El real comienzo de una segunda etapa
Oscar A. Bottinelli
 

Fiel a su estilo, Tabaré Vázquez sorprendió a propios y extraños con una profunda jugada política: la revitalización de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto y la designación a su frente del renunciante senador Enrique Rubio. También fiel a su estilo despidió al hasta ahora director, el economista Carlos Viera, como a un mozo de cuadra.

El cargo de director de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto es un cargo de competencias muy abiertas, casi adaptable a las medidas del hombre que la ocupe. De hechura constitucional, nace como una heterodoxia sistémica al calor del desarrollismo de los años sesenta y de las tesis planificadoras. Para un sistema institucional con fuerte contenido parlamentario es bastante sorprendente un cargo de rango de ministro, cuyo titular debe reunir las condiciones para ser ministro, pero que no es ministro y, por tanto, no requiere contar con apoyo parlamentario, no es interpelable ni censurable por el Parlamento, no puede asistir a las sesiones del Parlamento, es de particular confianza del presidente de la República y, por ende, no puede ser ocupado – como el resto del gabinete – por un parlamentario en actividad. En los casi 29 años de vida constitucional del cargo, ésta es la segunda vez que es llamado al mismo un legislador en activo, que para ocuparlo debe pedir anuencia a la cámara que integra y renunciar a la misma. La primera vez fue Aquiles Lanza, diputado, el 19 de marzo de 1969. ¿Qué dicen las crónicas de la época? ¿Cómo se interpretó esa designación? Como que el presidente Pacheco Areco había designado un primer ministro. He aquí una clave: el director de la OPP puede ser un técnico que no pese en la definición política (y hasta despedido por el secretario del presidente) o puede ser el primer ministro, y entre uno y lo otro, cabe todo lo imaginable.

Cuando asumió el gobierno, Vázquez entregó a Danilo Astori la administración plena e incondicional de la economía y del equipo económico. A diferencia de lo ocurrido en las cuatro administraciones anteriores, ni la Presidencia del Banco Central ni la Dirección de la OPP fueron parte efectiva de la conducción del equipo económico.

Ahora pone en el cargo al conductor del cuarto grupo político frenteamplista, uno de los senadores sobre los que recaía el peso de operar en favor del gobierno, un hombre de sólido perfil intelectual y claras convicciones políticas. Esta descripción es en sí un signo del peso que ahora el primer mandatario da al cargo. Además el presidente explícitamente le indica el ser parte de la conducción económica.

Si las competencias de la OPP son plásticas, más lo es el objetivo principal que le atribuye el primer mandatario: pilotear la reforma del Estado. Bajo este rótulo cabe lo que quien conduzca esa reforma quiere que quepa (y los demás dejen que quepa). Lo que no cabe duda es que tiene más que ver con las grandes definiciones estratégicas que con ocuparse de las reformas de detalle.

Esta reforma del gabinete es sin duda uno de los hechos políticos más relevantes de estos 25 meses de gobierno, por el impacto en la correlación de fuerzas al interior del gabinete. Hay dos grandes temas estratégicos que dividen a la izquierda: la inserción internacional del país y el cuánto de Estado y cuánto de mercado. Los diversos matices que componen las siete grandes corrientes frenteamplistas y la decena larga de subcorrientes, en estos temas quedaron reflejadas en dos posiciones, que con un exceso de simplificación se puede decir que son encabezadas por Reinaldo Gargano y Danilo Astori.

Gargano ha quedado como la cabeza visible de una línea fuertemente estatista y partidaria del Mercosur, y del Mercosur ampliado en la dirección política en que ha caminado. Sin duda este gobierno a impulsos del canciller ha sido un factor clave en el ingreso de Venezuela a la organización regional. Astori, por su lado, encabeza una línea de fuerte apuesta al libre mercado y partidaria de lo que se denomina la apertura al mundo, que pasa en primer lugar por las relaciones comerciales más estrechas con los Estados Unidos de América. Es una dicotomía dura en términos de concepción política, pero llevada adelante por dos hombres que no se sienten políticamente subordinados al caudillismo de Tabaré Vázquez, por historias diferentes. El presidente del Partido Socialista puede sentirse casi un inventor del Tabaré candidato a intendente y del Tabaré líder frenteamplista. El líder de Asamblea Uruguay pudo sentirse llamado a suceder a Seregni en el liderazgo indiscutido del Frente Amplio, cuando encabezó la totalidad de las listas al Senado. Para cada uno de los dos, Vázquez es un convidado de piedra.

Enrique Rubio aparece como posible referente de una línea intermedia, que no necesariamente implica que navega entre Astori y Gargano, o que desempata ora a favor de uno, ora a favor de otro, sino que significa que impulsa una línea propia. Esta línea puede resumirse como la apuesta a un Estado relativamente fuerte pero cambiado y modernizado (la tecnología, lo digital, son la clave para el pensamiento de la Vertiente Artiguista), bastante abierto al mundo pero a partir del concepto que el destino geopolítico de Uruguay está unido a la región.

El debate pasa a ser esencialmente un juego de tres, que es lo más cómodo para un líder. Imponer la autoridad entre dos, arbitrar entre dos, es un juego desgastante. Entre tres la posibilidad de combinaciones es más amplia, y mucho más los distintos tipos de juego. Con esto el presidente se fortalece, por las solas consecuencias estructurales.

La ruptura del juego binario al interior del gabinete puede contribuir además a liberar a otras fuerzas políticas en sus propias definiciones y en sus propios apoyos, en momentos en que las relaciones con Estados Unidos y el Tratado de Libre Comercio en particular, habían ido abroquelando las posiciones. Ahora sí, con este cambio, se puede decir que comienza efectivamente una segunda etapa del gobierno de Tabaré Vázquez.

 

Publicado en diario El Observador
marzo 25 - 2007