El pasado, ese fantasma que ronda
Oscar A. Bottinelli 

El año pasado se cumplió el 60° aniversario de la finalización de la Segunda Guerra Mundial, lo que en Italia supuso conmemorar “La Liberación”, es decir, la rendición de las tropas alemanas en territorio itálico y el fin último del régimen fascista cuyos residuos se expresaban en la República Social Italiana, también conocida como la Repubblica di Salò.  Esa conmemoración supuso la existencia de conferencias, actos públicos, mesas redondas, debates televisivos. La sorpresa para un observador desde estas tierras remotas fue advertir - a seis décadas de ocurridos los acontecimientos - el grado de pasión, de furia y de dolor, latiente entre los hijos de los partisanos y los hijos de Salò, los hijos de los fusilados y de los torturados por los camisas negras, y los hijos de los fusilados y de los humillados por los partisanos. La frase de Mujica – habrá que esperar a que estemos todos muertos – en Italia no había funcionado en plenitud, porque los dolores y las rabias las mantenían vivas los hijos de los unos y de los otros, o algunos hijos de los unos y de los otros.

El pasado reciente de esta tierra es un fantasma que ronda sobre una sociedad en la que muchos individuos sufrieron y esos muchos son distintos muchos. Porque están los hijos de los desaparecidos y los hijos de los muertos por distintas causas, distintas razones y desde posturas ideológicas diferentes, que son varios cientos. Los de los muertos notorios (cuya muerte conmueve mucho) y los que el senador Lorier llamó los hijos anónimos, de cuyas muertes no se habla, como los ocho comunistas de la seccional 20, fusilados en el Paso del Molino, sin haber participado en un solo hecho ilegal o violento, sino fusilados por sus ideas. Pero están las víctimas vivientes, los que en carne propia sufrieron tortura, prisión, despidos - que quiere decir que en sus hogares se padecieron duras penurias materiales, que es una forma de tortura – y destierro. Porque cabe no olvidar que el exilio puede ser más dorado o más negro, pero hace dos milenios que los griegos concibieron que una de las mayores penas era la que se escribía en una concha de ostra (el ostrakon), la pena de destierro, que por eso pasó a llamarse ostracismo. Todos estos dolores y rencores están en ese pasado que ronda.

Hace unos pocos años - ¿tres, cinco, siete? – de estos temas se hablaba y se escribía con la frialdad de los hechos históricos, en el afán de buscar qué es lo que ocurrió, cómo sucedieron los hechos, cuáles fueron las causas. Se pudo hablar y escribir, y se pudo leer y escuchar, sin que las pasiones aflorasen. El presidente Vázquez llegó a hablar de que “Todos somos culpables”. La pregunta que uno mismo se hace es: ¿hoy es posible escribir sobre el pasado con la frialdad de investigador, es posible que sea aceptada una actitud tal? La respuesta parece ser que no, el pasado está tan vivo como el presente, y al ver las pasiones que se suscitan, capaz que está más vivo el pasado que el presente.

En este tema, El Pasado, con mayúscula, que quiere decir un periodo bien determinado de la vida del país, la sociedad uruguaya está profundamente dividida. Pero no hay un eje sino varios ejes de división. Un primer eje, un primer clivaje, es el que tiene que ver con las causas de que haya existido El Pasado, si fue producto de una fascistización o gorilización de segmentos importantes del poder y de la sociedad, si fue la consecuencia del haber desatado acciones guerrilleras en medio de una democracia liberal en pleno funcionamiento, si hubo dos demonios enfrentados que fueron cocausantes, o un conjunto mayor de teorías y explicaciones. Un segundo eje tiene que ver con qué se hace con El Pasado, si se cierra de un plumazo, se deja atrás, para pacificar el país y construir el futuro, o si la construcción del futuro solo es posible a partir de revisar el pasado, juzgar lo juzgable, penar lo punible, en definitiva hacer justicia; es la dicotomía entre la famosa frase de Vlacav Havel “que el pasado no nos impida construir el futuro” y la frase de un viejo pensador “si no hay justicia, ni pervivirán los buenos valores”. Un tercer eje es entre quienes piensan que hay que equiparar los hechos de la dictadura (y también de la pre-dictadura) con los hechos protagonizados por los grupos guerrilleros; y quienes consideran, con Jiménez de Asúa, que el delito de Estado es más grave e imperdonable que el delito que se comete con un propósito de justicia y de progreso (y va de suyo que se considera que lo hecho por grupos guerrilleros fue en afán de justicia y progreso, no así lo hecho desde el Estado).

Pero además de clivajes hay tonalidades. Una cosa es estar dividido en función de uno, dos o tres ejes con el espíritu de comprender al que está del otro lado, y además, como pasa en momentos de alta tolerancia, admitir un degradé en las posiciones; y otra cosa es considerar que sólo se es bueno si se está de un lado y se es grave pecador si se está del otro, que de un lado hay razón y del otro sinrazón.

Es claro que si El Pasado ha revivido es porque en la sociedad no se logró el consenso para dejarlo atrás, y las fuerzas para revivirlo fueron crecientes y eficaces. También es claro que pasada la ansiedad por la vida en democracia y con libertades, el ver qué pasó y horrorizarse por muchos hechos de ese pasado termina impactando a una mayoría de la sociedad. Y asimismo es claro que el comenzar a ahondar en El Pasado lleva inexorablemente a que surjan reclamos de mayor ahondamiento, que todo se indague, que todo salga a luz, que todo se divulgue.

Entonces, aquí vienen los dilemas para la sociedad, las dirigencias política, el gobierno, el presidente: ¿se tiene claro a dónde se quiere llegar? ¿se tiene claro hasta dónde se intenta profundizar y dónde se quiere parar? ¿se quiere parar en algún punto? ¿se evalúan los límites de aceptación de los diferentes segmentos de la sociedad? ¿hay consenso en cuáles son las lecciones del pasado que se quieren trasmitir hacia el futuro?

 

Publicado en diario El Observador
octubre 8
- 2006