Presidente, medicina y pesca
Oscar A. Bottinelli 

Desde que asomó a la vida pública al despuntar el invierno de 1989, Tabaré Vázquez asombró a propios y extraños. Para empezar, logró para el Frente Amplio lo que le había sido esquivo en las dos oportunidades anteriores: el gobierno municipal de la capital de la República. Desde entonces su manera de tomar la política y la administración, la forma en que usa su tiempo, han motivado muchos comentarios, análisis y reflexiones.

Es que como primer mandatario va poco por su despacho (mucho menos que cualquiera de sus tres antecesores); declara que no le gusta la política; debe ser el primer jefe de Estado y el primer jefe de Gobierno del mundo, en muchísimo tiempo, que ejerce el cargo en régimen de múltiple empleo. También a veinte meses de asumir el mando obtiene la aprobación de la mayoría absoluta de la ciudadanía (siempre ha estado por encima del 50%), así como crece la economía del país, la recaudación fiscal y el ingreso de los hogares, a la vez que cae la pobreza. A la vista de estos datos contradictorios, en particular la distancia que hay entre su dedicación y la valoración de la gente, entre su vocación y los resultados, es conveniente comenzar a desmenuzar las distintas complejidades del primer mandatario, en particular la dedicación a su cargo, el uso de su tiempo, su relación con la política.

El presidente pasa mucho tiempo ausente de su despacho. También pasa mucho tiempo en salidas a pescar. Y esto cada vez es más objeto de comentario. Viene a cuento la pregunta que formulaba el antropólogo brasileño Luiz Marins: ¿por qué creen que esos directivos de empresas multimillonarias ganan sueldos de seis cifras, cuando se pasan todas las tardes jugando al golf? La respuesta surge obvia: porque les pagan para pensar, para despachar papeles les sobran ejecutivos, gerentes y secretarias. También viene a la memoria la imagen de ministros y presidentes de empresas estatales, actuales y pasados, que llegan a su despacho apenas amanecer y se retiran cerca de la medianoche, largas jornadas entre reuniones y atender gente; y uno se pregunta: ¿y cuándo tiene tiempo para pensar? ¿cuándo tiene la serenidad necesaria para tomar decisiones cruciales?

El eficiente uso del tiempo de un gobernante, de un administrador o de un empresario, implica también tomarse las horas suficientes para meditar, sopesar y decidir en calma. Nunca hay que olvidarse que cuanto más alto se está más soledad se tiene, por gregario que sea el individuo. Y que las decisiones de un presidente siempre son decisiones en solitario, que él es el único y último responsable de las decisiones que tiene que tomar. Entonces, el tema no es cuánto va el presidente a su despacho ni cuántas horas destina a pescar, sino qué hay en su cabeza en ese tiempo en que no va a su despacho, en ese tiempo en que está a la vera de un río. Ahí está el quid, lo que en definitiva hay que averiguar.

Otro cantar – en cuanto a dedicación al gobierno – es el tiempo que dedica a la medicina o a la lectura de la medicina, porque ahí la cabeza del presidente gira en torno a medicina, enfermedades, pacientes, salud, vida y muerte. Y ese sí es un tiempo mental que le roba al pensar el país, a pensar el gobierno, a sopesar decisiones. No solo es tiempo mental, la libido está en otro lado, no está puesta en gobernar.

La relación con la política es otra cosa complicada. Es un hombre extraño al mundo político e incluso al mundo parapolítico, como pueden ser disciplinas como derecho, ciencia política, sociología, economía o historia, o el mundo militar. Esa ajenidad supone un gran déficit de conocimiento, no solo del que emana de los libros, sino del que surge de la experiencia, del aprendizaje de una vida en que se observa cómo se actúa y cómo se decide, cuáles son las reglas y cuáles son los códigos. Pero esa misma ajenidad es una gran ventaja hacia la gente, y en una doble vía. Porque la gente lo siente como alguien diferente y en esa diferencia lo percibe como más cercano a sí mismos; y además porque la percepción que el presidente tiene de la gente no aparece contaminada por códigos y claves. Esa relación particular de Vázquez con el hombre y la mujer comunes es lo que lo catapultó a primera fila del escenario, apenas llegado a él; y es lo que le permitió generar esa fuerte adhesión mayoritaria que aún conserva, pese al desgaste de casi dos años de gobierno. Es que desde el punto de vista de la opinión pública, el oficialismo estaría en una situación mucho más difícil si no fuese por el fuerte soporte que da la adhesión personal de la gente a la figura de Tabaré Vázquez. Además, en un periodo histórico en que las sociedades desconfían de los políticos, el percibir al presidente como un hombre ajeno a la política deviene en un activo.

El tema es que como es auténtico en su ajenidad a la política, eso supone que tiene fuertes resistencias a aprehender reglas y códigos, a leer en profundidad las lecciones de la historia. Y eso determina que sus éxitos y fracasos estén mucho más ligados que en otros gobernantes al acierto o al error en la elección de sus colaboradores, de sus ejecutores, de sus asesores, ya fuesen hombres de su entorno personal o ministros o presidentes de empresas públicas. Hasta ahora, tanto en la Intendencia de Montevideo como en estos veinte meses como presidente, ha sido mucho más lo que ha funcionado su olfato que lo que ha fallado.  En pocos meses, o pocas semanas, le va a tocar poner a prueba una vez más esa capacidad para calibrar a la gente. Y en las decisiones que tome en solitario, con muy pocas consultas, quizás sí con mucha reflexión a la vera de un río, se va a definir y mucho la suerte de un gobierno en el momento de encarar lo que prácticamente es el comienzo de la segunda mitad de su mandato, del tiempo efectivo de realizaciones.

 

Publicado en diario El Observador
noviembre 12
- 2006