Las pistas de los meses venideros
Oscar A. Bottinelli 

El futuro del Uruguay de cara al exterior, que es decir también de cara a sí mismo, depende mucho de lo que haga y otro tanto de lo que ocurra más allá de su voluntad. Hay temas en que el país (su gobierno, sus elites, su gente) tiene las cosas claras y - en medio de las confusiones que dominan la región – al menos tiene cierta idea de los distintos rumbos que puede tomar o por donde tantear; y también hay claridad en las diferencias que hay dentro del país, y que requieren que se discutan o al menos que sedimenten con el paso del tiempo.

En lo sustancial es importante esperar qué ocurre en cuatro esferas: la medida cautelar requerida por Argentina ante la Corte Internacional de Justicia con sede en La Haya; los créditos solicitados por Botnia y Ence a la Corporación Financiera Internacional; las elecciones presidenciales y legislativas en Brasil; y el grado de avance que se logre en las negociaciones comerciales con Estados Unidos. Y un quinto tema: qué diablos se le ocurrirá hacer contra Uruguay a un gobernante tan poco racional como Néstor Kirchner, investido además de poder absoluto.

La Corte Internacional puede ir por tres caminos: aceptar la medida cautelar solicitada por Argentina y disponer la suspensión de las obras hasta determinado momento; rechazar la medida cautelar dentro de los próximos seis meses; no pronunciarse en ese lapso. La primera alternativa es un claro triunfo argentino y una fuerte derrota uruguaya, ya que una suspensión si llegase a ser hasta el fallo definitivo, comprometería los propios emprendimientos. La segunda opción, a la inversa, es una feroz derrota argentina y un claro triunfo uruguayo; a partir de allí no hay quien pueda obligar por medios pacíficos a que las obras se detengan. La tercera opción mantiene el problema en vilo, pero otorga una ventaja a Uruguay, ya que cuanto más se dilate la definición del tema, particularmente en lo cautelar, mejor para este país.

Uruguay ya logró dos puntos importantes en relación a la Corporación Financiera Internacional, subsidiaria del Banco Mundial: que el fuerte planteo del presidente Vázquez al presidente del Banco llevase a esta institución a acelerar los ritmos y que la Unión Europea juegue a la par de Uruguay en empujar a la Corporación a rápidas definiciones. Si esto termina en que al cabo del semestre se concedan los créditos, es un gran triunfo para el país, tan grande como lo sería en tanto derrota la no concesión de los créditos. A diferencia del tema anterior, en el caso de la Corporación los tiempos juegan a favor de Argentina: la no resolución opera en contra de los intereses orientales. En la combinación de ambos factores, el sí o el no a las medidas cautelares y el sí o el no a los créditos, se juega el triunfo de uno o de otro, o la posibilidad de algún empate.

Las elecciones en Brasil pueden ayudar a despejar el camino sobre el futuro de la región, al menos por el solo hecho que el nuevo presidente (o el actual presidente en un nuevo mandato) tienen despejado el camino por cuatro años. Lo que no hay claridad alguna es qué significa para la integración regional, para el Mercosur y en especial para Uruguay, el que Lula sea reelegido o el que Lula sea rechazado. Porque del actual presidente se sabe lo que ha hecho y lo que no ha hecho, se conocen sus fortalezas y sus debilidades. De sus adversarios no es posible deducir nada claro ni interesante en materia de integración o de política exterior. Por lo tanto, a diferencia de los otros dos temas, aquí lo que importa es que va a haber una definición electoral y tras ella habrá que esperar los primeros pasos presidenciales para recién entonces atisbar algo.

Y por último es de alta relevancia a dónde arriban en octubre las negociaciones uruguayo-norteamericanas, cuando se reúna en Montevideo la comisión bilateral que estudia la profundización y ampliación del comercio entre ambas naciones. Lo más importante es qué gana Uruguay y qué es lo que concede, y a la inversa qué cosas le quedan por el camino y qué pierde con el acuerdo. Porque en todo tratado comercial, en absolutamente todos, dentro de un mismo país hay ganadores y perdedores, y quienes son unos (cuántos, con qué nombres, cuánto pesan) y quienes son otros va a ser sustancial a la hora de definir los apoyos y las oposiciones al tratado, acuerdo, convenio, concordato o pacto de libre comercio, o de comercio, o de intercambio de bienes y servicios. Como viene la cosa, tan importante como el contenido va a ser el continente, el cómo se va a llamar la cosa.

Parece entonces que al país le queda otear el horizonte, seguir abriendo caminos, explicar sus razones y esperar la definición de estos cuatro puntos. Pero en esta espera debe estar necesariamente vigilante de los pasos argentinos, porque si en algo es maestro el presidente de la vereda de enfrente es en hacer provocaciones, generar conflictos y levantar temperaturas. Y sería bueno que quienes tengan en sus manos la previsión estratégica, vayan trazando en el pizarrón todas las opciones de agresión que se le puede ocurrir al virrey si su todopoderoso ego recibe dos heridas narcisistas en simultáneo, como pudieren ser un rechazo a las medidas cautelares y la concesión de los créditos.

Quizás al país le convenga (además de planificar, prever, establecer todas las hipótesis de conflicto y seguir auscultando a la región, el hemisferio y el mundo) seguir zurciendo con la mayor discreción una red de apoyos y por otro lado bajar el tono, eludir la controversia. La continuidad silenciosa e ininterrumpida en la construcción de las plantas sirve más a Uruguay que el boxeo verbal. Y además, tratar de separar lo que Argentina juntó y la desprolijidad uruguaya ayudó a juntar: que una cosa es bloquear la libre circulación y otra diferente construir plantas de celulosa; que lo uno y lo otro no van de la mano. En unir los temas y presentarlos como uno solo con dos caras reside el éxito transitorio del país vecino.
 

Publicado en diario El Observador
mayo 14 - 2006