Incógnitas de la integración
Oscar A. Bottinelli
 

Hasta finalizar los años cincuenta, para la política uruguaya la región suponía lo que se conoce como Hemisferio Occidental o Las Américas, compuesta en aquél entonces por 21 países de cuatro lenguas: hispana (18), portuguesa (1), inglesa (1) y francesa (1), más un país geográficamente americano y política, social y culturalmente de extramuros, Canadá.
En 1960 viene el primer anclaje en una región más reducida, se puede decir que es cuando despunta América Latina - al menos para la política oficial – con la creación de la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC), devenida 20 años más tarde (y hasta hoy) en ALADI.
En 1966, la reforma constitucional agrega un segundo párrafo al artículo 6° de la ley fundamental: "La República procurará la integración social y económica de los Estados Latinoamericanos, especialmente en lo que se refiere a la defensa común de sus productos y materias primas. Asimismo, propenderá a la efectiva complementación de sus servicios públicos".
De entonces y por las siguientes tres décadas hubo nuevos acuerdos y organismos relativos a regiones más grandes o más chicas, como el Sistema Económico Latinoamericano, el Grupo de Río, Urupabol (Uruguay, Paraguay y Bolivia), la Cuenca del Plata, el CAUCE con Argentina, el PEC con Brasil, las comisiones binacionales.
Hasta que al despuntar los ´90 aparece el Mercado Común del Sur, Mercosur. En 1995 el Mercosur da un paso trascendental, cuando Sanguinetti por el bloque americano y Felipe González por la Unión Europea firman la declaración que pone en marcha lo que pareció la construcción del primer gran bloque comercial del mundo; que 10 años después sigue sin aparecer, como quien dice, pasó a ser uno de esos habituales edificios donde solo existe el esqueleto a la intemperie.
Al culminar el año pasado, este Mercosur da dos pasos tan fundamentales como controversiales: inicia el proceso de ampliación hacia la incorporación de Venezuela y establece la creación del Parlamento del bloque.
En paralelo se desarrollan la Comunidad Sudamericana (que es la vieja Sudamérica más Guyana y Surinam) y se institucionaliza la Cumbre Iberoamericana.
Y en el aspecto estrictamente comercial, la devaluación brasileña de 1999, la crisis argentina de 2001-02, las trabas brasileñas y argentinas al ingreso de productos uruguayos, todo ello en conjunto llevaron a que las exportaciones nacionales al resto del Mercosur pasasen más o menos de los seis décimos a tres.
A esta altura el proceso de integración plantea varias incógnitas y ejes de discusión para el país. Una primera discusión y básica es cuál es la región a la que apuesta Uruguay, cuál es su área, sus límites, a quiénes incluye y a quiénes no: ¿es latinoamericana; es iberoamérica en el sentido restringido del término, de los países de habla ibérica ubicados en las Américas; es iberoamérica en el sentido extendido del término, es decir, con inclusión de España y Portugal; es hispanoamérica; es sudamérica en la vieja definición de 10 países; es la nueva versión de Sudamérica, que en esencia son todos los países limítrofes con Brasil más Chile y Ecuador; es el cono sur; son todas las Américas, como se propone en el Alca?
Una segunda discusión es si esa región pretende ser autosuficiente o estar aliada o unida a otra región para construir un macrobloque, y de ser así ¿con quién? ¿con Estados Unidos? ¿con la Unión Europea? Y surgen además dos interrogantes muy pragmáticas a partir de un aserto: Uruguay es lo suficientemente pequeño para saber que está lejos de todo liderazgo y por sí solo no contrabalancea a nadie.
Entonces, tercera incógnita: ¿qué liderazgo o liderazgo está dispuesto a aceptar Uruguay: de Brasil, Argentina, México, Venezuela? ¿y a cambio de qué? Cuarta interrogante: ¿con quiénes pretende aliarse Uruguay dentro de la región que fuere para contrabalancear el peso de él o los líderes?
Hasta aquí aparece un conjunto de preguntas, ninguna de las cuales tiene respuestas obvias. Al menos todas son menos obvias de lo que la diplomacia hace creer y de lo que creen muchos dirigentes políticos. Pero la respuesta a las interrogantes parte esencialmente de una pregunta básica: ¿qué piensa Uruguay de su propia soberanía, o del papel de las naciones-Estado en el mundo?
La Unión Europea señala el debilitamiento de la soberanía absoluta de los viejos estados-nación y la creación de nuevas formas etáticas, o más bien la reformulación de muy viejas formas como la confederación de estados.
En Uruguay hay una línea política que avanza claramente hacia la conformación de algún bloque regional de alcance político, con delegación de soberanía, y otra línea que ve los bloques exclusivamente en el plano económico y comercial, con el límite más absoluto a ninguna delegación de soberanía.
Por otro lado hay quienes consideran que en el caso del Mercosur no debe avanzarse un paso más en su profundización o institucionalización hasta tanto el nivel primario de libre comercio y unión aduanera funcione; mientras otros consideran que es conveniente avanzar en la institucionalización para que un Mercosur más institucional garantice el libre comercio y derribe los muros que a diestra y siniestra se levantan.
Todos estos temas merecen un gran debate nacional y consulta entre todos los actores políticos.
No hubo ni lo uno ni lo otro hace 10 años, cuando se dio una señal política tan fuerte como inscribir el nombre Mercosur en la tapa del pasaporte uruguayo.
No hubo consultas ni debate a la hora de acordar abrir la región al ingreso de Venezuela ni en la creación del Parlamento regional.
Pero el debate necesario va más allá de pasos puntuales y merece ser una discusión profunda sobre la razón de ser el país y sobre su destino.
 

Publicado en diario El Observador
enero 29 - 2006