A la búsqueda del apoyo propio
Oscar A. Bottinelli
 

La presidencia o liderazgo del Frente Amplio es una función asaz compleja, ya que es el líder de todo el conjunto partidario – reconocido como tal por todos, aceptado por todos - pero no lidera directamente ninguno de esos sectores. No hay un solo legislador frenteamplista sentado en el Senado o la Cámara que esté allí porque su nombre haya sido escrito en una lista por Tabaré Vázquez o anteriormente por Liber Seregni. Hay siete corrientes con representación parlamentaria y una octava fuera del Parlamento pero con peso en las bases, y cada una de ellas tiene su propio líder o su propia dirección. La diferencia sustancial entre Vázquez y Seregni es que el actual mandatario goza de una base electoral propia, difícil de cuantificar con exactitud, pero significativa: hay una proporción importante de los votantes que lo hicieron exclusivamente por la persona de Tabaré Vázquez y luego canalizaron ese voto a través de una de las listas, pero a las listas como opción secundaria. Quizás Seregni tuvo un peso similar al de Vázquez en el electorado (proporcionalmente hablando) en los comicios de 1984 y un peso similar o aún mayor en la opinión pública en la primera mitad de los ochenta (más exactamente entre 1982 y segundo semestre de 1985 o primer semestre de 1986).

Cuando fue presidente, Luis Alberto Lacalle no solo era el presidente de la República sino el líder de los seis décimos del Partido Nacional. En la misma función, en su segundo mandato, Julio Ma. Sanguinetti era el primer mandatario y el líder de los ocho décimos del Partido Colorado. Jorge Larrañaga es el presidente del Partido Nacional y el líder de los seis décimos de esa colectividad. Ninguno de los tres es o era el líder aceptado como tal por la totalidad de su propio partido. La gran mayoría de los legisladores blancos bajo el gobierno de Lacalle o la presidencia partidaria de Larrañaga se sentaron en sus bancas porque su nombre fue puesto con nombre y apellido por el líder, o necesitaron del explícito respaldo del líder para convocar a los votantes. La gran mayoría de los legisladores colorados bajo la presidencia de Sanguinetti se sentaron en el Palacio Legislativo de la misma forma.

El liderazgo en los partidos tradicionales tiene la ventaja de partir de un peso propio y automático mayoritario, se puede decir que la obediencia debida (obediencia voluntaria) de la mayoría de los legisladores del partido. Su relación con la minoría tiene un algo de pacto, de negociación, de concesión recíproca, sin perjuicio que en esa negociación el presidente (de la República o del partido) tiene mayor peso y está en ventaja; pero no cuenta con todo un partido ciegamente detrás suyo. El liderazgo frenteamplista parece a priori más fuerte en tanto todos aparecen como fieles seguidores del líder, pero no hay seguimiento automático ni obediencia debida. Es un complicado juego de mando y de negociación con los líderes del segundo nivel.

Por otro lado, los líderes mayoritarios en los partidos tradicionales compiten contra los líderes de las fracciones minoritarias de su propio partido. En el Frente Amplio el líder en principio no compite con nadie, pero por un lado está sometido a la competencia de los sectores entre sí y de los líderes sectoriales entre sí, y por otro lado en esa competencia de segundo nivel surgen rivalidades y competencias soterradas con el líder general. Siempre el líder frenteamplista cuenta con sectores más independientes y adversos, y con sectores más alineados, ya fuere por largo tiempo o temporalmente. Y esas apoyaturas muchas veces tienen algo de pacto y suponen alguna concesión.

Parece que en este momento el presidente de la República ha ingresado en la etapa en que la falta de apoyatura propia le significa costos y el juego competitivo entre los sectores y los líderes de segundo nivel le afectan el gobierno y su conducción. Hay un juego de Astori, cada vez más fuerte, más claro y con más nítidas pretensiones electorales. Hay un juego anti-Astori que tiene mucho de divergencia ideológica y un tanto de oposición a su estilo personal e inconsulto. Hay un juego de Mujica que para la opinión pública aparece como el gran componedor, el que comprende a todos y encuentra las soluciones, pero que ese juego y esa imagen supone un desplazamiento de la figura presidencial: no es el presidente ni los que actúan en su nombre los que componen o encuentran soluciones, sino un líder de segundo nivel, casualmente quien encabeza el sector más votado tanto en las elecciones preliminares como en las nacionales y en las internas del FA.

El presidente cuenta con el apoyo casi incondicional de Alianza Progresista, que como contraparte cuenta con una fuerte sobre representación en el gobierno. Pero por más proximidad que haya, no es su sector. Por otra parte falló el operativo al interior del Partido Socialista. El tabarecismo logró la Secretaría General, un cuarto del Comité Ejecutivo Nacional y un cuarto del Secretariado. Pero no logra controlar al partido, el cual está más dividido (o son más parejos los alineamientos) sobre cuestiones de personas y estilos de conducción que sobre cuestiones ideológicas. Es bastante claro que en temas como el TLC más de dos tercios del Comité Central adhieren a posiciones altamente desconfiadas de los Estados Unidos. Pero el presidente necesita lograr lo que Seregni no logró: tener un apoyo propio e incondicional, en que los apoyantes no tengan otro interés ni otro objetivo que el éxito de Tabaré Vázquez. Por ahí parecen andar algunos de los movimientos en torno a la propuesta reeleccionista. Hay un proyecto tabarecista a la vista como hubo en sus momentos – y naufragaron, porque fueron más de uno – proyectos seregnistas.

 

Publicado en diario El Observador
febrero 4 - 2007