El desbalance español
Oscar A. Bottinelli 

  

El Congreso de los Diputados de España se parece a esos espejos de los parques de diversiones, en que uno se puede ver mucho más gordo y petiso de lo que es, y otro se puede ver más alto y delgado de lo real. Dicho en términos técnicos: hay una formidable desproporción entre el porcentaje de votos y el porcentaje de bancas de los partidos.
Ello no es una virtud ni un defecto, sino la consecuencia de un sistema diseñado en forma deliberadamente desproporcional, con la finalidad de dar prevalencia a las circunscripciones rurales (o menos metropolitanas) sobre las circunscripciones urbanas, de alta urbanización o metropolitanas. Sin que fuese un propósito explícito, se da prevalencia a los grandes partidos nacionales y también a los partidos regionales, en contra de los partidos menores de alcance nacional (en el sentido de abarcativos de todo el territorio español). Es también la búsqueda deliberada de asegurar el gobierno de partido, objetivo similar pero con formas distintas al sistema mayoritario clásico como el británico (conocido como “first past the post”, o sistema mayoritario simple en circunscripciones uninominales).

Desde la última mitad del siglo XIX el debate teórico y político enfrenta la concepción de la proporcionalidad defendida por John Stuart Mill frente a la tesis de la gobernabilidad de Walter Bagehot. La proporcionalidad apunta a lograr el principio de la igualdad del voto: el efecto del voto de todos los votantes es igual, o al menos tienen la mínima desviación posible. Como lo definiera uno de los padres de la Revolución Francesa, Honore G. Victor Mirabeau, “los estados (las cámaras) son para la nación lo mismo que un mapa a escala reducida para toda su extensión física, parcial o total; la copia ha de tener siempre las mismas proporciones que el original”. Esta tesis es conocida como la tesis del reflejo. Del otro lado, la tesis de que el sistema electoral tiene por finalidad reducir el número de partidos parlamentarios (eliminar los “partitini” en la terminología italiana actual) y apuntar a la concentración; en lo posible contribuir a la creación de un bipartidismo, como forma de asegurar la gobernabilidad y la estabilidad de los gobiernos. Esta tesis es hoy sostenida por las dos grandes conformaciones políticas italianas (el centroderechista Popolo della Libertà y el centrista Partito Democratico) y sus dos principales líderes: Silvio Berlusconi y Walter Veltroni. La proporcionalidad apunta a defender la diversidad aun a riesgo de la gobernabilidad; la desproporcionalidad apunta a defender la gobernabilidad aun a costa de la diversidad. La proporcionalidad apunta a reflejar la pluralidad política de un país y asegurar la igualdad del voto; la desproporcionalidad apunta a asegurar un ganador que concentre en sí todo el poder para gobernar.

En el caso español, además, el efecto reduccionista no es neutro, es decir, no afecta por igual a todo partido pequeño a favor de todo partido grande, sino que en particular beneficia a los partidos de alta concentración del voto rural (o de pequeñas urbes) y perjudica a los partidos de alta concentración del voto metropolitano. Esto es lo que técnicamente se denomina un sesgo. El gran electoralólogo alemán Dieter Nohlen clasifica el sistema español como un sistema basado inicialmente en el principio proporcional, pero con una proporcionalidad imperfecta y con sesgo, es decir, con una alteración deliberada (flechada) de la proporcionalidad. En el sistema uruguayo para las juntas departamentales (los parlamentos regionales), se asegura la mayoría absoluta de las bancas al partido más votado, aunque tuviese mayoría relativa. Los votos en ese caso valen más que los votos por los demás partidos; pero luego, los votos por todos estos últimos valen lo mismo. Es un sistema constitutivo de mayorías, con fórmula proporcional, sin sesgo.

En el caso español, para ilustrar con dos extremos: en la provincia de Soria (Comunidad de Castilla y León) se elige un diputado cada 28.124 votos; en la provincia de Madrid (Comunidad de Madrid) se elige un diputado cada 100.306 votos. Es decir, una banca por la capital española cuesta más o menos el equivalente a cuatro bancas en Soria. En otras palabras, el voto de un ciudadano soriano vale cuatro veces más que el voto de un madrileño.

Todo ello da como resultado:

Uno, que los grandes partidos, por su implantación en todo el territorio, en todas las comunidades y todas las provincias, obtengan de un 3% a un 4% de sobrerrepresentación.

Dos, que los partidos de implante regional, obtengan una representación más o menos equivalente a su electorado (CiU, PNV, ERC, BNG, Coalición Canaria, Na-Bai)

Tres, que partidos menores con distribución del electorado en todo el territorio español queden ampliamente subrepresentados. Izquierda Unida con un 25% más de votos que Convergencia i Unio, obtiene menos de la quinta parte de las bancas que el partido catalanista (2 contra 11); y con mucho más del triple de votos que el Partido Nacionalista Vasco, obtiene la tercera de las bancas de éste (2 contra 6). UPyD con los mismos votos del nacionalismo vasco obtiene una sola banca, contra seis de éstos; y con cinco veces más votos que los nacionalistas navarros (Na-Bai) obtiene la misma representación parlamentaria.

Cuatro. Que un partido como el andaluz CA queda fuera del parlamento, con más votos que el navarro Na-Bai.

De lo anterior surge que el voto por el PSOE y el PP vale más en término de bancas que el voto por otros partidos; que el voto por los partidos menores de implante nacional puede valer la tercera, la quinta o la sexta parte que el voto por un partido regionalista (o “nacionalista” en la terminología política española).

Pero también resulta que el partido ganador está a solo 1.7% de la mayoría absoluta en término de bancas – objetivo en principio no demasiado difícil – mientras que con la proporcionalidad pura estaría a la distancia más complicada de 5.9%. En número de bancas, está a 6 escaños de la mayoría absoluta y en una proporcionalidad pura - como la uruguaya - estaría a 22 bancas de distancia, lo cual complicaría sobremanera la sustentabilidad del gobierno.




El profesor Oscar Bottinelli es catedrático de Sistema Electoral en la Universidad de la República-Facultad de Ciencias Sociales.




 

Publicado en diario El Observador
marzo 17 - 2008