La izquierda italiana en derrota
Oscar A. Bottinelli 

  
 

A dos años de haber llegado al gobierno, la izquierda italiana sufre una doble derrota: la pérdida estruendosa de ese gobierno y al cabo de tres lustros, la pérdida de la Intendencia de Roma. Los procesos políticos en países afines son siempre lecciones importantes para la política uruguaya, tanto por lo que hay de similitudes como de diferencias, de cosas parecidas y de cosas diferentes.
La primer gran diferencia entre el Frente Amplio y la extinta L’Unione italiana, es que el uruguayo es un verdadero partido político, pluri ideológico, de estructura federativa, pero partido al fin, con un largo proceso de construcción y consolidación, una masa cuya pertenencia es con el conjunto, es decir, con el frenteamplismo y muy poco con sus partes componentes, más un liderazgo popular extraordinariamente fuerte. Nada de eso tuvo l’Unione. Una segunda diferencia tiene que ver con el arco ideológico, ya que L’Unione contaba desde una derecha confesional que en términos uruguayos debería considerarse de centro-derecha hasta un extremo izquierdo, con representación parlamentaria, en posiciones ultrarradicales.
Un gran tema de reflexión surge a partir de un común denominador: la búsqueda del bipartidismo. En Uruguay el Frente Amplio buscó el bipartidismo mediante su consolidación como partido y la creación de un escenario binario, que obligó a los partidos tradicionales a turnarse en la opción de competidor principal; como se dice vulgarmente, barrió hacia adentro. En Italia los máximos dirigentes del centro izquierda (los continuadores oficiales del viejo, poderoso y desaparecido Partido Comunista y los herederos de las vertientes de izquierda de la también desaparecida Democracia Cristiana) apostaron a un bipartidismo ortopédico, mediante la exclusión a diestra y siniestra, y la canibalización de la izquierda fuerte. La izquierda pura fue expulsada del parlamento en virtud de las leyes electorales excluyentes, obligada a la movilización callejera y la contestación extraparlamentaria. El nuevo partido que a sí mismo se define como de centro-izquierda, creció a costas de destrozar a sus antiguos y potenciales aliados futuros, porque en algún momento los va a necesitar, como ya apeló a ellos en Roma. Hasta aquí se puede decir lo que la izquierda italiana debería aprender de la izquierda uruguaya.
Donde ambas cometieron pecados equivalentes es en la soberbia. En Italia hace dos años L’Unione en votos empató la elección en Diputados (aunque por la ley desproporcional obtuvo una cómoda mayoría) y perdió en el Senado (aunque por una ley muy compleja, obtuvo una banca de mayoría en más de trescientas). Pero apenas consiguió ese resultado que le permitió formar gobierno, desplegó campanas al vuelo y se consideró dueña de todas las verdades y de todos los apoyos populares. Aquí el Frente Amplio no empató sino que ganó, pero en un país donde un poquito más de la mitad se inclinó por él y otro poquito menos de la mitad estuvo en su contra; y con poco sentido de las proporciones, creyó ser el depositario de la confianza de todo el país, y echó también las mismas soberbias campanas al vuelo. A L’Unione la soberbia le duró unas pocas semanas y el gobierno unos pocos meses; al Frente Amplio la soberbia le duró dos años y algo, y los sustos de opinión pública le han servido para corregir el pecado, a tiempo.
Otras son lecciones para estudiar, para no caer en las mismas tentaciones y los mismos caminos, o si se cae en la tentación, saber bien los beneficios y perjuicios que puede suponer hacerlo en un momento y en un tiempo dados. Sin hacer comparaciones, conviene mirar exclusivamente el espejo italiano; después se estudiará si hay algo o alguien par reflejarse en ese espejo. Y las cosas y personajes que allí no reflejan.
Conviene aclarar que L’Unione terminó dividida en dos grandes grupos y algunos más pequeños. El más grande, el Partito Democrático, que giró fuertemente hacia posiciones que en Uruguay se ubicarían entre el centro y el centro-derecha, rompió violentamente con la izquierda pura (la que fagocitó), se enamoró del modelo político norteamericano y realizó una campaña electoral con slogan y canciones en inglés, y tomó como íconos a Tony Blair, Clinton y Obama. Pero un dato significativo es que ese partido originario de la más pura izquierda clásica, y como tal laica y anticonfesional, fue derivando hacia una fuerte atenuación de la laicidad y a sostener posturas confesionales o de pacto con el confesionalismo.
Propios y extraños coinciden en que además esa izquierda reformulada perdió contactos significativos con el grueso de la sociedad italiana. Por qué. Porque buscó tanto la sintonía con diferentes minorías, que se olvidó de las mayorías. Su mensaje quedó fuera de la frecuencia de onda de la gran mayoría de la gente que pelea para llegar a fin de mes, educa a sus hijos en la educación pública, sufre los miedos de la inseguridad ciudadana, teme la invasión de culturas extrañas, ve la vida como una gran incertidumbre, no les llegan los programas que defienden a las minorías culturales (como homosexuales y etnias diferentes), tampoco le llegan las ayudas para la pobreza, sufre el impacto de los impuestos que recaen sobre los que trabajan y no sobre los grandes inversores y los grandes especuladores, tampoco les llegan los llamados a los grandes inversores (porque para ser inversor hay que tener lo que esa mayoría no tiene, que es dinero a raudales).
En definitiva predominó un discurso que en una punta fue dirigido hacia los grandes inversores, en la otra punta hacia los sectores marginalizados de la sociedad (pobres, inmigrantes extracomunitarios) y en ninguna punta hacia esa gente que sufre y trabaja, que habla el idioma del país y solo él, ni el árabe, ni el rumano ni el inglés, que casualmente es la gran mayoría del país. Un tema importante es que el centro-derecha italiano sí supo llegarle a esa mayoría, porque supo dirigir con exactitud el mensaje, sin perderse en vaguedades. Supo diferenciar la apelación a los inversores – extraños a esa gran clase media – y concentrarse en la apelación a los que no tienen nada para invertir, pero sí mucho para ganar con su trabajo y mucha carga pesada de impuestos sobre el trabajo. En un proceso paralelo entre ambos países con orígenes comunes, en ambos la izquierda aumentó los impuestos que gravan a quienes ganan con su trabajo.
Los espejos son para reflejarse en ellos. Para ver cuánto de lo que reflejan es reflejo de la realidad y cuánto sombras y deformaciones. El arte está en saber distinguir lo uno de lo otro.

 

Publicado en diario El Observador
mayo 4 - 2008