Un fuerte sostén con desencanto
Oscar A. Bottinelli
 

El gobierno va bien, el presidente tiene una fuerte aprobación de la gente, pero predomina el desencanto. Así cierra el primer año civil del primer gobierno frenteamplista en la historia del país, de acuerdo con el relevamiento reciente de la Encuesta Nacional Factum . El presidente logra la aprobación del 63% de la población y la desaprobación de tan solo el 9%. El gobierno va bien para el 66% de los uruguayos y va mal para el 12%. Cabe recordar que el Frente Amplio accede al gobierno con el respaldo del 51% del electorado. Las cifras son pues impresionantes: de 12 a 15 puntos por encima de la votación obtenida. Si se compara con igual tiempo del anterior gobierno, los datos son aún más fuertes; cuando Batlle apenas regresaba de su luna de miel la aprobación se situaba en el 41% y la desaprobación en el 35%, una aprobación 11 puntos inferior a la votación que lo llevó al Edificio Libertad.

Pero hay otros datos que resultan preocupantes. El 33% del país ve al gobierno bien y está colmado en sus expectativas: considera que el gobierno está por encima (8%) o tal cual lo imaginaba (25%). Un tercio pues satisfecho plenamente. Otro tercio, otro 33%, ve bien al gobierno pero por debajo de lo que esperaba; hay apoyo pero desencanto. Un 28% expresa disconformidad (para el 16% el gobierno está más o menos, para el 12% va por mal camino) y finalmente un 6% no opina. En síntesis: un tercio ve bien al gobierno y está colmado en sus expectativas, un tercio ve bien al gobierno pero manifiesta desencanto, y un poco menos de un tercio no ve bien al gobierno. En buen romance esto quiere decir que el gobierno puede por un lado estar tranquilo, pero por otro debe estar alerta. Si no hay algunas rectificaciones, el desencanto más tarde o más temprano, quizás más temprano que tarde, puede devenir en desaprobación. Sobretodo cuando la mayoría absoluta de sus votantes están desencantados: apoyan pero con desencanto.

Primero hay que ver cómo se segmenta la satisfacción e insatisfacción, según el tipo de actividad de las personas. Los sectores claramente satisfechos son los asalariados privados, las multinacionales y los trabajadores informales. Los asalariados privados sienten mayor protección estatal y sindical, una línea ascendente en el salario real y mayor formalización; las multinacionales una fuerte protección de parte del gobierno y el mantenimiento de exoneraciones; los trabajadores informales (salvo en la construcción) la protección estatal a su trabajo en negro.

Los sectores claramente insatisfechos son las pequeñas y medianas empresas, los profesionales, los desocupados y los exportadores. Las empresas chicas y medias se ven acosadas por mayores costos salariales y previsionales y fuertes controles (que no tienen las empresas informales). Estas más los profesionales ven la amenaza del Impuesto a la Renta (unas por miedo a la eliminación de las declaraciones fictas, otros por una nueva imposición). En la eterna duda entre aumentar el salario o el empleo, los desocupados sienten que el gobierno inclinó la balanza por mejorar el ingreso de los ya empleados en perjuicio de la creación de más empleo, y además que se han creados dos categorías de desocupados: los que cuentan con bolsa de trabajo (y tienen prioridad para el ingreso al empleo) y los demás, la mayoría, que ven alejarse toda posibilidad de empleo por un tiempo cercano. Los exportadores claman contra lo que definen como atraso cambiario

Y un sector dubitativo o dual lo constituyen las grandes empresas nacionales (conformidad con la política macroeconómica, disconformidad con lo que consideran exceso de protección sindical), los funcionarios públicos (desencanto en los aumentos) y los trabajadores independientes formales (sienten que a ellos se los persigue, controla y exige, y a los informales se les protege).
Políticamente el gobierno recibe desencanto a dos puntas: por no ser suficientemente de izquierda y por ser demasiado de izquierda. Unos cuestionan su política hacia Estados Unidos y la falta de reformas de fondo. Otros cuestionan que se le va la mano en un Estado omnipresente que se introduce en el baño de la gente para ver si se cambia una canilla, que controla a diestra y siniestra, que dificulta el trabajo empresario formal y que ataca a la clase media.

Sin duda el 2006 es un gran año de prueba, pues tiene por delante elegir qué desencantos prefiere y a cuáles pretende re-.encantar. Porque es claro que no puede satisfacer a todos: o se va más a la izquierda o se va más hacia el centro. O sigue el combate a los espacios de negritud en la economía formal y deja hacer con plena libertad a la economía informal, o busca un equilibrio mayor. Tiene por delante definir hasta cuánto llega en los controles sobre las personas, las empresas y los hogares, y cuanto espacio de libertad e intimidad queda a la gente.

Y en lo inmediato tiene tres desafíos enormes: la reforma tributaria, la reforma de la salud y la creación de puestos de trabajo. Desafíos con serias reticencias en la población, en los votantes y en sus propias dirigencias. Pero tiene el gran desafío de lograr un gobierno más coordinado, con un apoyo más espontáneo de su propia gente (parlamentarios, dirigentes) y con una mejor comunicación. Tiene fuerte sostén, tiene espacio, pero no puede malgastar el tiempo, porque el tiempo se consume.
 

Publicado en diario El Observador
diciembre 31 - 2005