Los equilibrios en el gabinete
Oscar A. Bottinelli
 

El estilo de conducción de Tabaré Vázquez, como se ha escrito en varios análisis, se caracteriza esencialmente por una delegación plena de la conducción en las áreas respectivas, el juego pendular entre las posiciones de los diversos actores de segunda línea, el arbitraje de las disidencias y en ocurrencias la imposición de una línea propia. Casi todo el juego político del gobierno se centra en el juego de poder al interior del gabinete, y ese juego es tan absorbente y dominante, que ahoga la posibilidad del juego de la oposición. Más bien hay que decir que se juega en el gabinete y en los entornos presidenciales, entornos que actúan fundamentalmente mediante la incidencia sobre el propio primer mandatario, los trascendidos de prensa o la orquestación de campañas de rumores.

En el primer semestre fue clara la existencia de un conjunto de líneas que se agrupaban y reagrupaban según los temas. Basta recordar los alineamientos iniciales respecto al Tratado de Inversiones con Estados Unidos. De un lado estuvieron el vicepresidente Nin Novoa, Astori y Lepra, que anunciaron la ratificación del tratado antes de fin de año, tal como estaba, sin modificaciones. Del otro aparecieron, en una conjunción que ya no se repetiría más, Mujica y Marina Arismendi, en el rechazo frontal. Y en el medio Gargano, que postuló modificaciones al Tratado como condición para su aprobación. Fue la línea triunfante, así lo remarcó específicamente el presidente de la República. Sin embargo, operaciones desde el equipo económico y el Edificio Libertad, más un periodismo muy pronto a amplificar todo lo que debilitase al canciller, presentaron los hechos de manera diferente, como un triunfo del equipo económico. En ese entonces se impuso el canciller, con el explícito apoyo presidencial, a mitad de camino entre Mujica y Astori.

El segundo semestre marca un escenario diferente. Al promediar el año de gobierno se consolida una línea de entendimiento y colaboración política entre los líderes de las dos principales fracciones, medidas desde el punto de vista electoral: el titular de Economía y el ministro de Ganadería (que es más un jugador libero que una verdadera cabeza de dicasterio). Mientras jueguen en yunta, constituyen una fuerza de extraordinario peso, a la cual cuesta le cuesta contrabalancear al presidente, al menos por si solo.

En este segundo semestre se han producido en el Consejo de Ministros varios debates de mucha profundidad política, que han tenido de un lado a este eje dominante y como contraparte, en una línea ideológicamente más dura o más tradicional, a los titulares de Relaciones Exteriores y de Interior, es decir, a dos figuras que tienen o han tenido muy fuerte peso político en el Partido Socialista en las últimas cuatro décadas. Hasta aquí el equilibrio actual. Ideológicamente Marina Arismendi tiende a coincidir con esta línea más ideológica, pero por un lado se corre cada vez más a la izquierda y por otro juega su propio juego en solitario (ella con su partido), en el Ministerio, en el movimiento sindical y en el Parlamento.

En principio a Vázquez le sirve que haya equilibrio, que el poder no decante hacia un ministro o conjunto de ministros en particular, porque eso refuerza su papel arbitral. Máxime cuando se visualiza una creciente pérdida de peso del vicepresidente de la República, cuyas palabras cada vez con más frecuencia requieren de aclaraciones o contradeclaraciones. Aunque el presidente cuenta siempre con una baraja de ministros que le responden personalmente y que en principio cada cual se ocupa de su juego.

Sin duda en todo este juego de poder hay un jugador tapado, que pasa deliberadamente inadvertido, como lo es el titular de Transporte y Obras Públicas. Más tarde o más temprano, quizás ya empieza a acercarse el momento, es de esperar un salto suyo al medio de las candilejas. Puede operar exclusivamente hacia la opinión pública sin entrar en los juegos de poder, equilibrios y desequilibrios del gabinete. O puede además operar en los juegos de poder. No hay que olvidarse que en sus manos estuvo el peso de la Intendencia Municipal de Montevideo a lo largo de casi toda la administración Vázquez.

Este año seguramente van a haber recambios en el gabinete, más tarde o más temprano. A esta altura más que noticias hay presuntas noticias que son parte de operaciones políticas para desplazar a alguien o afirmar a algún otro. Pero esos recambios van a tener que ver con muchos factores y no solo con uno. Porque no se trata del relevo gerencial en una empresa, sino del cambio de una jefatura política en un departamento político, y el cambio de un asiento en un Consejo de Ministros que ha tomado un rol cada vez más fuerte, en una más intensa colegialización del funcionamiento ordinario del gobierno (el extraordinario queda reservado al poder personal y solitario del presidente). Las salidas y entradas en escena pues van a tener en cuenta cuatro elementos: Uno es sin duda el desempeño habido y el esperado desde el punto de vista funcional al frente de la cartera. Dos, el desempeño desde el punto de vista político en relación a diversos actores (la interna de la izquierda, los movimientos sociales, la oposición). Un tercer factor fundamental es cómo afecta el conjunto de cambios ministeriales dentro de cada una de las siete corrientes principales del Frente Amplio y en el juego entre esas siete corrientes. Y como cuarto factor cuánto se mantiene de equilibrio y cuánto se desequilibra el gabinete, sobre todo cuánto el recambio pueda contribuir a la conformación de un centro de poder ministerial que limite la incidencia presidencial y cuánto se mantienen los equilibrios de poder para dejar al presidente ese poder decisorio que le resulta fundamental a su estilo de conducción.
 

Publicado en diario El Observador
marzo 12 - 2006