De muertes y desapariciones
Oscar A. Bottinelli
 

La aparición de restos humanos en la chacra de Pando y en el Batallón 13 permite razonablemente pensar que se trata de personas detenidas, muertas en detención y con ocultamiento de ese fin, que generó la figura conocida del detenido-desaparecido (al menos cabe analizar bajo la premisa de que este aserto será confirmado por las pruebas científicas). Este hecho pasa a ser la comprobación de lo que hasta ahora era una presunción validada por la Comisión para la Paz, sostenida en varios informes de los comandantes de las fuerzas armadas y aceptada genéricamente por políticos, militares, periodistas, analistas, familiares y ciudadanos comunes; y además judicialmente validada por el fiscal y el juez que confluyeron en el procesamiento de Blanco por co-autoría de homicidio en el caso de Elena Quinteros. El hallazgo es el paso decisivo de la presunción a la certeza; certeza absoluta en el caso de las dos personas cuyos restos se encontraron y de las personas que se pudiesen encontrar (si ello ocurriere); certeza sin prueba en los casos en que no se encontrasen. Es un avance muy importante en la construcción de la memoria colectiva de un periodo trágico en la historia reciente del país.
La otra conclusión es que desde el ángulo político cada vez es menos sostenible la ficción de que los detenidos desparecidos continúan secuestrados, lo que quiere decir que continúan vivos, que es el correlato lógico de seguir sustentando que existe un delito continuado. La contradicción de este punto de vista es que no se dan los pasos connaturales a la continuación de un delito, que es el requerir a la autoridad pública que extreme las medidas para encontrar y liberar a los secuestrados.
La dictadura ha generado hasta ahora cinco tipo de víctimas fatales: Uno, los muertos en unidades militares o policiales, o en establecimientos de detención, con certificación de la muerte y entrega del cuerpo, y con dudas sobre las causas de la misma. Dos, los muertos en dichos lugares, con entrega del cuerpo, con muerte con clara presunción (y a veces con pruebas fehacientes) de haber sido a consecuencia de torturas. Tres, los muertos en los mismos lugares cuya muerte se ocultó, y durante mucho tiempo además se negó, y que ahora queda fehacientemente comprobada por la aparición de los restos. Cuatro, los muertos cuya muerte se ocultó pero que resulta evidente a partir de los testimonios recogidos por la Comisión para la Paz y los informes de los comandantes, que aunque difieren en algunos detalles, tienen coincidencias sustanciales sobre lo fundamental, en particular sobre las fechas aproximadas de las muertes. Quinto, los muertos que no figuran en las listas de desaparecidos y que habrían venido en el llamado segundo vuelo, es decir, la veintena o treintena de personas detenidas en Buenos Aires y traídas por el Ejército en un avión de la Fuerza Aérea.
Aquí quedan en materia de investigaciones dos asignaturas pendientes. Una es concluir la información relativa al tipo cuarto, los muertos con datos bastante afinados sobre los momentos de su muerte. La otra es comenzar la indagación oficial de qué pasó con la gente traída en el segundo vuelo, sobre cuya suerte no hay informe oficial alguno.
Esto en lo que tiene que ver con el esclarecimiento de los hechos. Sin embargo, en relación a la construcción de la memoria histórica, hace falta mucho más. En los últimos tiempos la represión estatal en el periodo de facto, en la dictadura, sufrió un proceso de reduccionismo hasta transformarse en un tema de desaparición en el país de una veintena de personas (o de una cincuentena, si se suma el segundo vuelo), más un centenar buen largo de muertos desaparecidos en Argentina y aledaños. Por supuesto que es un tema fuerte. Pero el reduccionismo existe y se nota en las nuevas generaciones, que atinan a asociar la dictadura casi exclusivamente con las desapariciones. En el país ocurrieron muchas más cosas duras, de violaciones a los derechos humanos: varias decenas de miles que pasaron algún momento detenidas por razones o imputaciones políticas; muchos miles de presos políticos o por hechos con inspiración política; otros muchos miles de exiliados; más que muchos miles de personas sometidas a torturas, vejámenes o malos tratos. Además del control de la gente, del temor generalizo, de los despidos y destituciones por razones políticas. La memoria colectiva será una memoria parcial e incompleta si no cubre todos los aspectos de lo que fue ese periodo.
Y queda finalmente el tema de cuándo y cómo se cerrará el tema. Si hay posibilidad de un cierre a la vista, con conformidad de los muchos, o como dijo Mujica habrá que esperar a que “estemos todos muertos”.
 

Publicado en diario El Observador
diciembre 4 - 2005