La antidemagogia de Seregni
Oscar A. Bottinelli 

  

Una de las características del general Liber Seregni como conductor político – quizás una virtud, quizás un gran error – fue su repulsión a la demagogia. No solo no incursionó en ella, ni hizo concesiones al marketing, sino que sentía una aversión física, visceral. Es muy probable que ese rechazo al facilismo fuese un factor significativo de debilitamiento de su liderazgo, porque se necesita haber educado suficientemente a su gente, tener seguidores muy firmes e incondicionales, para predicar el camino a seguir, guste o no guste, y estar en competencia con gente que le dice a la misma gente lo que ésta quiere creer, fuere o no realizable, o aunque lo que se le dijere a uno fuese contradictorio e incompatible con lo que se le dijese a otro. Quizás entonces su antidemagogia lo llevó a cierto despegue de quienes eran o debían ser sus seguidores y pudo haberse transformado en los últimos años más en un profeta que en un conductor.
En la etapa de acumulación electoral para alcanzar el gobierno sin ninguna duda es necesario una fuerte dosis de cultivo de las ilusiones de la gente, de trazo de imaginarios idílicos, de presentación de soluciones al alcance de la mano y sin sacrificios, para todos y cada uno, algo así como aquel vendedor de la antigüedad que ofrecía un escudo capaz de detener cualquier lanza y a su vez también ofrecía una lanza capaz de atravesar cualquier escudo. Se requiere un pueblo plenamente satisfecho de sí mismo para que una prédica prudente, fría, racional, cartesiana, sea de recibo en las grandes masas. Si no, si lo que hay son expectativas desmesuras de cambio inmediato, la antidemagogia no funcione.

En cambio, lo que Seregni siempre creyó es que a la larga todo gobierno es valorado y se sostiene por sus resultados, por sus logros auténticos. Valorado no solo por las elites y los técnicos, sino por toda la gente común, que es la base de la democracia, donde cada voto vale uno. Que no dura demasiado el destello de las luminarias y a la postre lo que cuenta es la cruda realidad. Más aún, que cuanto más ilusiones se creen en la etapa previa, mayor va a ser la distancia entre expectativas y resultados, y que cuanto mayor sea esa brecha, mayor será la desilusión. Así es que él entendía que el fuerte arraigo que generó el batllismo en la primera mitad del siglo XX – según su óptica de origen batllista, porque habría que decir el fuerte sostén que obtuvo la totalidad del sistema político – se debió a un país en que la gente se sintió plenamente satisfecha, orgullosa de vivir y crecer en él, un país próspero, pujante, trabajador y con una fuerte cultura del trabajo y la familia. Por supuesto que José Batlle y Ordóñez primero y Luis Batlle Berres después desplegaron estrategia y táctica, jugaron sus movimientos en el tablero, maniobraron, lanzaron consignas estruendosas para la captación o para la demonización del adversario, pero que todo ello fue el decorado de una sustancia, y que esa sustancia fueron las realizaciones. Juicio que puede extenderse a Luis Alberto de Herrera o a la pléyade de notables del nacionalismo independiente, y a las figuras directrices de los partidos Socialista, Comunista y la desaparecida Unión Cívica del Uruguay.

Aquí hay sin duda una gran distancia conceptual entre quienes piensan que lo esencial en la conducción política es el encanto de serpientes y quienes piensan que lo esencial es la obra realizada, lo efectivamente dejado.

El tema es que para apostar a las realizaciones, sin premuras, acorde a los tiempos que llevan las cosas, lo más conveniente es llegar al gobierno luego de haber preparado a sus seguidores, de haberles desinflado el exceso de ilusiones y construido un horizonte de realizaciones al final del camino, después de atravesar pantanos y desiertos. Algo así hizo el Partido Social Demócrata de la entonces Alemania Federal con el programa de Bad Godesberg, o Felipe González en la transformación del Partido Socialista Obrero Español en las vísperas del acceso al poder al despuntar de los ochenta. Por igual camino anduvo el viejo Partido Comunista Italiano del que hoy ya no quedan trazos, tras la desaparición de sus dos sucesores (el Partito Democratico di Sinistra y Democratici di Sinistra) cuando caminó paso a paso hacia el realismo político, en lo internacional, en lo económico y en lo laboral. En los tres casos la llegada al gobierno pudo realizarse con mayor o menor éxito, haber resistido las tentaciones del poder con mayor fuerza o menor fuerza, haber salido del poder más tarde o más temprano, con más apoyo o menos apoyo. Pero en los tres casos lo que hubo fue la voluntad de realizaciones, de obtención de resultados.

Es posible que el facilismo, la demagogia, el encanto de serpientes o su contracara, la antidemagogia, la austeridad, el frío realismo, ni el uno ni el otro sean producto de decisiones estrategias o tácticas, sino que resulten de los más profundo de la personalidad de cada dirigente político. En definitiva, que sea la propia psiquis la que determine el camino. Lo que nunca debe olvidarse es que la democracia se asienta en la conformidad de los ciudadanos con el sistema, y esa conformidad es a la larga producto de la conformidad con su propia vida.


 

Publicado en diario El Observador
marzo 23 - 2008