De policlínicas, chapas y clubes
Oscar A. Bottinelli 

  
Hace una década, un gobierno de coalición de los partidos Colorado y Nacional había desarrollado más de un centenar de policlínicas barriales en el departamento de Montevideo, donde se asistía a un número significativo de la población capitalina. Una iniciativa desarrollada con mucha eficacia, que prestó servicio a una cantidad muy importante de habitantes capitalinos. Las policlínicas eran promovidas, organizadas y dependían de una dirección del Ministerio de Salud Pública, cuyo director era además un aspirante a lograr un escaño parlamentario. El problema para el gobierno radicó en que esa obra social de gran envergadura y éxito, generó un significativo rechazo de la población. El por qué estuvo en la praxis política asociada a la gestión pública: al lado de cada policlínica se abría un club de la lista del mencionado director, como quien dice, la policlínica fue identificada como el objeto del intercambio de asistencia por votos.
Otra praxis común, generalmente surgida desde las intendencias municipales, es la entrega de chapas, bloques y bolsas de Portland (es decir, de cemento para construcción, valga el uruguayismo) a humildes vecinos que intentan construir o ampliar sus viviendas. A cambio de esas chapas, bloques y bolsas se coloca en las viviendas un cartel de adhesión a la candidatura, la precandidatura o la aspirantía a candidatura del dador de los bienes constructivos, cartel que además del nombre del partido y del benefactor, lleva la palabra “Club” y alguna denominación para el mismo, que va desde el nombre del propio benefactor hasta el de algún personaje histórico del partido, personaje que probablemente jamás repartió chapas ni bloques, y en cambio con mucha probabilidad sacrificó su fortuna y hasta su vida por los ideales del partido.

Este intercambio de favores públicos por votos propios y de amigos, es lo que comunmente se denomina “clientelismo”. Es decir, la acción política donde hay un intercambio directo, donde uno otorga lo que el otro necesita (bienes, empleo, trámites), y el otro da lo que el primero necesita, que son votos. El clientelismo está asociado en el imaginario público a una praxis política de blancos y de colorados. Los blancos y colorados se quejan de que los frenteamplistas realizan el mismo clientelismo y que la población no los castiga por lo que castiga a blancos y colorados.

De aquí surgen dos preguntas. La primera, si efectivamente hay un juicio diferente hacia frenteamplistas que hacia blancos y colorados. La segunda es si las cosas son tal como la ven los dirigentes de segunda fila de ambos partidos tradicionales. La respuesta a la primera es correcta: fuere cual fuere el instrumento de medición, surge que el clientelismo se asocia primordialmente con políticos de los partidos tradicionales y en muy pocos casos con políticos de izquierda.

La respuesta a la segunda pregunta es la clave ¿Los dirigentes frenteamplistas piden que se abran comités de base a cambio de chapas, de bloques o de bolsas de Portland? La respuesta es negativa. No lo hacen. Ni tampoco abren un comité al lado de una policlínica por ellos fundada, promovida o administrada.

Los dirigentes colorados y blancos responden que hay un gran nivel de proselitismo en la acción del asistencialismo, sea en planes de salud, de alimentación o recursos monetarios. Cualquier investigación objetiva y seria concluye en dos cosas: la primera que no hay clientelismo en cuanto a toma y daca, no hay trueque; la segunda es que efectivamente hay proselitismo político, pero indirecto. Lo que hay es propaganda por el ejemplo, hay el “vean cómo los de izquierda ayudamos a los pobres sin pedirles nada”; o con más refinamiento la difusión de un catecismo ideológico sobre las bondades de la izquierda y las perversidades de la derecha, a lo que se asocia la prédica de que la gente de izquierda se preocupa de los pobres y de los trabajadores, y la gente de derecha se ocupa de los ricos y, además, cada uno de ellos de hacer dinero para sí mismo, por las buenas o por las malas.

No todos actúan así ni en entre frenteamplistas ni entre blancos y colorados, pero sí la descripción corresponde al comportamiento mayoritario de los actores con mayor contacto individual con la gente, los recorredores. Sobre este comportamiento mayoritario se pueden hacer juicios éticos y plantear dudas éticas, se puede discutir quién ayuda más a quién. Pero lo que es relevante es que para el grueso de la opinión pública unos buscan la compra del voto y los otros no. Lo que importa no es cuál es la esencia de lo que hace el uno y lo otro, sino como se percibe lo que hace el uno y el otro. Y el grueso de la gente percibe las cosas como se describe en este artículo, y esa diferencia de percepción opera como un activo para el Frente Amplio y como un pasivo para el Partido Nacional y el Partido Colorado.

Entonces, como resumen de tres análisis, la izquierda cuenta en su haber con tres tipos de percepciones de la opinión pública (no de sus votantes, sino de la abrumadora mayoría de los electores): que ponen en primer lugar el mantenimiento en el poder y el triunfo electoral de la izquierda, mientras blancos y colorados priorizan la competencia interna; que recorren los barrios y los pueblos hablando de las bondades de la izquierda, de las maldades de La Derecha (con mayúscula) y de la santidad de sus líderes o partidos, mientras que la mayoría de los esforzados activistas blancos y colorados recorren barrios y pueblos en búsqueda de votos para sí mismos a efectos de poder ocupar un cargo electivo; que la izquierda practica el proselitismo a partir del asistencialismo sin exigir en forma directa y explícita una contrapartida, y buena parte de los activistas blancos y colorados plantean el quid pro quo que se traduce en clientelismo.

Nada de lo dicho son juicios éticos, porque puede ser tan moral o inmoral lo uno como lo otro. Son meras explicaciones de por qué una forma de proceder es diferente a la otra, y una forma tiene mejor recibo entre la población que la otra. Estos tres temas son tres activos a favor de la izquierda y tres pasivos en contra de los partidos tradicionales, activos y pasivos derivados de la praxis política, no de las ideologías, los programas ni los resultados de gobierno. Mal no le vendría a los partidos tradicionales meditar sobre estos temas. Muchas veces la forma de hacer política es a la larga la diferencia entre el éxito y el fracaso electoral.

 

Publicado en diario El Observador
abril 20 - 2008