Entre el Parlamento y el Marketing
Oscar A. Bottinelli
 

En Europa, cuando el jefe de Gobierno debe hacer un anuncio importante como escenario elige el Parlamento. Desde allí, generalmente desde el rostrum de la rama baja expone a los representantes del pueblo, al pueblo, al país y al mundo, cuáles son sus preocupaciones y sus propuestas. Cuando un jefe de la Oposición cuestiona al gobierno, o promueve una iniciativa, o desea reforzar el apoyo al gobierno detrás de una causa nacional, lo hace desde la misma tribuna. Va de suyo que todos los países europeos son sistema de gobierno parlamentarios o semi-parlamentarios. En estos últimos, Francia es el caso paradigmático, el jefe de Estado cuando anuncia por sí mismo – y no a través del primer ministro – generalmente se dirige en forma directa al pueblo a través de la televisión. Pero aún en regímenes presidenciales los jefes de Estado en circunstancias extraordinarias dirigen su mensaje al y desde el recinto del Poder Legislativo (el Congreso en la jerga dominante en este hemisferio), como en los Estados Unidos. Cuando en Europa o los Estados los jefes legislativos, las figuras de relieve, los popes de partido, quieren fijar su posición ante su pueblo y su país, eligen como escenario los hemiciclos parlamentarios. En todos los casos mencionados la simbología apunta a marcar el papel central que tienen los cuerpos parlamentarios o legislativos en una democracia, como los máximos representantes del abanico de posiciones, valores, ideologías e intereses que componen una sociedad.

En Uruguay los anuncios se hacen en los almuerzos de la Asociación de Dirigentes de Marketing (ADM) o excepcionalmente en algún otro seminario o lugar, como por ejemplo el salón de Punta Cala. Lo de ADM es el premio a la profesionalidad de sus dirigentes y a la cabal demostración de sus virtudes en el plano del marketing, porque ADM no es la federación nacional del empresariado, ni un organismo representativo del poder económico, ni del poder social, ni del poder comunicacional, sino una entidad de profesionales de una disciplina determinada. Entre el peso político de la entidad y el peso político obtenido por su escenario media un abismo, lo cual es una gran virtud de los dirigentes de la institución. El presidente Lacalle intentó jerarquizar el mensaje anual al emitirlo ante el Parlamento y se vio frustrado cuando en lugar del mensaje ser seguido por un profundo debate, devino en una ceremonia protocolar, abandonada por sus sucesores (y restablecida por el actual mandatario pero ya no ante los representantes del pueblo, sino ante el público, que no es el pueblo, sino una pequeña fracción de pueblo, y ante el pueblo en tanto teleaudiencia)

Pero desde el punto de vista democrático e institucional el problema es que resulta desdoroso para las instituciones que un hotel de la costa montevideana y una asociación profesional desplacen al Parlamento de una de sus funciones naturales, como el centro del debate político. La cosa es más profunda aún: cuando el centro del debate está en el Palacio Legislativo, son las entrevistas en el ambulatorio y no los debates en sala los que concitan la atención de los periodistas y llegan al público. Y la cosa se complica cuando no todos los líderes políticos se sientan en el Parlamento o peor aún, cuando siendo electos renuncian a sentarse allí. Hay pues figuras de peso político cuyo ámbito de acción y comunicación está fuera de los carriles orgánico institucionales

Además de eso, seguir el funcionamiento parlamentario es difícil para cualquier mortal, hasta para los especialistas. En primer lugar porque salvo raras excepciones no hay trasmisión directa de las sesiones (algo se ha avanzado vía internet), no hay un canal de cable dedicado exclusivamente al Parlamento, los sitios web de las cámaras se actualizan mucho más lentamente que los sitios europeos, las versiones taquigráficas de las sesiones demoran en estar en la red. En esto cabe señalar el esfuerzo de la Televisión Nacional que ha puesto a disposición del público el seguimiento de importantes debates parlamentarios. En última instancia, vía Televisión Nacional, vía un mejoramiento de las trasmisiones por internet, vía una mayor rapidez en la actualización de datos, todo es solucionable con algo de esfuerzo y un tanto más de dinero.

Lo de difícil solución es otro problema: que cuanto más caminos hay para seguir al Parlamento, más difícil es seguirlo. Porque aún siendo un especialista en el tema, cuesta tiempo y paciencia seguir las horas de las horas larguísimos discursos. Quien siga los debates parlamentarios que se emiten – con mayor o menor frecuencia – por la televisión española, italiana, británica o francesa, o quien siga de esos u otros países por internet, podrá observar dos cosas: que el jefe de gobierno y el de oposición hacen sus planteos en no más de 20 minutos cada uno, a los que sigue un juego de réplica y dúplica de escasos minutos cada uno, que las demás figuras políticas (líderes de partido, líderes de corriente) resumen toda su posición política en 10 minutos. El debate anual en el Parlamento español insume en total un par de horas, y otro tanto es la duración normal de las investiduras de gobierno en Italia.

Este planteo puede parecer formal y menor. No es así. Si los parlamentos no adaptan su funcionamiento a los ritmos del tiempo presente no lograrán sintonía con los ciudadanos; ello implica que los representantes no logran comunicarse ni ser seguidos por los representados. Si los representantes en una democracia representativa no son seguidos por sus electores, se abre una creciente brecha que consolida y aumenta el desprestigio de una institución esencial para el sistema democrático republicano representativo.

Es curioso que los principales líderes políticos y parlamentarios son conscientes de ello y de lo inadecuado de los tiempos parlamentarios. Pero son conscientes en el plano verbal, no actitudinal. Desde las iniciales propuestas de Enrique Tarigo como presidente del Senado se han ensayado muchos caminos para mejorar los tiempos parlamentarios y todo sigue igual. Hay un divorcio entre lo que los legisladores sienten que debe hacerse y lo que efectivamente hacen; y ese divorcio es letal para los propios legisladores en tanto conjunto.

 

Publicado en diario El Observador
marzo 18 - 2007