De probabilidades electorales
Oscar A. Bottinelli 

Normalmente hay una distancia entre la cantidad de alternativas teóricamente posibles (todas las que caben en un pizarrón) y el número de alternativas reales, es decir, con elevadísima probabilidad de que ocurran, sin tomar en cuenta aquéllas cuya probabilidad – aunque siempre existente – es casi irrelevante. Eso mismo pasa cuando se pretende analizar cuántos y cuáles son los escenarios posibles en la próxima elección presidencial, no en cuanto a partidos y personas, sino en cuanto a cuándo se define la elección (si junto con las elecciones nacionales o luego en el balotaje) y en qué dirección (planteado en forma dicotómica, si hacia la revalidación del oficialismo o hacia la oposición).

Desde la reforma constitucional vigente desde 1997, el presidente y el vicepresidente de la República se eligen por el sistema de mayoría absoluta invariable mediante sucesiva reducción forzosa del número de candidatos. Lo que comunmente se conoce como balotaje. Hay una votación el último domingo de octubre cada cinco años donde se vota en conjunto para presidente y vicepresidente, senadores y diputados. Para ser elegido presidente y vice, se requiere obtener la mayoría absoluta del total de votantes; si no, se realiza otra elección el último domingo de noviembre siguiente, entre los dos lemas (o dos fórmulas presidenciales, como se quiera) más votados.

Es importante prestar atención a lo siguiente. El régimen dominante en el mundo en materia de sistemas de balotaje determina que en la primera vuelta el candidato o partido más votado debe obtener la mayoría absoluta del total de votos válidos. Dicho de otra manera: el partido o candidato más votado debe tener más votos que todos los demás partidos o candidatos sumados. No se cuentan en consecuencia ni los votos en blanco ni los anulados.

En el sistema uruguayo, un partido puede obtener la mayoría absoluta de los votos válidos (lo que implica la mayoría absoluta de legisladores) y aún así haber segunda vuelta, una segunda vuelta que puede calificarse de técnica, ya que el candidato más votado llega a esa instancia con la ventaja de contar con mayoría en ambas cámaras; al electorado queda darle al partido más votado la totalidad del gobierno (el balotaje carece de sentido real) o llevar al país a la incertidumbre de la cohabitación o al riesgo de la ingobernabilidad, con un presidente de un lado y una mayoría parlamentaria en sentido contrario. Esto estuvo cerca de ocurrir en 2004, cuando el Frente Amplio había logrado ya en octubre 52 diputados en 99, 16 senadores en 30, y una ventaja de casi tres puntos porcentuales sobre todos los demás partidos sumados; y a pesar de ello, por el peso de los votos en blanco y anulados, se estuvo al borde de haber habido balotaje; un balotaje condenado al inexorable triunfo de quien contaba con holgada mayoría de votos válidos.

Visto así, hay tres escenarios posibles: Uno, el partido más votado obtiene más votos que la suma de todos los demás tipos de voto (de los demás partidos, de los en blanco, de los anulados) y es elegido en primera vuelta.. Dos, el partido más votado tiene más votos que todos los demás partidos sumados (y consecuentemente mayoría parlamentaria) pero no logra la mayoría absoluta del total de votantes, por el efecto de los votos en blanco y anulados; hay pues lo que se puede llamar un balotaje técnico pero no real. Tres, el partido más votado tiene menos votos que todos los demás partidos sumados y hay un balotaje real, una efectiva competencia por la Presidencia de la República.

Si se aterriza en la realidad actual uruguaya surge que el país camina hacia las elecciones dividido en dos grandes bloques: de un lado el Frente Amplio gobernante y del otro todos los demás partidos que, con ideas diferentes, tienen en común el considerar prioritario el cambio de gobierno. No hay pues partidos situados en el medio, a mitad de camino del gobierno y la oposición. Este es un primer dato relevante.

A esta altura, si no hay hechos absolutamente imprevistos, todo indica que el Frente Amplio será el partido más votado. La incógnita radica en si gana o no a todos los demás partidos sumados, o dicho de otro modo, si gana al bloque opositor. Si gana, si obtiene más votos que todos los demás partidos en conjunto, obtiene la mayoría absoluta en ambas cámaras y retiene la Presidencia de la República, ya sea en primera vuelta o en segunda mediante balotaje técnico.

En un escenario así, si hay balotaje real quiere decir que los votos del bloque opositor son más que los votos del Frente Amplio. En un balotaje real y con un bloque opositor, el candidato opositor solo puede perder si entre él y el candidato oficialista hay una significativa distancia ideológica, la suficiente como para que votantes opositores de centro o centro-izquierda optaren en segunda vuelta por la izquierda antes que por un candidato muy alejado de sus principios o valores. O si no hay distancia ideológica, que el candidato opositor más votado levantase resistencias insalvables en un segmento de los votantes opositores. En otras palabras, que se crease un intersticio entre el candidato oficialista y el candidato opositor, que permitiese al candidato oficialista captar votos opositores. Pero si el candidato opositor está en la frontera misma con la izquierda y no despierta rechazos profundos, un balotaje real implica el triunfo de la oposición. Más aún, porque se llegaría a ese balotaje con mayoría absoluta parlamentaria de la oposición.

En resumen. Si el candidato opositor está ubicado, se sitúa o es visto en la frontera misma con el oficialismo y no presenta rechazos especiales, hay dos escenarios a la vista. O el Frente Amplio obtiene la mayoría absoluta de los votos válidos y retiene el gobierno (así como la mayoría absoluta en ambas cámaras) o la oposición obtiene la mayoría absoluta de los votos válidos (con lo que obtiene la mayoría absoluta en ambas cámaras) y gana la Presidencia en el balotaje. La hipótesis de un Frente Amplio que obtenga menos votos que los demás partidos (haya balotaje real) y luego gane la Presidencia de la República, parece de escasísimas probabilidades.

 

Publicado en diario El Observador
agosto 26 - 2007