tanto, si se busca analíticamente uno de los extremos, no es el de la equidad sino el de la igualdad, el del igualitarismo. E igualitarismo significa entender que toda distinción entre los humanos es de por sí incorrecta, que cada cual debe recibir lo que necesita (con independencia de su aporte) o que cada cual debe recibir lo mismo que cada uno de los demás. Ya fuere entonces basado en la concepción de la igualad como un valor supremo, ya fuere en el de la equidad, se parte de un segmento ideológico cuya consecuencia es la búsqueda del mejoramiento de la cantidad, del mayor número posible de personas.

Cuando se busca la calidad sin duda hay una previa determinación de qué tipo de calidad - para qué y dónde - busca ese país. Normalmente las políticas en procura de la calidad son anti-igualitarias, ya que se busca estimular la formación personal – lo más alta posible, si es necesario – de un conjunto reducido de personas, se busca estimular además la mayor dedicación al trabajo consciente, razonado y eficiente; ello lleva a que se establezcan mecanismos de incentivos que necesariamente producen desigualdad. Entonces, aunque suene duro, cuando se apuesta a la cantidad se trabaja en contra de la calidad, cuando se apuesta a la calidad se trabaja a favor de la desigualdad.

La apuesta a lo uno y a lo otro se puede medir en término de intenciones o en término de resultados. Es muy común que los gobiernos lo midan en término de intenciones, y así planteen, por ejemplo,  en objetivos de cantidad, cuántas personas son asistidas en un plan determinado, sin que se examine si ese número de personas asistidas lo ha sido en forma alta o baja, con resultados buenos, malos o nulos. Y en objetivos de calidad planteen cuánto dinero se destina a la educación universitaria o a la investigación, sin evaluar qué resultados producen esos dineros. La medición de la cantidad en términos de resultados es diferente, pues lo que se mide ya es no cuantas personas fueron asistidas sino cuántas lo fueron en forma correcta, por técnicos de nivel, y qué efectos produjo esa asistencia. Y la medición de resultados en términos de calidad mide  - para seguir los ejemplos mencionados – no cuánto dinero se ha destinado a la educación a la investigación en términos globales, o en relación a la población, o al producto interno bruto, sino qué produjo ese dinero, ya fuere en resultados de investigación, ya en graduados o posgraduados universitarios, y qué nivel alcanzan en términos comparativos internacionales esos graduados o posgraduados.

En este gobierno conviven los dos discursos, discurso no en el sentido de mejor mensaje comunicacional, de palabrería, sino en el sentido profundo de programa, de concepción, de orientación. El discurso dominante del gobierno, el que se aplica en la mayor cantidad de áreas, supone la apuesta a la cantidad, al mejoramiento de la calidad de vida de la mayor cantidad de personas. El discurso que tiene como elemento central a la dirección de Planeamiento y Presupuesto es lo contrario, es la apuesta a la calidad, a la búsqueda de la exigencia. En general puede decirse que hay diversos caminos en el gobierno que atentan contra la calidad: la búsqueda de resultados cuantitativos, las compras del Estado centradas en la obtención del menor precio posible, la valoración de las políticas de cantidad en función de intenciones y no de resultados (cuántas personas se asisten, cuántas reciben ayuda, no de qué resultados produjo). Por otro lado hay fuertes apuestas a la calidad, todavía más en etapa de planificación y preparación que de ejecución, que pasan desde las concepciones de reforma del Estado hasta la institucionalización de la innovación y la investigación.

El país necesita sin duda un gran debate sobre el tema, ya que el próximo gobierno – el que fuere – va a tener nuevamente que hacer una opción entre cantidad y calidad, o sobre cuánto de cada cosa, y va a tener que fijarse en si mide por el lado de las intenciones o mide por el lado de los resultados obtenidos. Pero esto no es una discusión teórica, no es una disquisición de gabinete, aunque lo parezca. Es una discusión previa y necesaria a la ejecución del gobierno, pues va a determinar para dónde se quiere que vaya la sociedad uruguaya.

 

Publicado en diario El Observador
julio 27 - 2008