Acerca de la merienda de negros
Oscar A. Bottinelli
 

El siempre provocativo Ignacio de Posadas días pasados calificó al reciente Congreso de la Educación como “merienda de negros”, que según la Real Academia Española es una expresión figurada y familiar, o coloquial, que quiere decir “confusión y desorden en que nadie se entiende”. Alguna autoridad gubernamental y algún parlamentario oficialista se basaron en una posible etimología racista de la expresión coloquial para salir al cruce y amenazar con recurrir a la Justicia Penal. A diferencia del significado de los vocablos, que están reglados, la etimología es un campo muchas veces resbaladizo y polémico. Y si llegara a ser racista el otro tema a ver es contra quién, porque la expresión despectiva negro no es urbe et orbi empleada con relación a los africanos subsaharianos y sus descendientes (quizás mayoritariamente sí, pero también vulgarmente aplicada a otros pueblos que podrían incluirse en la gran etnia caucásica o en la etnia amerindia).

La lengua oficial está llena de vocablos o expresiones de origen racista. Y el habla popular, o las metáforas populares, están plagadas de prejuicios sobre elementos invariables de la personalidad. Para circunscribirse a este país, los prejuicios sobre el gallego bruto, el italiano mafioso, el vasco cabeza dura, el judío y también el lombardo avaro, el turco ladino (que en realidad lo de turco refiere al libanés u otros levantinos y lo de ladino como astuto o taimado), el portugués avivado, el argentino pedante, el andaluz mentiroso, y puede seguirse la lista que no queda en pie ninguna nacionalidad, etnia o pueblo del que algún partícipe haya pisado estas tierras. No debe haber ningún lector que escape a alguna de estas calificaciones, como no escapa el autor. Luego vienen los prejuicios sobre otros elementos de la personalidad, a la cabeza de los cuales deben estar los homosexuales masculinos.

La posibilidad de que estos conceptos puedan o no ser usados sin estar sometidos a censura o represión oficial tiene que ver con la definición que se haga de la democracia y el concepto que se tenga de las libertades (referido a la censura o represión oficial, otra cosa es la censura social mayoritaria o inclusive la represión o repulsa social mayoritarias).

A los efectos de este artículo, por democracia se entiende el concepto de poliarquía en la definición de Robert Dahl. Y dentro de la amplia gama y multitud de matices que pueden encontrarse, conviene simplificar en dos tesituras paradigmáticas. Una de ellas es la concepción que puede encontrarse en la frase del filósofo español Fernando Savater: “la democracia es para los demócratas”. La tesis es que la democracia requiere el comulgar con un conjunto de principios y valores, entre ellos el respeto a la diversidad, a todos los elementos invariables de la personalidad y a todos los valores e ideas, siempre que esos valores e ideas participen del principio de la tolerancia. En definitiva, una sociedad basada en la democracia solo puede dar cabida a los demócratas, una sociedad basada en la tolerancia y la diversidad solo puede aceptar no solo el comportamiento tolerante y abierto a la diversidad, sino que solo puede admitir que se expresen opiniones favorables a la tolerancia y a la diversidad. Entonces, democracia es para los tolerantes, y los intolerantes deben ser excluidos de la democracia, o penalizados, o al menos obligados a callarse la boca y no expresar sus opiniones intolerantes. La diversidad que no se acepta es la de quienes tienen opiniones intolerantes o sustentan valores contrarios a ese conjunto de parámetros que pasan a constituir el basamento de la sociedad, que son los parámetros de la tolerancia y la diversidad tolerante. La tolerancia es pues para con los tolerantes.

