De clases medias y de planchas
Oscar A. Bottinelli 

A lo largo del siglo XX corto - el que a nivel mundial va desde el balazo de Sarajevo hasta la caída del Muro de Berlín, y a nivel uruguayo más o menos por los mismos años – el Partido Colorado se vio a sí mismo como el partido de la sociedad urbana y en particular de su clase media, mientras el Partido Nacional se vio a sí mismo como el representante del interior, del país basado en el agro. Estos fueron los estereotipos dominantes y como todo estereotipo tiene un mucho de exacto y otro mucho de deformación. Lo que no hay duda es que más exactamente el Batllismo - tanto el de José Batlle y Ordóñez como el de Luis Batlle Berres, y en cierto modo el de Julio Ma. Sanguinetti – reflejaron bastante ese estereotipo. Es decir, el coloradismo y más precisamente el batllismo aparecen como sectores cuyo referente sustancial es la clase media urbana, con lo amplio y difuso que significa este concepto de clase media, más exactamente definibles como las capas medias, porque son sucesivas capas y en general presentan un confuso sentimiento de clase.

También uno y otro partido han sido populares, en cuanto a llegar a los sectores trabajadores (asalariados) y a los marginales. Más en Montevideo y Canelones (pero no solo en ellos), el Partido Colorado. Más en el interior (pero no solo ahí), el Partido Nacional. Diversos factores llevaron a que esa relación con los sectores populares (e inclusive con los sectores medios) derivase en formas de clientelismo. Probablemente un Estado en fuerte crecimiento y un país (aparentemente hasta mediados de los años cincuenta) con grandes excedentes para financiar ese Estado, lo transformaron en la fuente de trabajo más apetecible y abundante, cuyo acceso requería el peaje del clientelismo. La ineficiencia de los servicios públicos también derivaron en que la forma de acceder a esos servicios (el teléfono, por ejemplo) fuese otra forma de clientelismo. Y cuando se dio a la vez el crecimiento del sistema previsional y el agotamiento de los recursos, surgió un embudo para acceder a la jubilación, embudo cuya llave de paso fue manejada con formas también clientelísticas.

Ese clientelismo fue eficiente en un doble sentido. Uno en el cuantitativo, porque generó adhesiones traducibles en voto. Otro cualitativo: fue visto como algo normal y aceptable, salvo por un puñado de intelectuales y gente de partidos menores.

Cuando esas formas tradicionales se agotaron, cuando ya no bastó el poder del Estado como gran padre de los sectores menos favorecidos, como el gran protector, el clientelismo (más exactamente el proselitismo político, ya como caricatura del viejo y eficaz clientelismo) derivó en formas más duras y raquíticas: chapas de zinc o fibrocemento para techos o paredes, pedregullo y arena, bolsas de cemento, bloques para la construcción, bolsas de comida, hasta algún paquete con un quilito de arroz por acá, algún cuaderno con un lápiz por allá.

Se pudo observar además que el clientelismo fue bajando la eficacia en relación al esfuerzo y la inversión, en lo cuantitativo. Y en lo cualitativo derivó en una mancha para quienes lo practicaban. Algunas investigaciones sociales incipientes permiten inferir una escasa relación entre efectos del clientelismo y la recolección de votos a nivel de partidos y de grandes fracciones; solo subsistió eficaz para la disputa de alguna banca de edil o algún lugar en una lista de diputados. Sirvió para el personal político de nivel medio, no para los partidos ni las grandes fracciones. Quizás al contrario, la subsistencia de una práctica que quedó como anacrónica, empezó a ser vista como sórdida. Y la visión de prácticas políticas de sordidez – sea cierto o no que fuesen sórdidas – fue uno de los factores relevantes en la caída histórica del Partido Colorado. Que no empieza con este 10% de 2004. Sino que empieza cuando cae de cerca del 60% de 1942 al entorno del 50% de las tres elecciones sucesivas y de la de 1966. Y luego al nivel del 40% en que osciló en las dos elecciones subsiguientes (1971, 1984). Después al 30% de las otros tres comicios (1989, 1994, 1999) y finalmente sí, al gran tobogán de las pasadas elecciones. No se cae a lo largo de más de seis décadas, ni se pierden los cinco sextos porcentuales del electorado, si no es por causas profundas y de largo aliento.

Quizás esto tiene que ver con que el coloradismo, pero particularmente el o los batllismos, fueron perdiendo sintonía con el Uruguay medio, con esas capas medias de comportamiento mesurado, pacato y conservador, suavemente onduladas como la orografía nacional. Y también pérdida de sintonía con los sectores populares ajenos a la captación clientelar, que puede decirse con los sectores bajos probablemente más sanos.

Diversas medidas de este gobierno lo alejan de las capas medias, necesitadas de reencontrar referentes políticos, particularmente en tiendas alejadas del oficialismo. ¿No sería el momento para que el Partido Colorado y el batllismo pensasen que por allí está el nicho donde pararse para reverdecer? Porque apostar a las capas medias no es contradictorio con apostar también a sectores trabajadores de asalariados socialmente estructurados. La duda es si es compatible una apuesta a las mesuradas y temerosas capas medias, afectadas entre otras cosas por la realidad de la delincuencia y la sensación térmica de la inseguridad, con la apuesta a la incorporación orgánica y vociferada de sectores que reivindican los códigos de la delincuencia y las conductas socialmente desestructuradas.

Si la incorporación altisonante del Movimiento Plancha al Partido Colorado no es producto de una profunda meditación y evaluación de consecuencias, cuyos parámetros escapan a este analista, podría terminar siendo una opción por un segmento de la sociedad que de por sí espanta a otro segmento, tradicional sustento colorado y hoy a la búsqueda de referentes, como las capas medias.

 

Publicado en diario El Observador
octubre 7 - 2007