Desde Suiza a la reelección
Oscar A. Bottinelli
 

¿Cómo es posible que ustedes no tengan reelección presidencial? Explíqueme” espetó a este autor el célebre politólogo Giovanni Sartori, en una noche de octubre de 1998 en el restaurante del Belmont House, en este confín del mundo. Y ahí comenzaron los problemas para el politólogo criollo, para quien – como para toda la gente socializada antes de 1968 – la no reelección inmediata implicaba un elemento de alta calidad de la democracia y de exaltación de valores republicanos, o a la inversa, la reelección presidencial inmediata suponía una devaluación de la democracia y del republicanismo (palabra hoy en evidente desuso).

Más aún, a partir de los “Apuntes de Batlle” (publicados al despuntar los años diez del pasado siglo) en este país comenzó a construirse un eje, según el cual la mayor calidad de la democracia y el mayor republicanismo se da cuando la mayor despersonalización del gobierno, del Poder Ejecutivo, y la menor calidad de la democracia se da cuando ese Poder Ejecutivo está unipersonalizado, con fuertes prerrogativas y posibilidades de reelección inmediata. El colegiado, vale decir el Poder Ejecutivo ejercido por un consejo o cuerpo pluripersonal, pasó a ser el paradigma de la democracia más refinada. En verdad nunca se pudo saber si el colegiado funcionaba bien o mal, porque su mejor funcionamiento se dio en los años dorados (los años veinte del siglo XX, la primera mitad de los cincuenta). Y con un provincianismo asustante – que contradice el alto nivel intelectual y el vuelo de las elites uruguayas – se atribuyó al colegiado nada menos que la crisis de los años treinta, que además en estas tierras fue cualitativamente diferente y menor que la que asoló a Estados Unidos o Alemania. Acusar al colegiado de la crisis de los treinta es más o menos como ese autor alemán que explicó el surgimiento del nazismo como un efecto perverso de la representación proporcional integral en el Parlamento. El provincianismo volvió a mediados de los sesenta, cuando el colegiado fue considerado la causa del derrumbe del país, de ese proceso iniciado en 1955-56 que las elites no lograron comprender de qué se trataba, y que llevó a Uruguay en tan solo una década de ser el segundo o tercer país de más alto nivel del mundo, a situarse por debajo de al menos 16 países, pero además ya como un país en claras vías de subdesarrollo.

Así se puede explicitar ese eje, donde en un extremo está la más alta calidad de democracia y del republicanismo representada por el gobierno colegiado, luego por: un gobierno parlamentario, un presidente que gobierna en Consejo de Ministros con necesidad de apoyo parlamentario, un presidente más presidencialista sin reelección inmediata, un presidente más presidencialista elegido por mayoría absoluta de los votantes (balotaje), y finalmente, como la más baja calidad de la democracia, un presidente presidencialista elegido por balotaje y con reelección inmediata. En la terminología de la primera mitad del siglo XX, esta figura hacia la que camina el Uruguay era considerada como la antítesis del republicanismo, una figura mayestática, cuasi absolutista.

La reelección inmediata quedó asociada, en términos globales, a la figura del caudillo popular mexicano Porfirio Díaz, devenido en dictador perpetuo. La “no reelección jamás” fue una de las dos grandes consignas de la Revolución Mexicana de 1910. En términos uruguayos, la reelección inmediata quedó asociada al autoritarismo, al golpe institucional o a la maniobra inmoral: Máximo Santos a fines del siglo XIX cuando utilizó la vía oblicua de crear un departamento (Flores) en la época que el Senado se integraba con un senador por cada departamento, hacerse elegir senador por Flores, luego devenir en presidente del Senado y al llegar a este sitial, el presidente de la República renunciar para que asumiese como tal el presidente del Senado. Todo en pocos días. Gabriel Terra utilizó un procedimiento entonces condenado y hoy santificado por la OEA, como el que empleó días pasados el presidente ecuatoriano Rafael Correa: por métodos no admitidos por el derecho público interno disolvió las demás instituciones, convocó a una elección de Constituyente y sucesivo plebiscito de ratificación, y finalmente a nuevas elecciones legislativas. Estas nuevas cámaras lo reeligieron. Con estos antecedentes non sanctus, una figura de corte autoritario como Jorge Pacheco Areco, que gobernó en el borde de la Constitución (a veces del borde para adentro y otras tantas del borde para afuera) impulsó su reelección.

La izquierda uruguaya se consustanció con las concepciones de democraticidad y republicanismo que condenaron por principio y en abstracto la reelección inmediata. Ahora es en torno a Tabaré Vázquez que se habla de reelección, idea no muy ajena a su corazón dado que el primer globo sonda lo lanza su propio hermano, confidente y prosecretario. Pero la reelección se discute en un contexto absolutamente diferente al habido hasta ahora. Puede comprobarse que ha desaparecido de la memoria colectiva, en particular de quienes cuentan con 55 años para abajo, ese rechazo abstracto de la reelección inmediata en razones de democraticidad y republicanismo. Hoy hay una idea dominante de que en Uruguay se rechazó la reelección como rechazo a Pacheco Areco y que la izquierda se hizo anti-reeleccionista para luchar contra el continuismo de Pacheco. No existe conocimiento generalizado de la discusión previa, la que absorbe la friolera de seis décadas, ni del fenomenal antecedente mexicano, ni de qué quiere decir cuando se habla de porfirismo. Y esto no es solo a nivel de opinión pública global, sino de elites, inclusive de graduados en ciencia política o derecho.

El otro cambio de contexto es el regional y mundial. En un conocimiento político-institucional devaluado, cuesta a mucha gente distinguir la radical diferencia entre gobierno presidencial y gobierno parlamentario, y por tanto se asocia la continuidad de jefes de Gobierno como si fuese reelección presidencial. Por otro lado, se observa que no solo hay reelección en Estados Unidos (desde siempre) y en Francia (desde la V República), sino que ha ido avanzando a lo largo del hemisferio americano, en particular los dos vecinos.

En tercer término, en el último cuarto de siglo la sociedad uruguaya ha avanzado hacia una visión personalizada y presidencialista del poder, lo cual fue reforzado por la reforma constitucional de 1996 y por el debilitamiento de la institución partidos políticos. Entonces, cuando se considera que un gobierno si es eficiente debe continuar, no se piensa en partidos, sino se piensa en personas. De donde, la continuidad es una continuidad de la misma persona en el único cargo al que se atribuye la totalidad del poder.

 

Publicado en diario El Observador
abril 22 - 2007