El hombre caminó por el pretil
Oscar A. Bottinelli
 

Tabaré Vázquez no es un político de mentalidad ajedrecística, es decir un hombre que en la política se mueve con fijación específica de objetivos principal y secundarios, definición de estrategia, evaluación de táctica y planes alternativas, cronogramas. Más bien es un alquimista que se plantea objetivos más o menos genéricos y que se mueve por el procedimiento de ensayo y error; la sucesión de pruebas va determinando por donde no hay que ir y por donde hay que ir, las diferentes reacciones permiten observar cuánto de acierto y cuánto de error. Como no se mueve con minerales sino con seres y humanos, en ese juego de ensayo y error vale mucho la percepción psicológica de la gente, en sus diferentes niveles y manifestaciones: de la gente de a pie actuando de a uno y en masa, de las elites políticas, militares, empresariales, intelectuales. Y en eso el presidente de la República es un fino conocedor de la naturaleza humana y un profundo perceptor de las flaquezas y debilidades de cada quien. A esas dos condiciones agrega una tercera: aunque no sea un jugador, como otros líderes políticos (que por ejemplo apuestan a los caballos), tiene cierta mentalidad de jugador, de hombre que en ciertas circunstancias arriesga más allá de lo que otros considerarían prudente. Le gusta caminar por el pretil.
Si hay un tema en que el candidato presidencial y luego el presidente de la República caminaron por el pretil es el tema comúnmente llamado de los derechos humanos, o también denominado el tema militar, o más exactamente el de los efectos emergentes de violaciones a los derechos humanos por parte de las fuerzas del Estado durante el periodo de facto, periodo hoy denominado por casi todos como “la dictadura” y por unos cada vez más pocos, “el proceso”. Como se sabe, este tema contó con la sostenida militancia de un grupo no muy numeroso de personas, definidas como “defensores de los derechos humanos”, que bregaron durante varios lustros en cierta soledad, de masas y de grupos políticos. No mucho más allá de seis años atrás el tema pasó a tener mayor envergadura, mayores apoyos, hasta adquirir la dimensión que alcanzó el año pasado. La lógica de los hechos, en lo cual fue fundamental la acción de esos grupos militantes centró el tema en los detenidos-desaparecidos y, como un foco principal, en la aparición de los restos de los desaparecidos, sobre cuya muerte no existía de nadie duda razonable.
En este año el presidente logró en este campo un éxito más allá de todo pronóstico prudente. Los logros podrán ser pocos para las esperanzas de unos cuantos, y hasta para la necesidad espiritual de muchos. Pero desde el ángulo analítico, superó las expectativas. Demostró muchas cosas y a muchos, a políticos, militares y analistas:
Primero. Que existía una percepción congelada sobre el espíritu de la oficialidad militar y en particular de la oficialidad superior, como si al promediar la primera década del siglo XXI todavía rigiese la mentalidad, valores y prejuicios dominantes al promediar los pasados años ochenta. Que el paso del tiempo hizo su obra
Segundo. Que esa percepción estaba robustecida por el sostenimiento desde el poder político de una postura de dureza, aferrada a la no apertura de investigaciones o a la investigación mínima. En consecuencia, cambiada la postura del poder político se encontró que podía haber más apertura de la esperada o de la sostenida
Tercero. Que no existen bolsones significativos y con alto poder como para resistir el cambio que se viene operando.
Cuarto. Que había posibilidades de obtener más información de lo que se suponía podía obtenerse, inclusive mucho más de lo que logró la Comisión para la Paz, que logró mucho y fue muy exitosa
Quinto. Que las cúpulas de las Fuerzas Armadas estuvieron más dispuestas de lo esperado a revisar el pasado y aceptar hechos
Sexto. Que todo ello pudo darse en el contexto de un cambio formidable de la opinión pública del país, sobre todo si se mide desde el 16 de abril de 1989 (referendo de la Ley de Caducidad) al 31 de octubre de 2004 (pasadas elecciones nacionales).
Sin duda el presidente demostró momentos de nerviosismo, generó inseguridades y hasta atisbó señales de fracaso. Ello es inherente al apostar fuerte. Cuando parecía que los tiempos se agotaban, los resultados aparecieron.
Vienen ahora otras etapas, donde posiblemente no todos los que hoy están conformes lo seguirán estando, porque habrá más demandas no todas las cuales podrán ser satisfechas y otras pueden poner en riesgo muchas de las armonías logradas. Pero este éxito en un campo tan sensible le da mucha fortaleza al gobierno y en particular al presidente. Para dejar las cosas en claro: el tema llamado de los derechos humanos nunca constituyó una prioridad para la sociedad. Obviamente que si preguntaba si el tema importaba, la respuesta era que sí y mucho. Cuando se pedía que listaran las prioridades, jamás apareció entre los cinco temas de mayor relevancia para el grueso de la gente. Pero el que no haya sido una prioridad no quiere decir que sea poco el valor asignado al resultado, máxime cuando aparece asociado a otros logros en la esfera económica y en particular en relación al ingreso de los hogares y al contexto del trabajo asalariado. Como quien dice, pan para el cuerpo y alegría para el espíritu.

 

Publicado en diario El Observador
febrero 5 - 2006