De nacimientos y migraciones
Oscar A. Bottinelli
 

Hay dos datos que son irrebatibles: que Uruguay tiene un serio problema demográfico y que el tema no está en la discusión del sistema político ni hay ideas de qué hacer ni hacia dónde. Algunos datos son clave. En primer término, la tenencia de una población de tres millones y cuarto de personas, que podría trepar a cerca de tres millones y tres cuartos si se contabiliza a quienes residen fuera de fronteras. En segundo lugar, que desde hace tres décadas largas los nacimientos se concentran en la franja más pobre, casi marginal, de la población; la sociedad se vacía de gente con valores y cultura de las capas medias, mientras crece el segmento nacido, criado y educado en la pobreza o en la indigencia. Y como tercer elemento, que la emigración continúa; no hay datos completamente fiables, pero los que hay permiten inferir que la tendencia emigratoria significa un flujo continuo e importante, con empujes mayores o menores, constituido en una proporción elevada por gente joven con alguna formación que le permita competir en los países de destino, básicamente en Europa y en menor grado en Estados Unidos de América. En los hogares de formación media no solo no hay natalidad suficiente, sino que además hay salida hacia el exterior.

Son muchos los temas a debatir al interior del gran tema de la política demográfica. Cabe discutir y analizar qué tamaño poblacional se considera deseable. Porque si tres millones es un número escaso, también lo son los cinco millones de Dinamarca o Finlandia, o los diez de Portugal e inclusive los quince de Chile. Entonces ¿es un problema de números o no? Y si es un asunto de números ¿por donde anda el número mínimo, necesario o ideal para Uruguay?

Otro asunto es qué se hace desde el punto de vista demográfico cuando hay tal deformación en la pirámide de los nacimientos, donde una cantidad significativa de niños nace en la pobreza, con las mayores dificultades ¿se dejan las cosas que transcurran por sí solas? ¿se buscan estímulos para limitar los nacimientos en los estratos más bajos? ¿se estimulan los nacimientos ocurran donde ocurran y se buscan remedios a la situación en que nacen? Son muchas las preguntas que conducen a un debate.

Finalmente aparece el tema migratorio. Uruguay puede verse enfrentado a él por la simple razón de ser un espacio casi vacío y la ley inexorable que todo vacío tiende a llenarse. O el país puede querer apostar al crecimiento demográfico mediante la inmigración. Una de las vías es el promover y facilitar el retorno de los uruguayos, otra es promover lisa y llanamente la inmigración masiva de extranjeros. En general, los países no apuestan a la inmigración mediante un llamado público y abierto al mundo, para que arribe sea quien fuere, viniese de donde viniere; más bien los países apuestan a políticas con una finalidad específica, lo que supone criterios definidos de promoción. La República Oriental tuvo una política demográfica clara y explícita en el último tercio del siglo XIX, que continuó al menos en el primer tercio del siglo XX, o en la primera mitad de dicha centuria.

En las postrimerías del siglo XIX se dictó una ley que amerita dos lecturas. Una lectura es que crea facilidades para la entrada y radicación de europeos. La otra lectura es que es una ley racista, en cuanto expresamente excluye de los beneficios a las personas con ascendencia asiática, africana o indígena. Más allá del racismo o de la discriminación, lo que explícitamente hace es trazar un objetivo, y ese objetivo fue cabalmente cumplido: traer decenas de miles de inmigrantes europeos, de italianos, suizos, españoles, vascos (de los españoles y de los franceses) y de unos cuantos orígenes más. Como todo objetivo, puede ser bueno o malo, discutible o compartible, y eso es parte de las decisiones que debe tomar un gobierno, una sociedad o un país en determinado lugar y momento.

Hoy se habla de derogar esa ley, así como también la Ley de Indeseables, que puede ser vista por unos como una norma autoritaria que permite al gobierno restringir la libre entrada al país, y puede ser vista por otros como una herramientas precisamente para abrir las puertas a quien se quiere dejar entrar y cerrarlas a quien no se quiere dejar entrar.

Como se ve hay mucho para analizar y discutir, mucho para debatir, entre los partidos pero también en el conjunto de la sociedad, porque lo que está en juego es qué sociedad se quiere para el futuro: de qué tamaño, formada cómo, reproducida cómo y cuánto, promoviendo la llegada de gente de cualquier lado en general o de alguno en particular. Y por supuesto, es de previo y especial pronunciamiento el detenido estudio sobre qué cambios e impactos son deseables e indeseables para la sociedad en su conjunto - en el sentido de posiblemente deseados o no deseados - y por los distintos segmentos en particular. Cuánto crecimiento está dispuesto a absorber, cuánta reinserción, cuanta llegada de gente nueva desde fuera, de dónde, con qué características.

El debate se dará con palabras o con hechos. Habrá una política de estancamiento o una politica de crecimiento poblacional como producto de políticas específicamente elaboradas o como producto de los hechos por sí solos, pero el problema está ahí, y como fuere, va a repercutir sobre este país. Sin duda si hay un problema de política de Estado es este, en el doble sentido de política que afecta a todo el país y que lo afecta por el largo tiempo. Y cabe decir que es muy difícil no calificarlo de un tema de primera importancia. Lo que tampoco cabe duda es que no es un tema absolutamente urgente, porque se haga lo que se haga, se piense lo que se piense, no cambia nada ni en el semestre que ha comenzado, ni en el año 2008 ni en el siguiente. Y a veces pensar más allá de la vista de la punta de la nariz se hace difícil, porque entre la raíz y la punta de la nariz hay urgencias múltiples y golpeantes. Pero a pesar de todo valdría la pena preocuparse por la discusión de un diseño de política demográfica.

 

Publicado en diario El Observador
agosto 5 - 2007