En la hora de la introspección
Oscar A. Bottinelli 

  
 

          A partir del último cuarto del siglo pasado los partidos políticos han debido hacer una profunda introspección sobre su identidad, su ideología y su base de representación. En parte debido a los límites alcanzado por el modelo dominante combinación de welfare state y economía nacional cerrada, en parte a los impactos de las nuevas tecnologías, en parte por los efectos de la caída del socialismo real. Un debate esencialmente circunscrito a los partidos políticos en sistemas de competitividad plena, pero no limitados estrictamente a ellos. La necesidad de la introspección ha sido más necesaria en los partidos en el gobierno que en los partidos de oposición.

Pero aún antes de estos fenómenos, siempre los partidos de larga oposición debieron hacer ese ejercicio de aggiornamento. Unos lo hicieron en la preparación para alcanzar el gobierno, todavía en la fase opositora, como el Programa de Bad Godesberg del Partido Social Demócrata de la entonces Alemania Federal o el abandono del marxismo en el Partido Socialista Obrero Español, provocado por la dimisión de Felipe González al liderazgo partidario y la necesidad de su retorno. En otros casos, como el del Frente Amplio en Uruguay, se llegó a la misma toma de posesión del gobierno no solo sin aggiornamento discutido, sino siquiera sin una profunda discusión de qué y el por qué del mantener viejos vectores. Ya en el gobierno se osciló entre el giro al centro, la moderación dentro de la izquierda o la acentuación de la línea de izquierda, como efecto de impulsos individuales de dirigentes o sectores, y no como producto de una confrontación abierta, de una polémica pública, o como el resultado de un debate global.

Muchos factores ayudaron a que ese debate se postergase: la novedad de un gobierno frenteamplista, la favorable coyuntura económica que permitió tomar medidas contradictorias sin coste alguno, el carisma de Tabaré Vázquez, el desgaste de los partidos tradicionales, la ausencia de una oposición coherente y eficaz en los dos primeros años. Para completar este periodo de gobierno parecería que no es necesario preocuparse demasiado por estos temas. En cambio, a esta altura aparece como esencial para posicionarse ante la ciudadanía con la intención de pedir un apoyo para la reválida en el gobierno. Ha llegado pues la hora del debate intenso, profundo, extenso, claro para todo el Frente Amplio, para toda la izquierda uruguaya. Como todo gran debate, debe ser precedido por un previo debate o una previa definición: cuáles son los temas a debatir, qué es lo que hay que resolver o acordar.

Hay un primer punto que seguramente en lo público todos van a considerar innecesario, que conlleva el desdeñoso rechazo, el ¡qué barbaridad! Y es lo que hoy está en la orden del día de muchos países políticamente desarrollados, casi de siempre en los Estados Unidos, ahora en Italia. Por un lado la vieja concepción de los partidos como expresión de un conjunto de valores e ideas rectoras, que dibujan un modelo de país y de sociedad, y que conlleva la adhesión de muchos ciudadanos en una relación de pertenencia que normalmente trasciende el ámbito estrictamente político para abarcar otros ámbitos de la vida cotidiana. Del otro lado la nueva concepción (y muy vieja en Estados Unidos) de partidos esencialmente nucleados en torno a una figura carismática a la que se llama líder (aunque su capacidad pueda ser exclusivamente de convocatoria y no de conducción, es decir, no de efectivo liderazgo), con difuso manejo de valores y cierta vaguedad en los proyectos; esta concepción lleva esencialmente a confrontaciones electorales altamente o hasta exclusivamente personalizadas, con apelación a la emotividad y una buena dosis de marketing comercial. Aunque parecería que el Frente Amplio adhiere más a la primera concepción, en realidad se debe una discusión; porque hay unas cuantas figuras enamoradas de la nueva concepción y porque muchas de sus figuras emergentes o de sus figuras dominantes son esencialmente productos de marketing, con una peculiaridad uruguaya: esos productos de marketing se asientan en viejas estructuras de fuerte identidad y alta carga ideológica.

Pero además hay un abanico de temas de los que cabe hacer una especie de borrador de inventario:

Uno. La inserción internacional del país, que va de la mano de una definición sobre cuánto de política exterior ideológica y cuánto de realpolitik, cuánto de búsqueda de hermandades ideológicas y cuánto de raison d´Etat.

Dos. Cuánto de apuesta al Estado fuerte tanto como ejecutor como regulador y cuánto de apuesta al libre mercado, a la competencia y la libre concurrencia. De uno a otro extremo están hoy presentes en el Frente Amplio en niveles significativos y están presentes en las más altas esferas de gobierno: desde el más nítido estatismo hasta el más fuerte de los libremercadismos.

Tres. Cuánto de más laicidad y cuánto de dilución de la laicidad, dicotomía que este gobierno enfrenta sin debate público y de manera soterrada

Cuatro. Hasta dónde el peso de los corporativismos y hasta dónde el interés general por encima de los corporativismos. (Quizás sin esperar a la definición teórica ni a la campaña electoral, el Frente Amplio dará una clara respuesta sobre este tema – más hacia un lado, más hacia el otro - cuando encare la reforma de la Caja Bancaria)

Cinco. Cuál es el modelo de país desde el punto de vista de su producción. Dicho en términos muy sencillos: de qué piensa vivir el Uruguay, de producir qué (bienes, servicios) para vender cómo y a quién.

Seis. Cuánto de apuesta a la capacitación de la gente y al mérito, y cuánto de apuesta a la igualdad. Porque suena muy bien decir que se quieren las dos cosas, pero siempre, en todo momento y en todo tema, hay un mayor énfasis hacia lo uno o hacia lo otro.

Siete. A qué sectores sociales apunta el proyecto frenteamplista. Más específicamente, con qué clases o capas pretende aliarse y con cuáles no. Es clara su apuesta a los sectores por debajo de la línea de pobreza y en la marginalidad, como también en relación al bajo proletariado. Ahora bien: qué piensa de y qué políticas piensa desarrollar en relación a sectores con los que mantiene una relación dudosa (y en los últimos tiempos hostil), como el proletariado medio y alto, la burguesía pequeña y mediana; o para decirlo en otros términos, con los asalariados medios y medio-altos, con los profesionales, trabajadores independientes, empresarios pequeños y medianos. Y ni más ni menos qué piensa de los grandes empresarios y los grandes inversores, donde se ha instalado una relación de amor y odio, según los temas se analicen desde el ángulo de la política económica o de lo laboral.

Son apenas siete puntos de un borrador de inventario. Todo ellos, todo lo planteado, sirve para esbozar la magnitud del esfuerzo que supone este necesario e impostergable debate en la izquierda.



 

 
Publicado en diario El Observador
marzo 2 - 2008