Nunca más a un golpe de Estado
Oscar A. Bottinelli
 

Hay cierta creencia de que Uruguay era un país tranquilo, afable, tolerante, próspero, profundamente creyente en la democracia, confiado en sus instituciones, dirigido por políticos altamente prestigiados en la sociedad; y que una buena noche, una persona con vocación de dictador e indiscutible filosofía falangista, ocasionalmente presidente de la República, se le ocurrió dar un golpe de Estado, con la complicidad de algún que otro general, que luego llegaría a detentar la banda presidencial. Otra creencia concordante es que ese golpe de Estado fue dado por ese puñado de tenedores de la fuerza contra la casi totalidad del pueblo uruguayo.

La realidad es otra. Hubo segmentos significativos de la sociedad uruguaya – quizás mayoritarios, quizás no – que en el error o en el acierto consideraron que el país estaba en crisis y en caos, flagelado por la corrupción y la subversión, y que requería el restablecimiento del orden mediante un gobierno autoritario. Hubo segmentos tan significativos – también quizás mayoritarios o quizás no – que se opusieron al golpe de Estado. Y una parte minoritaria de ese segmento opositor tradujo la oposición en resistencia, con el consiguiente costo de gente que sufrió prisión, exilio o ambas cosas (de paso, este analista se cuenta en esta categoría), o que perdió sus empleos o quedó proscripto de todo trabajo que rozara con lo intelectual o lo estatal, o que sufrió tortura o vio la muerte. Y a favor o en contra del golpe, y muchos primero a favor y luego en contra, y unos cuanto ni fu ni fa, resolvieron que su postura fuese conocida tan solo por el silencio de su conciencia.

Una gran hazaña del pueblo oriental fue haber derrotado en plebiscito al proyecto constitucional que instauraba un régimen de institucionalidad tutelada por las Fuerzas Armadas, con un aplastante 58% por el NO. Pero tan importante como ello es que, a siete años y medio del golpe, ya con una buena cantidad de presos, torturados, muertos, desaparecidos, exiliados, destituidos y proscriptos, el 42% de la población dio el SI al proyecto dictatorial. El plebiscito diseña el mapa de una sociedad dividida en dos, donde el NO fue una vez y media el SI, pero éste reflejó el sentir de cuatro de cada diez uruguayos.

Tampoco el golpe vino por casualidad y por algo no ocurrió en el eje de Maracaná. Vino al cabo de casi dos décadas de persistente caída libre, agotado el modelo que llevó al país a los primeros lugares en el mundo, viendo que los países de donde emigraron los abuelos vivían mejor que este país de llegada, con inflación galopante (llegó a pasar el 150% anual), caída persistente del ingreso de los hogares, reiteradas crisis bancarias (algunas de ellas delictivas, que dieron con los huesos de los socios y directores de los bancos en la cárcel) que hicieron perder los ahorros a cientos de miles de hogares, y por encima de todo, una carencia de diagnóstico por parte de la clase dirigente, que tan cerca del golpe como en 1966, creía que el gran problema era de arquitectura constitucional y el remedio la supresión del Poder Ejecutivo colegiado y su sustitución por un presidente de la República, además con poderes gaullistas.

En esos años sesenta grupos de jóvenes de izquierda inician el camino de la lucha armada para cambiar la sociedad, eliminar el capitalismo, lograr la segunda y definitiva independencia y construir el hombre nuevo. No fue un alzamiento contra una dictadura, ni contra excesos autoritarios puntuales o permanentes. Fue algo más de fondo: el sueño de un mundo distinto y mejor. Más aún, se cuestionaba la calificación de democrático a todo sistema basado en el capitalismo, en la economía de mercado. Y otra izquierda que no comulgó con la lucha armada – más fuerte y poderosa, con más base popular – profundizó la organización y lucha del movimiento sindical hacia la concientización de los asalariados en los conceptos de lucha de clases; si bien toda su acción se realizó dentro de la institucionalidad democrático-liberal, predicaba contra sus principios. El punto de convergencia de unos y de otros fue la superación del sistema institucional llamado democrático-liberal asentado en una economía de mercado, en un sistema capitalista.

El cuadro se completa con una dirigencia política que fue perdiendo sintonía con la población y no se dio cuenta de ello (una frase usual: “la gente vota igual”, sin medir que ese voto ocultaba un compromiso cada vez menor). Esa pérdida de sintonía tuvo mucho que ver con la exacerbación del clientelismo y el patronazgo estatal, que llevó a que casi todo ingreso a cualquier empleo estatal requiriese la recomendación política y se adjudicase por cuota política, así como casi cualquier ascenso en los escalafones de la administración pública, o la obtención de una tarjeta para poder adquirir leche a precio subsidiado, o tener un teléfono en la casa, o lograr el “pronto despacho” imprescindible para que la jubilación o la pensión se aprobasen. Mucha gente – los militares entre ellos – confundieron clientelismo con corrupción, entendiendo por corrupción el apropiarse de los dineros públicos o usar la influencia para amasar fortunas. Y esta creencia se consolidó con el juego de los propios políticos y medios de comunicación de realizar fuertes campañas de denuncia ética contra los otros políticos. Tuvo que pasar toda una dictadura, dedicada entre otras cosas a buscar y rebuscar en las cuentas de los políticos, para que en lugar de un mar de corrupción encontrasen algunas gotas aisladas, lo que precisamente fue uno de los elementos que permitió a esa misma clase política emerger re-prestigiada al restaurarse las instituciones.

Las líneas anteriores son trazos al carbón, deshilvanados, sin jerarquización de los hechos, como un mero llamador a una gran asignatura pendiente del país: analizar y discutir, con cabeza fría y sin apasionamiento, sin dedos índices alzados, para diagnosticar qué es lo que llevó al golpe de Estado, y antes del golpe de Estado qué es lo que llevó a la violencia y a la intolerancia. Solo cuando se sabe por qué ocurrieron las cosas es cuando se está en condiciones no solo de decir “Nunca más”, sino efectivamente de lograr un “nunca más”, de evitar que las cosas se repitan. Porque si las causas se repiten, es muy difícil que no se repitan las consecuencias. Perseguir el “nunca más” implica llenar esta asignatura pendiente, de leer el pasado reciente y entenderlo en profundidad.

 

Publicado en diario El Observador
julio 1 - 2007