La izquierda y el capitalismo
Oscar A. Bottinelli
 

La izquierda se encuentra en la clara necesidad de comenzar un amplio y profundo debate ideológico, que no necesariamente tiene por qué paralizar la toma de decisiones y la acción de gobierno mientras el mismo se procese. El debate sin duda tiene como eje central el sistema capitalista, palabra poco grata a los oídos de la izquierda, y si se quiere algo que aparenta ser más suave, hablar del sistema de economía de mercado. Es claro que en la izquierda hay mucha gente con clara vocación anticapitalista y a la que provoca escozor palabras como oferta, demanda y mercado. El problema básico es que la izquierda llegó al gobierno sin explícitamente debatir y consensuar para qué lo hacía, cuál era el objetivo de alcanzar el gobierno. Este debate es diferente a otro u otros debates necesarios: la confrontación entre la cultura de gobierno y la cultura de la lucha, la confrontación, la protesta, la demanda y la resistencia; la discusión de planes y programas o del ajuste de planes y programas de gobierno; la capacidad o incapacidad de elencos.

La izquierda se articula en Uruguay a partir de partidos específicamente de izquierda, hace casi un siglo, exactamente 95 años, cuando se funda el Partido Socialista, matriz del actual partido del mismo nombre y del Partido Comunista, sobre la base del pensamiento marxista. En el último medio siglo aparecen nuevos grupos políticos, nuevas visiones tanto del marxismo como del leninismo, y nuevos aportes de otras vertientes, como la Teología de la Liberación en el catolicismo, la lectura revolucionaria de los Evangelios en las iglesias protestantes. Y también aparecen praxis sociales más allá de los canales tradicionales de lucha, que además de fortalecer al sindicalismo obrero y al gremialismo estudiantil, desarrollan formas de lucha social y de prédica de ideas revolucionarias; así surgen los curas obreros, la lucha de padres de alumnos, las comunidades cristianas; y se profundiza también el debate ideológico izquierda-derecha a través de la literatura, el teatro, las artes plásticas, la música y el canto.

En toda esa diversidad de fuentes y praxis, hay (al menos hasta llegar a los tres cuartos del siglo XX) algunos elementos comunes que pueden resumirse en dos definiciones: anti-capitalismo y anti-imperialismo. Hay otras palabras, como revolución y socialismo, pero la primera puede dar lugar a confusión entre método y fines, y la segunda presenta demasiadas interpretaciones como para que sirva de comodín definitorio. No hay claridad en cuanto a qué se entiende por una sociedad diferente, pero existe una absoluta claridad de lo que no se quiere: el capitalismo, la economía de mercado y una sociedad cuya organización y cuyos valores se asienten en su existencia.

Pero en el último cuarto de siglo, en los últimos cinco lustros, surge un discurso diferente. Primero de manera sutil y luego muy clara y explícita. La sustitución del sistema da paso a la reforma del sistema. El sistema se da como un hecho, sin proclamarlo explícitamente, que va a permanecer; existen el mercado y sus reglas, y no se pelea contra el tema. Lo que se pretende es reformar ese sistema para que funcione con justicia y equidad, con protección y amparo del individuo, con erradicación de la pobreza y la indigencia, que rescate la dignidad de todo ser humano. A esta visión como denominación operativa se la puede llamar reformista, que es a su vez una vieja palabra del debate sesentista y una nueva palabra en el debate europeo actual (particularmente del debate italiano).
La izquierda se apropia del imaginario del batllismo, particularmente del segundo batllismo (el del periodo de Luis Batlle Berres) y pasa a ser un nuevo batllismo: el cuarto (si se admite que hay o hubo un tercer batllismo) o el tercero (si se considera que el intento de un tercer batllismo fracasó). El programa de un partido político se escribe en documentos, pero para la sociedad el programa de un partido se construye a través de los discursos y de las señales no verbales de los líderes. El programa que la población recibió y que supuso el voto de la abrumadora mayoría de los votantes del Frente Amplio, es un programa neo-batllista, reformista, socialdemócrata, si se quiere, a imagen y semejanza de la vieja utopía sueca. No hay apelaciones a la ruptura con el capitalismo y a su sustitución. Cuando Larrañaga irrumpe en campaña electoral con el concepto de un nuevo líder para un nuevo país, Vázquez contesta que no quiere un nuevo país, que quiere el país de sus mayores, aquel país idílico seguramente ubicado entre los años cuarenta y los cincuenta del siglo pasado, cuyo imaginario lo constituye el trabajo formal en grandes estructuras, empleo seguro, de por vida y hereditario; un Estado protector, y además lo suficientemente rico y poderoso como para ser acreedor del Imperio Británico y del Imperio Francés; una sociedad lo suficientemente próspera como para compadecerse de las privaciones de los pueblos europeos; y además equitativa, con la equidad derivada de la escuela pública. Elementos más, elementos menos, por ahí anda el imaginario.

De cada cinco votantes de la izquierda, como mucho uno adhiere a una concepción revolucionaria y anti-capitalista, los restantes cuatro (por lo menos) votaron una opción reformista. Ese es un dato. Si bien no son nada claras las proporciones entre dirigentes y militantes, están más parejas. Porque las dirigencias y militancias vienen de soñar con utopías y sostener valores que rigieron la vida, más corta o más larga, de todo ellos. Y pensar en una decisión consciente de abandono del anti-capitalismo es un desgarro difícil de aceptar. O directamente, para muchos, imposible de aceptar. Este es el debate que debe afrontar la izquierda, que podrá ser muy desgarrador en lo individual y en lo colectivo, y que puede dejar heridas profundas y separación entre hermanos. Pero se debata con palabras o se sustituya el debate por la lógica de los hechos, el debate como tal existe, está planteado y por una u otra vía se va a dar.
 

Publicado en diario El Observador
diciembre 11 - 2005