De líderes y ministros
Oscar A. Bottinelli
 

Al instalar su gobierno Tabaré Vázquez hizo una jugada riesgosa al integrar al gabinete ministerial a los líderes sectoriales. En su contra se jugó la tesis de que los ministros son fusibles y esa función de fusibles es difícil que pueda ser cumplido por un líder sectorial: remover a la cabeza de un grupo con una cantidad significativa de votos y un no menor respaldo de legisladores, deviene en un acto difícil cuando no temeraria. Esta tesis en principio adolece de una visión excesivamente presidencialista, es decir, ve al sistema uruguayo como un régimen presidencial al estilo argentino o norteamericano; y en un régimen presidencial los ministros, los jefes de departamento o de dicasterio, ofician como auxiliares del presidente, como secretarios del jefe de Estado-jefe de Gobierno. En un régimen semiparlamentario como el uruguayo, los ministros no son los secretarios del presidente, sino miembros del Consejo de Ministros a la par del presidente, que no solo aportan su calidad política y técnica, sino su propia fuerza parlamentaria para conformar la mayoría parlamentaria que la constitución exige al Consejo.

Entonces, ver al sistema uruguayo como semiparlamentario, ayuda a ver la importancia de que los jefes de corriente político se sienten en el Consejo de Ministros ¿Qué aportan? En primer lugar su fuerza ante la opinión pública. Pero sustancialmente, que tras ellos hay un conjunto más grande o más pequeño, pero siempre relevante, de senadores y diputados, que otorgan apoyo al gobierno. Ese apoyo se traduce en el voto para evitar la censura parlamentaria, pero más asiduamente en votos para la aprobación de las leyes en general, de las leyes que el gobierno considera relevantes y en particular de las leyes presupuestales, que en este país lo son el Presupuesto Nacional quinquenal y las rendiciones de cuenta anuales.

La otra innovación de Vázquez fue hacer funcionar eficazmente el Consejo de Ministros, en forma semanal, como el ámbito de acuerdo de los ministros con el presidente, de deliberación de los ministros entre sí, de deliberación colectiva de los ministros con el presidente y de aprobación colectiva de las decisiones del Poder Ejecutivo. Con un esquema de tal naturaleza, va de suyo que lo aprobado por el Consejo cuenta con el apoyo mayoritario de ambas cámaras y el apoyo del partido político oficialista. Y va más de suyo que cuando lo que decide el Consejo de Ministros es la remisión al Poder Legislativo de un mensaje y proyecto de ley, y además ese proyecto cuenta con la firma de todos y cada uno de los ministros, se supone que cuenta con el respaldo suficiente para asegurar su pronta aprobación parlamentaria.

Esta hipótesis no ha funcionado plenamente, y en los últimos tiempos ha fallado ostensiblemente. La Rendición de Cuentas fue enviada al Parlamento con la firma de la totalidad de los ministros de Estado y el aval del vicepresidente de la República y del director de Planeamiento, lo que quiere decir, además, con el apoyo del presidente del Frente Amplio, del líder del Espacio 609, del presidente del Partido Socialista, del líder de la Vertiente Artiguista, de la primera figura electoral de Democracia Avanzada (1001, Partido Comunista y aliados), de las tres figuras liderales de la Alianza Progresista y naturalmente del jefe del equipo económico y líder de Asamblea Uruguay. Por su parte, el Nuevo Espacio aparece reflejado en el equipo económico. En otras palabras, las cabezas de las siete corrientes frenteamplistas más la cabeza del propio Frente Amplio, más el presidente de la República, respaldaron la Rendición de Cuentas.

Sin embargo, a los pocos días muchos de los propios firmantes expresaron públicamente sus dudas con lo firmado, y los diputados de la mayoría de esas corrientes emprendieron una protesta o rebelión, que tuvo como mensaje presidencial el destacar la separación de poderes. Más allá de la discusión conceptual sobre la autonomía de los parlamentarios y la disciplina partidaria, hay algo que no funciona.

Las explicaciones son varias pero todas muy simples. Y en una de ellas o en una combinación de las mismas debe estar la realidad. Una es que los líderes no son tales, sino quizás primum interpares, y por tanto sus votos en el Consejo de Ministros comprometen por igual a un presunto líder sectorial como a un ministro sin filiación político. Otra es que los líderes actúan como tales, pero su liderazgo está en cuestionamiento por sus propios legisladores. Una tercera es que esos líderes no libran la pelea correspondiente en el ámbito del Consejo de Ministros, y dejan el combate para la vía pública (por sí mismos) y para el Parlamento (por la interpósita persona de sus parlamentarios).

Quizás la lección más fuerte que surge es que al Frente Amplio le faltan ámbitos donde discutir y resolver los problemas. Como ámbitos hay demasiados, se trata de definir aquéllos en que todos acuerden dirimir las diferencias. Porque está el Consejo de Ministros con todos los líderes o figuras referenciales sentados allí (con la excepción de Michelini), está la Agrupación de Gobierno y está la Mesa Política del Frente Amplio y en alzada el Plenario Nacional. Sin embargo, lo que predomina no es la discusión en un lugar específico, sino por múltiples vías y formas, y la resolución por la vía fáctica del juego de pesos y contrapesos, de poderes y contrapoderes.

Si esto no se soluciona, a medida que termine de trasponerse las diferentes barreras que diferencian la primera de la segunda parte, en cuanto se acerquen más los tiempos electorales, el problema se va a complicar más. Y 2008 es el año decisivo en materia presupuestal, el último antes de las elecciones, en que se dan las señales finales para el conjunto de la población y para todos y cada uno de los segmentos específicos.

 

Publicado en diario El Observador
julio 15 - 2007