Lo profesional y lo amateur
Oscar A. Bottinelli 

El filme “Lo que queda del día”, protagonizado por Anthony Hopkins y Emma Thompson, es un relato presumiblemente inspirado en el “Círculo de Cleveden”, ese núcleo de aristócratas y grandes burgueses británicos, franceses y alemanes aficionados a los juegos diplomáticos que giró en torno a Lady Astor en los años treinta. En una de las escenas, al final de una cena, un joven millonario y congresista norteamericano (actuado por Christopher Reeve) dice algo así como “en estos tiempos la diplomacia no es para gentlemen amateur” y brinda por los diplomáticos profesionales.

La diplomacia supone el manejo de las relaciones exteriores desde la conducción del Estado y del gobierno, la conducción del servicio diplomático y la política exterior, y la ejecución de la diplomacia. Esta última supone el establecimiento y mantenimiento de una red de relaciones personales que sirvan de canales de información y comunicación, la capacidad de obtener información adecuada (y su correcta valoración) y la capacidad de negociar. Negociar en diplomacia supone el uso de todos los métodos y técnicas, como reuniones, conversaciones, diálogos, diálogos al pasar en medio de un cóctel, sesiones formales de trabajo y negociaciones formales. Diplomacia profesional supone realizar todo ello con el rigor y conocimiento de un profesional, ya fuere profesional en la política o profesional en la diplomacia propiamente dicha. Y profesionalidad política supone no sólo la ejecución por parte de quienes ejercen el gobierno, sino también la capacidad de entendimiento, vigilancia, colaboración y crítica de quienes se sitúan en la oposición.

Políticos de todos los partidos, sindicalistas, actores sociales, empresarios, intelectuales, formadores de opinión y ciudadanos de todo tipo convergieron en un espontáneo consenso nacional. Pero ese consenso nacional presentó fisuras derivadas esencialmente de la falta de profesionalidad de los unos y los otros en el manejo de las cosas.

Por un lado, no hubo un manejo colectivo de la crisis con Argentina por parte del sistema político, es decir, reuniones diversas, de ida y vuelta, entre el presidente de la República y los presidentes o secretarios generales de los demás partidos, como ocurriese durante la primera presidencia de Sanguinetti para manejar la transición, o del presidente con los líderes de todos los sectores como lo hizo Lacalle para procesar la creación del Mercosur. Hubo una foto en Suárez para enviarle a Argentina como señal de unidad nacional y nada más que una foto. Un frente nacional supone necesariamente que todo paso es consensuado por al menos todo el sistema político y que el consenso se rompe, si ocurre, sólo cuando dentro del sistema no hay posibilidad alguna de consensuar caminos o pasos. Obviamente no hay consenso que sobreviva a la decisión unilateral del presidente de la República de virar 180 grados el sábado 11 de marzo en Santiago de Chile, y luego volver a virar otros 180 grados desde la mañana del lunes hasta completar el giro.

Un principio fundamental de un manejo profesional, regla válida urbi et orbi desde hace no menos de 200 años, es que en medio de un conflicto exterior no se cambia ni se pide ni se insinúa el cambio del jefe del gobierno o del jefe de la diplomacia, ni de un primer ministro ni de un canciller, ni tampoco al embajador u embajadores en los países con quienes se tiene conflicto ni en las sedes donde se diriman o arbitren los conflictos. Cualquier cambio o insinuación de cambio es necesariamente una señal de que se piensa cambiar de rumbo, de objetivos o de firmeza. En ese momento y solo para eso se efectúan los cambios. Esta regla no se cumplió en el país. De un lado de la oposición política: desde el Partido Nacional, la lista 15 y o alguien del Foro Batllista se pidió la renuncia del canciller en medio del conflicto, que más o menos quiere decir que se pidió un cambio de rumbo, porque esa es la señal que se da y se entiende en el lenguaje diplomático. Pero también desde el entorno presidencial se deslizaron rumores a la prensa, semana a semana, sobre la sustitución del canciller.

No es profesional abrir un abanico de negociaciones en distintos planos y niveles, donde un ministro de Ganadería de un país se reúne con un canciller del país enfrentado para discutir temas diplomáticos y no ganaderos. Donde asesores presidenciales se reúnen con asesores presidenciales. Donde diversos gestores de buenos oficios hablan con otrols gestores de buenos oficios, sin que todo ello fuese parte de un operativo absolutamente coordinado y concertado. Y por supuesto, en medio de un conflicto internacional no hay espacio para los juegos chicos de poder, ni en el gobierno ni en la oposición. Solamente una Francia en descomposición pudo exhibir al mundo interpelaciones al gobierno y cambios de primer ministro mientras las tropas alemanas irrumpían y avanzaban en su territorio; el juego de poder terminó cuando la bandera nazi ondeó sobre la Torre Eiffel.

Si la jefatura de la diplomacia falla, si la embajada en el país en conflicto fallan, eso se dirime al finalizar el conflicto, o cuando se cambia de rumbo, pero no antes. Y ahí, recién ahí, se cobran todas las cuentas habidas y por haber. Sin duda cuando todo esto termine, el país necesita un desapasionado debate sobre temas de fondo como el de su inserción internacional. Pero necesita imperiosamente, si es posible con la misma frialdad, un profundo análisis sobre mucho temas de comportamiento y procedimiento, que abarcan la forma de operar del presidente de la República (y la propia estructura de personalidad del primer mandatario), el funcionamiento del canciller y la cancillería, el papel y los juegos de poder del entorno presidencial, lo correcto o incorrecto de la representación diplomática en Buenos Aires, la forma de operar de los diversos sectores políticos de oposición.

 

Publicado en diario El Observador
marzo 19 - 2006