La otra concepción es que la democracia solo es pasible en un ambiente de libertad de pensamiento y de libre expresión de ese pensamiento, y que esas libertades amparan a todos cuyo pensamiento, cuyas ideas y valores, cultivan la intolerancia o el rechazo a los otros (a los diversos de sí mismos). En esta concepción, lo limitable, lo punible, es la traducción de las opiniones intolerantes en actos de intolerancia. En otras palabras, en que la democracia se basa en la frase (una de cuyas versiones corresponde a Batlle y Ordóñez): discrepo plenamente con lo que tú dices, dedicaré todos mis esfuerzos a combatir lo que predicas, pero estoy dispuesto a dar mi vida por tu derecho a pensarlo y decirlo.

Lo primero lleva de la mano a la idea de que en una democracia hay ideas prohibidas (prohibidas de ser expresadas, ya que no se puede prohibir el pensar) que son las ideas que podrían llamarse antidemocráticas o contrarias a los valores en que se construye la democracia en una sociedad determinada en un momento histórico preciso. Lo segundo lleva a la concepción de la libertad absoluta que queda limitada por la delgada hoja que separa la expresión del pensamiento de la acción, el momento en que se pasa de la expresión pura del pensamiento intolerante al acto de intolerancia. Lo primero conlleva el riesgo de una democracia con excluidos y además al riesgo de una democracia tutelada, porque debe haber alguien en algún lugar que establezca los límites entre lo prohibido y lo permitido. Lo segundo conlleva el riesgo de que la tolerancia frente a la exposición sostenida de ideas intolerantes, más tarde o más temprano conduzcan a actos de intolerancia, y a veces ese más tarde supone que no hay forma de evitar que la intolerancia se transforme en confrontación abierta, en ausencia de convivencia.

Ambas visiones tienen dos momentos en común. Uno, algo utópico (factible en cortos periodos de sociedades cerradas) que es cuando no hay ninguna manifestación de intolerancia, porque toda la sociedad se mueve dentro de las mismas ideas, valores y parámetros de conducta. El otro, cuando las diversas ideas intolerantes, a su vez intolerantes recíprocamente, pasan al campo de la acción y además son mayoritarias, como ocurriera en las postrimerías de la Alemania de Weimer. Una minoría que se considere democrática no puede imponer la democracia, y si lo hiciere por la fuerza, ya no sería democrática. Una tolerancia absoluta en una sociedad mayoritariamente intolerante implica el fin de la tolerancia.

ACERCA DE MERIENDA DE NEGROS

El artículo del pasado domingo provocó algunas confusiones, particularmente en sectores sensibles al tema puntual. A cuenta de mayor abundamiento: más allá de ese tema puntual (que refiere no solo a negros sino a todo sector social discriminable negativamente) el artículo plantea la dicotomía - en una democracia (poliarquía) - entre una democracia solo para los demócratas o una de libertad irrestricta; y el autor no se pronuncia a favor de una ni de otra, solo insinúa los riesgos de cada opción. El primer modelo considera punibles las opiniones contrarias a los valores básicos de esa sociedad (racismo, lucha de clases, sexismo, nazismo, comunismo, lucha armada para cambiar el poder) y llega hasta prohibir partidos u organizaciones que los pregonen. El segundo modelo considera que el derecho a opinar es irrestricto (es lícito expresar opiniones racistas, sexistas, xenófobas, como es lícito quemar la bandera nacional), lo que no impide que esas ideas (o actitudes) fueren rechazadas por la gran mayoría de la sociedad (es decir, se puede a la vez defender el derecho a expresar las ideas y combatir duramente esas ideas). El primer modelo tiene el riesgo de una democracia limitada (donde alguien en algún lugar marca la frontera de las ideas permitidas de las no permitidas). El segundo modelo tiene el riesgo que se pase de ideas intolerantes a actos de intolerancia, de combatir la democracia a subvertir la democracia, y el que permitir expresar opiniones intolerantes derive en la incitación a la intolerancia o el expresar opiniones antidemocráticas derive en el derrocamiento de la democracia. Son dos modelos, cada uno con sus virtudes y sus riesgos.

Aclaración publicada en El Observador – febrero 18 de 2007

 

Publicado en diario El Observador
febrero 11 - 2007