Las encuestas y la seriedad
Oscar A. Bottinelli 

La difusión de las encuestas de opinión pública tiene por finalidad que la propia opinión pública se mire al espejo. La sociedad recibe la información de un producto científico sobre cuáles son sus propios comportamientos, opiniones, juicios, actitudes, previsiones, actos y hechos. Y si la información es mucho más sofisticada, esa visión es desagregada por distintos segmentos como área de residencia, edad, nivel educativo, ocupación, nivel socioeconómico, sexo. Las encuestas son mediciones hechas a personas extraídas de una muestra elaborada con criterio científico de manera tal que resulte representativa del colectivo. Y los resultados son preguntas o cantidades de respuestas a preguntas específicas. Esto son las encuestas y la confiabilidad, como en toda profesión, dependerá de cuán confiable resulte a cada quien lo que hace el uno o hace el otro, pero siempre a partir de varios elementos fundamentales: que se conozca quién lo hizo, qué hizo, cómo lo hizo y en definitiva quién es ese que lo hizo, qué trayectoria y antecedentes, cuán confiable resulta.

Existe un gran riesgo que es la difusión de datos como si fueran encuestas, que no presentan el grado de seriedad necesarios para la gente, forma de divulgación que pueden ir desde la manipulación hasta el engaño y la falsificación de datos. Todas estas cosas han comenzado a ocurrir en Uruguay en las últimas semanas, con gran intensidad. Conviene ver algunos modelos de engaño o manipulación en la divulgación de datos:

a.    Datos que inducen a personas que se trata de una medición de intención de voto, cuando en realidad lo que se mide es la popularidad, o la simpatía, o la preferencia en determinado escenario.

b.    Presentación de los datos favorables a un actor político y omitir los desfavorables

c.    Divulgarlos sin indicación de fecha, cuando en realidad los datos son ciertos, objetivos y correctos, pero obsoletos, de un tiempo ya pasado, y esos datos ya superados por nuevas mediciones.

Generalmente estas publicaciones son hechas por medios de comunicación con cifras obtenidas de los propios actores políticos y no de las empresas o institutos responsables del sondeo. Por tanto, son divulgaciones que se hacen a espaldas y sin la certificación del instituto o empresa que los realizó, lo cual quita validez y se trata en esencia de una información no confiable. Todo medio de comunicación cuando divulga datos que no le fueron proporcionados y garantizados por el instituto o empresa que los realiza, lo que hace es dar a su público un producto carente de valor, sin efectuar la advertencia correspondiente; es como vender una mermelada en el supermercado, luego de haberle borrado la fecha de vencimiento, o la marca de origen.

Pero se puede ir más allá en los engaños al público. Entre ellos cabe señalar, para mencionar exclusivamente algunos ocurridos en Uruguay, o en las últimas semanas, o en relación a pasadas elecciones:

  1. el adelanto de cuál sería el resultado de una encuesta de una firma prestigiosa, cuando no existen ni esos datos ni siquiera se ha realizado la encuesta

  2. la divulgación de resultados atribuidos a una firma inexistente, con un nombre que pretende confundir con una empresa prestigiosa; es el caso de las encuestas difundidas en junio de 2004, con datos a la inversa de los presentados por todas las empresas reconocidas y con el uso de la firma de Equipos Consultores Celare (en realidad se pretendió es asociar esos resultados con una firma reconocida como “Equipos Consultores”, pero con el aditamento de una palabra que permite descubrir el engaño solo a los especialistas)

  3. la divulgación periódica de datos de una empresa inexistente, caso de “Doxa”, que nunca presentó ninguna figura responsable, ni dirección, ni teléfono, sino exclusivamente una dirección de correo electrónico.

Todo esto es grave. No se trata ni de libertad de mercado ni de libertad de prensa, porque lo que está en juego es lisa y llanamente no estafar a la gente. Y así como para evitar eso está reglamentado el ejercicio de la medicina, o del derecho, las sociedades de alto desarrollo político democrático, como las europeas, han reglamentado la divulgación de las encuestas. Y lo han hecho de una maneta que no coarta en absoluta la libertad, sino que sigue minuciosamente las normas establecidas en los códigos internacionales de ética. Porque las dos grandes organizaciones internacionales de opinión pública y de investigación de mercado han trazado normas éticas altamente exigentes y minuciosamente detalladas para la difusión de los sondeos políticos, especialmente los electorales, las “opinión polls”.

En Italia, por ejemplo, ningún medio de comunicación puede divulgar encuestas, ni siquiera utilizar la palabra encuestas, si no es para presentar oficialmente los datos de un instituto o empresa, y bajo la responsabilidad de ésta. Datos que deben ser previamente registrados en un sitio web de la Autoridad para la Garantía en las Comunicaciones.

La palabra encuesta solo puede utilizarse para indicar “todo relevamiento de opiniones, comportamientos, juicios, actitudes, previsiones, actos y hechos efectuado con método muestral, probabilístico o no probabilístico, que permite generalizar los resultados al universo de referencia (…)respetando los criterios estadísticos definidos de los códigos de autorregulación adoptados por las asociaciones profesionales mayormente representativas en el plano nacional e internacional”.

En la divulgación deben indicarse: instituto o empresa que lo realizó, hecha por cuenta de quién, universo (si la encuesta es representativa del 100% del país, o del 75%, o de lo que fuere), cantidad de casos, margen de error estadístico, método de relevamiento (cara a cara, telefónico, telemático, mixtos – con especificación de cómo y cuánto – u otros, con indicación expresa del cómo), método de ponderación de los datos (forma de ajustar la muestra obtenida a la muestra ideal, en base a determinados parámetros. Pero además, hay dos datos fundamentales que en Uruguay muchos omiten: Uno, el texto exacto de la pregunta, porque no cabe olvidar que los datos son porcentajes de respuestas a preguntas determinadas, y si se omite la pregunta, no hay forma alguna de verificar qué significan esos porcentajes. Dos, si los datos que se presentan son los obtenidos de la encuesta o si son proyecciones a un universo mayor al universo de la encuesta (para mayor claridad: se encuesta solo el país urbano y en base a ciertos parámetros, se presentan los datos del país entero; esto debe especificarse con absoluta claridad, y en caso de que así ocurra, es obligatorio presentar los datos que emergen de la encuesta y la proyección al universo mayor). O una variante del anterior, si lo que se presenta – por ejemplo en intención de voto – es el resultado de la encuesta o una proyección, en base ad dicha encuesta, de cómo sería el resultado de la votación (en tal caso también es obligatorio que además de la proyección, se presenten los datos de la propia encuesta, tal cual respondieron los entrevistados).

Para que las encuestas no pierdan su seriedad, para que cese la manipulación que ha comenzado, para evitar que esto se agrave y genere un daño a la calidad de la democracia, es la hora de iniciar un debate sobre este tema.


 

Publicado en diario El Observador
junio 15 - 2008